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23/3/23

MENSAJE DE CUARESMA DEL P. CORRECTOR GENERAL GREGORIO COLATORTI O. M.


LA HUMILDAD, BASE DE LAS VIRTUDES CRISTIANAS Y DE LA COMUNDAD UNIDA

Mensaje del P. General de los Mínimos, P. Gregorio Colatorti,

a los Frailes, Monjas y Terciarios


Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre” (Flp 2,5-9).


Queridos hermanos,

Un saludo fraterno para cada uno de vosotros con el deseo de que vayáis caminando con Cristo siempre de bien en mejor en la escuela de nuestro Padre y Fundador San Francisco de Paula.

Las palabras y el ejemplo de S. Pablo nos sirven de guía en nuestro camino durante los tiempos fuertes de Adviento y Cuaresma que caracterizan nuestra espiritualidad. Muy identificado con Cristo, discípulo y anunciador ferviente, testimonio de virtudes humanas y cristianas, S. Pablo es para nosotros el ejemplo más realizado después de haberse encontrado con Cristo.

En la carta de Adviento he tratado de sugerir algunas indicaciones para animar el camino personal y comunitario, sintetizando la propuesta de la Iglesia sobre la sinodalidad, las virtudes propias de la vida consagrada y nuestro carisma mínimo. A la esperanza, que fue el tema de la carta de Adviento, la Curia General y yo queremos añadir ahora la reflexión sobre la humildad, virtud básica de la Cuaresma y por tanto de nuestro carisma mínimo.


1.1 La cruz, ‘se humilló a sí mismo’

El texto de S. Pablo a los filipenses nos lleva a meditar sobre la importancia de la virtud de la humildad, base de las virtudes cristianas y de la comunidad unida. La fuente cristológica es la base de todas las virtudes de los escritos de S. Pablo y más del que nos ocupa. Tras el ejemplo de Cristo y el ofrecimiento de su vida S. Pablo exhorta a la comunidad filipense, tan amenazada por fuertes discordias internas, a vivir en comunión. “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21), les dice; y propone a sus lectores este modelo cristológico, el mismo que ha cambiado su vida en el camino de Damasco. Cristo crucificado y resucitado que “se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención” (1 Co 1,3), es el camino, la verdad y la vida (Cfr. Jn 14, 6). Por medio de la cruz y de la resurrección Cristo ha mostrado el verdadero rostro del Padre, un rostro bondadoso que se sacrifica para obtener la salvación, y transfigura al cristiano en verdadero hijo para hacerle capaz del mismo sacrificio bondadoso y salvífico. Pero para que el cristiano pueda llegar a la resurrección tiene que pasar por el misterio de la cruz, es decir, tiene que purificarse por medio del despojamiento-renuncia. Despojamiento-renuncia de las prerrogativas divinas para Cristo; renuncia a todo lo que contrasta con el proyecto de Dios para el hombre, y que se traduce en la continua obediencia, esclavitud, a la voluntad salvífica del Padre hasta culminar en el despojamiento último y humillante de la cruz, theologia crucis. Despojamiento y cruz, son manifestación de la humillación de Cristo y realización de su misión redentora, pues de ella nace la virtud de la caridad y de la concordia. Siguiendo los pasos de Cristo también el hombre, llevando la cruz, se hace capaz de la misericordia de Dios, como pedagogía necesaria para llegar a tener los sentimientos propios de Cristo Jesús (Flp 2, 5). Para San Pablo el ejemplo de Cristo y la experiencia de la cruz, como para el buen ladrón (Cfr. Lc 23, 42-43), conduce a reconocerlo como Salvador en nuestra vida necesitada de redención y de perdón. Invita a participar en la redención misericordiosa de Dios que por la cruz se acerca, acompaña y testimonia su misma presencia. San Pablo exhorta a preocuparse de los intereses de todos más que de los propios para discernir en Cristo y por medio de Cristo el bien común, meta de la concordia. El mayor bien es la salvación de todos, que, para Cristo no sólo anunciado, sino vivido y realizado en la cruz y la resurrección. El despojarse de la categoría divina lleva a Cristo a compartir la naturaleza humana de forma plena, empática y compasiva. Por medio de la humillación de la cruz vence el pecado de los progenitores que querían ser como Dios sin Dios, indicando al hombre el camino para vencer los efectos del pecado original, la soberbia, como ceguera y ruina de la naturaleza del hombre. Frente a la soberbia egoísta que lleva a sobrevalorarse, Cristo opone la humildad de la cruz para que por medio de ella el hombre se abra a la gracia, a contar con Dios en su vida, don que sólo puede ser acogido por un corazón libre y se abra a comprender el sumo bien que de ese don se deriva, invisible a los ojos de quien está lleno de sí mismo. Así pues, la cruz para el cristiano es lucha contra el propio pecado, reconocimiento de la condición pecadora y, por tanto, apertura a la íntima unión con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo.


1.2 La cruz como sacrificio vicario

El misterio de la cruz se convierte en la cumbre del camino donde la virtud de la humildad alcanza su ápice en cuanto se identifica con la misma experiencia de Cristo. Ella es sacrificio vicario, no porque Dios tenga necesidad de un sacrificio para aplacar su ira, sino porque el don de su vida es nueva alianza y nuevo instrumento de comunión con Él, fin último de la salvación. Así como el ofrecimiento de Cristo ha sido total, también el hombre está llamado a adherirse con toda su voluntad al proyecto salvífico de Dios, a sacrificar su propia voluntad en aras de una total dedicación a la causa de la salvación propia y de los hermanos. Por medio del ofrecimiento de sí mismo la existencia del hombre es conducida a la reconciliación con Dios y a restablecer el equilibrio anterior al pecado original. A este propósito escribía J. Ratzinger: “En las religiones mundiales, expiación significa normalmente reparación y reanudación de las relaciones con la divinidad, mediante actos propiciatorios de los hombres. Casi todas las religiones giran en torno al problema de la expiación; nacen del conocimiento que el hombre tiene de su culpa ante Dios y denotan el tentativo de eliminar este sentimiento de culpa, borrando el pecado mediante obras de expiación ofrecidas a Dios. El acto de expiación con el que los hombres buscan reconciliarse y acercarse a la divinidad está al centro de la historia de las religiones. Pero la situación ha cambiado casi totalmente en el NT. No es el hombre que se acerca a Dios ofreciéndole un don como recompensa, sino que es Dios quien se acerca al hombre para que se reconcilie con Él (…) Aquí nos encontramos verdaderamente ante la novedad del cristianismo en la historia de las religiones: el NT no dice que los hombres se reconcilian con Dios, como podríamos esperar, pues son ellos los que han errado no Dios. Nos dice en cambio que “Dios en Cristo ha reconciliado consigo al mundo”. Ahora bien, esto es algo verdaderamente inaudito, algo absolutamente nuevo: es la base de golpe de la existencia cristiana y el centro focal de la teología de la cruz desarrollada en el NT. Dios no espera a que los culpables tomen la iniciativa, reconciliándose con Él, sino que Él sale al encuentro rehabilitándoles. En este grande acontecimiento se vislumbra la verdadera dirección de la encarnación y de la cruz. Por consiguiente, la cruz en el NT se presenta ante todo como un movimiento descendiente, de arriba abajo. No tiene absolutamente sentido de prestación propiciatoria que la humanidad ofrece a Dios indignado, sino la expresión del grande amor de Dios que se abandona sin reserva a la humillación con tal de redimir al hombre; es un acercamiento de Dios al hombre, no al revés… El sacrificio cristiano no consiste en dar a Dios lo que Él no tendría sin nosotros, sino en reconocer que todo lo recibimos de Él y que todo le pertenece a Él”. Por tanto, el único sacrificio que el hombre puede ofrecer a Dios es ante todo su voluntad, sacrificio que se traduce en dar testimonio de su reino y de una verdadera conversión que invita a otros a convertirse. Como el acontecimiento de la cruz ha sido para Cristo sacrificio de amor y de misericordia, así el sacrificio de cada uno de sí mismo y el de la propia voluntad al Padre son sacrificio de amor y de misericordia. En el caso del ladrón crucificado con Jesús no ha sido sólo el sacrificio que le ha convertido, sino el haber recorrido el camino de la cruz con Cristo y haber experimentado la voluntad salvífica que lleva al ofrecimiento total del supremo sacrificio.


1.3 La cruz como rescate

Por las palabras del papa emérito, que este mismo año hemos visto volver a la casa del Padre, podemos comprender mejor la otra categoría de la theologia crucis: el rescate, como modelo para el seguimiento y testimonio del cristiano. Cristo no sólo ofrece su sangre para el perdón de los pecados cometidos desde nuestros progenitores, sino que con la efusión de su Espíritu y con su ejemplo comunica al hombre la manera de superar el pecado, renovar el corazón, fortalecerse. La obra salvífica de Jesucristo es redención activa y pasiva para que la salvación obtenida por la cruz se convierta para el cristiano en método y contenido del anuncio evangelizador. Tras el ejemplo de Cristo todo bautizado es mensajero de salvación, testimonio con su vida, no de un seguimiento de leyes estériles ni de una salvación meramente pasiva que descarga en Dios toda responsabilidad, sino de una salvación activa, actuación de Dios que personalmente va en busca del hombre. Este don sólo puede ser acogido porque es el Rostro de Dios que salva, Rostro que cada uno puede ver en Cristo y en la cruz. La salvación no es fruto de nuestros méritos ni de nuestros sacrificios, sino adhesión a la salvación de Cristo y a dejarse transfigurar por Él. Tampoco se puede imponer el anuncio de la theologia crucis, sólo se puede proponer, por la misma razón por la cual la salvación de la cruz no es merecida sino ofrecida. Es deber de todo cristiano testimoniar con su vida la aceptación de este don acogido y vivido con plena libertad interior. Siguiendo este camino de la cruz el hombre queda justificado, se ajusta, adhiriendo con plena libertad y aceptando la voluntad de Dios, permanece fiel, abrazando la elección como opción fundamental. Finalmente siguiendo así el camino de la cruz el hombre se abre al don de la caridad, fruto del mismo camino de la cruz. El cristiano salvado por la cruz de Cristo, rehabilitado en la comunión con Dios por el Espíritu Santo, se esfuerza en practicar el mandato de Jesús al samaritano “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,37), como anuncio: sacrificio de redención y rescate para el hermano mediante la comunión, la misericordia, la compasión, a imitación de Dios que se cuida de cada uno de nosotros.


2.1 La humildad en la espiritualidad de los Mínimos

La humildad que brota de la cruz que salva es compromiso de evangelización para todo bautizado, de modo especial para todo consagrado y más para los Mínimos que por el carisma de la vida cuaresmal tenemos la misión de dar testimonio de la conversión. La misión tiene en el fragmento de Mateo 16, 24-27 el mandato explícito de Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria del Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. La exhortación a seguirlo llevando la propia cruz cada día es anuncio que Jesús hace después de la profesión de fe de Pedro y el rechazo de la muerte de cruz, y por eso es enviado a ponerse detrás de él, es decir a comprender que la única forma necesaria de seguirlo es aceptar la cruz, como lo ha sido para él para la salvación del hombre. Por medio de la cruz Jesús manifiesta que el reino de Dios no es poder, no es satisfacción de poseer o de gloria, no es apariencia, sino que es pobreza, servicio y humildad. Sólo por este camino el hombre puede vencer el mal, como el mismo Cristo desde la cruz. La cruz es el banco de ensayo. Sólo el hombre que sabe amar como Cristo que ha amado desde la cruz puede de verdad ser su discípulo. Rechazar la cruz demuestra incapacidad de amar. Desde la cruz el buen ladrón ha aprendido a amar, reconociendo en Jesús al Cristo de Dios, y por eso recibe en ese momento el premio: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). El ladrón había experimentado con Jesús el camino de la cruz, se había despojado de sí mismo hasta acercarse al rostro de Dios manifestado en el Cristo doliente. El que durante su vida había negado la presencia de Dios la encuentra en el rostro de Cristo y reconoce el pecado contra Dios, contra sí mismo y contra los hermanos. Toda la cuaresma de los Mínimos es pues un camino por recorrer detrás de la cruz para que cada uno pueda conocerse a sí mismo en los elementos que constituyen el via crucis del mínimo y que están contenidos en la virtud de la humildad.


2.2 La humildad, reconocerse pecador.

Para el religioso Mínimo llevar la cruz es ante todo estar dispuesto a reconocer el mal y, tras el ejemplo del ladrón crucificado, permanecer unido a Cristo. Ahí está la exhortación de la IV Regla: “no juzgar a los demás, sino a sí mismos”, que es el primer grado de la humildad, el despojarse, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, reconociéndose ante Dios lo que uno es realmente, pues la virtud de la humildad es la virtud de la vida real, de la verdad. El hombre que no reconoce su pecado ante Dios se engaña, se deja llevar por una vida falsa, incapaz de reconocerse a sí mismo y a los demás, propio de quien se aliena y dehumaniza: “el Señor Dios llamó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás?” (Gn 3, 9). Con el pecado desaparece todo lo que Dios había ofrecido al hombre; éste ya no percibe a Dios en su vida; se ve desnudo y de repente pierde la felicidad y la alegría. Se encuentra desilusionado, árido, pobre, apesadumbrado, culpando a Eva de lo sucedido. Cristo pone remedio al desequilibrio causado por el pecado con la cruz de la salvación, que sólo se podrá obtener con la pobreza de espíritu: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es reino de los cielos” (Mt 5, 3). Pobres en el espíritu son los que reconocen su pobreza material y espiritual y encuentran en Dios su única esperanza de salvación, como el publicano en el templo, que reconoce la distancia que existe entre la grandeza de Dios y su pecado, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc 18, 13). Humillado ante Dios, reconociéndose pecador, el publicano vuelve a casa justificado, pues reconociéndose en su justa medida, ha obtenido el perdón de Dios y su gracia, es decir, la posibilidad de vivir en comunión con Él. En cambio, el fariseo, cuya única referencia y comparación es consigo mismo por encima de los demás, no descubre su realidad ni la de los demás, continúa viviendo según su justicia, no la justicia misericordiosa de Dios, que no le justifica y se considera juez cual si fuera Dios. De ahí que Jesús reprueba siempre a los fariseos por cerrarse a la salvación de Dios, reduciendo la religiosidad en rito y la misericordia en juicio, imponiendo una religiosidad de temor, de sospecha, de tradiciones humanas para justificar su vida manchada de hipocresía. La humildad, en cambio, encuentra en el sacramento de la reconciliación su ejercicio fundamental, es fuente de alegría como virtud de lo real-verdad de sí mismos, de Dios y de los demás. Por lo demás, negar el pecado, que no ha sido borrado por la misericordia, engendra otro pecado y crea una estructura que aleja siempre más de Dios y de los dones de su gracia. Esta actitud negativa produce la aridez de ánimo y la infructuosidad por el reino, en cuanto es un cerrarse a Dios y a los demás.


2.3 La humildad, obediencia a la voluntad de Dios

El segundo paso que nos señala la experiencia de la cruz para vivir la humildad es la obediencia a la voluntad del Padre. En el cap. VIII de la Regla está indicado por el “silencio evangélico”, que es examen de conciencia y discernimiento de la voluntad de Dios por la Palabra que ilumina el corazón y la mente. Al hombre que reconoce su condición y su pecado Dios concede la gracia de escuchar su Palabra como guía y manifestación de su voluntad.


La Palabra se transforma en ley suprema y el verdadero penitente se adhiere a ella libremente en su diario discernimiento. Así con el adjetivo evangélico, el silencio del VIII capítulo de la Regla de los Mínimos adquiere todo el valor de la penitencia cuaresmal y del via crucis: mayor ocasión de orar y tiempo de oración, la taciturnitas, discernimiento de lo que sea hablar, el diario examen de conciencia. San Benito dedica todo el capítulo 7 de su Regla a la humildad e indica los grados para alcanzarla según la tradición de los Padres. Nuestro Padre San Francisco también los recoge distribuidos en su Regla: “Poner siempre ante los ojos el temor de Dios y acordarse siempre de cuanto Dios tiene mandado; renuncia a la propia voluntad para cumplir la voluntad de Dios; someter la propia voluntad a la voluntad del superior; obediencia perseverante en las cosas duras y contrarias; confesar los propios pecados y malos pensamientos a su abad; contentarse de las cosas humildes y pobres; considerarse el último y más vil de todos; no hacer nada sino lo que persuade la regla; reprimir su lengua para hablar; cultivar el amor al silencio; hablar sólo cuando se es interrogado; no ser fácil y pronto en reír; hablar con humildad, con pocas y razonables palabras y sin levantar la voz; finalmente el 12ª peldaño, testimoniar la humildad con gestos externos”. El capítulo VIII de la Regla de los Mínimos adquiere, pues, un gran significado, recogiendo en síntesis lo que entendemos por verdadera humildad y cómo conseguirla: diaria y humilde confrontación de sí mismo con la realidad y con Dios mediante el silencio y la oración; obediencia a la voluntad de Dios y de los Correctores, caridad con los hermanos siendo benignos, modestos y ejemplares. Pues no puede ser benigno, modesto y ejemplar quien no ha experimentado, siguiendo la vía de la cruz, un verdadero camino de conversión, tal como viene descrito en este capítulo, ya que la benignidad, la modestia y la ejemplaridad no son sino virtudes adquiridas tras el ejemplo de Cristo y vividas en relación profunda con Él, como fruto del continuo examen de conciencia y de la confrontación con la Palabra de Dios que cambia el corazón.


3.1 La humildad como servicio

El servicio gratuito para la evangelización y ante los hermanos es banco de ensayo de la verdadera humildad. Aquí no cabe la falsa modestia: “No se haga caso de ciertos sentimientos de humildad de los que quiero hablar, y que consisten en creer que por humildad no se deba hacer caso de los dones de Dios. Procúrese comprender, en cambio, y tener claro que esos dones nos han sido dados sin méritos propios, y, por tanto, hay que reconocérselos a Dios. No querer apreciar lo que se recibe es desactivar el estímulo de amar, cuando lo cierto es que cuanto más uno se reconoce pobre por sí mismo y rico únicamente de los dones de Dios más avanza en la virtud, sobre todo en la virtud de la verdadera humildad. Obrar de otra manera y creer que no se es capaz de grandes favores equivale a envilecerse sin motivo … Creamos, en cambio, que, si Dios nos da estos bienes, nos dará también la gracia de conocer cuando haya tentación del demonio y la fuerza de resistir en ese caso. Pero hay que vivir bajo su mirada con sencillez y con la intención de agradar a Dios, no a los hombres”. Por el adecuado aprecio de uno mismo, que lleva al reconocimiento del propio pecado como fruto, se llega al servicio del anuncio evangélico mediante el testimonio, a la enseña de la cruz, y es anuncio y testimonio mediante el verdadero sacrificio que se puede ofrecer por los demás: la compasión, la misericordia, la cercanía y señalar al verdadero modelo que es Cristo. Esto solo es posible dentro de una comunidad, viviendo por el mismo objetivo, Cristo, que lleva a cada uno a considerarse una parte del todo: “Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Co 12, 4-6). El convencimiento de esta relación conduce a un constante ejercicio de humildad y a una constante relación de ”epíclesis” con el otro, de ofrecimiento recíproco donde se crea y se refuerza una relación de igualdad.


3.2 La humildad: concordia-caridad

Únicamente desde una buena relación con Dios puede nacer la relación de comunión fraterna, reflejo de la caridad ofrecida y vivida en Cristo y por Cristo. En esta dinámica el único contracambio que se puede esperar es que cada uno recambie sus dones yendo al encuentro de lo que falta a los otros. Así una vez que está abierta la relación con Dios y con los hermanos se abre también la relación a la evangelización. Pero sin la humildad el anuncio queda estéril e inconstante como el espíritu de quien no sabe reconocer sus limitaciones y no sabe confiar en Dios y en el hermano que tiene al lado. El anuncio se convierte en juicio sobre el otro, y en motivo de alejamiento más que en acogida, pues es la misericordia la que abre el corazón a la conversión y no a la condena, o la ley estéril, que niega el extravío del hombre y su incapacidad de ver la presencia de Dios en su vida. La esterilidad de quien anuncia sin humildad y misericordia se manifiesta en considerar al otro objeto en cuanto a las expectativas personales y no en relación a Dios, negando al otro la libertad de expresar sus sentimientos y sus dones, o de ser comprendido y aceptado para ser sostenido en su camino de conversión. Por eso muchas veces nuestros planes y nuestras estrategias pastorales están destinadas al fracaso, o bien, aunque no nos demos cuenta, no dan los frutos esperados, más bien engendran confusión y discordias, porque somos incapaces de acoger al otro o pretendemos imponerle como modelo no a Cristo, sino la visión desviada que tenemos de Él: “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas” (Is 58, 6.8).


Continuando lo dicho sobre la íntima unión que hay entre la penitencia y la theologia crucis, entre el silencio y la oración, como confrontación con Dios y su voluntad, he querido sugerir un breve susidio de meditación sobre los Siete Salmos Penitenciales extraídos de la obra de Casiodoro, Comentario a los Salmos. Allí podréis encontrar el modo de poder rezar y meditar sobre la humildad y el modo de concretarla por medio de la oración de los salmos.

Un fraterno saludo para todos vosotros y el deseo de provechoso camino cuaresmal de conversión.


Roma, 22 de febrero, Miércoles de Ceniza


P. Gregorio Colatorti

Corrector General




12/3/22

CARTA DE CUARESMA DEL P. CORRECTOR GENERAL DE LA ORDEN

Carta del P. General de los Mínimos


Cuaresma 2022

"Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas" (Jl 2, 13).

Queridos hermanos,

Cada año la liturgia guía nuestro camino hacia la “meta pascual” por “el austero camino de la cuaresma”, parábola para los Mínimos de todo nuestro camino terrenal.

La liturgia del Miércoles de Ceniza con la tríada de la oración, penitencia, caridad y con las palabras de Joel de la primera lectura nos señala la actitud fundamental, que es invitación a disponernos a volver a Dios, penitencia física y espiritual, para que nuestra conversión, o el deseo de ella, sea consciente, real, fruto de una decisión tomada, especialmente en cuanto a la finalidad de la conversión: “convertirse al Señor compasivo y misericordioso".

1.1 Estas dos características divinas nos revelan, ante todo, la esencia de la paternidad de Dios, pero también nos manifiestan que la conversión es en primer lugar un don que debemos acoger y al que tenemos que prepararnos purificando el corazón de todo afán, preocupación como primera finalidad del camino cuaresmal para poder experimentar que Dios está dispuesto a “arrepentirse de las amenazas” ante nuestro mal, nuestro pecado, cualquiera que sea, si somos capaces de reconocerlo ante Él “con corazón sincerido” (Cfr. Lc 4, 1-13).

1.2 En segundo lugar la misericordia ya experimentada empuja al corazón a ofrecerla, a vivirla activando un proceso de relación con los demás que alimenta tanto el don de Dios recibido como el don ofrecido a los demás, condición necesaria para que el don de Dios no muera en nuestro corazón (Cfr. St 2, 26), pues unirse por la fe al sacrificio de Cristo significa morir al propio egoísmo y obrar con el corazón de Cristo.

1.3 La misericordia, pues, es instrumento para acercarse al otro, a su verdad y comprender nuestra verdad, ya que es fundamentalmente el camino para alcanzar la verdad de Dios. Nuestra felicidad de consagrados y creyentes es fruto de un encuentro misericordioso: “felicidad es deleite de la verdad, que significa gozar de ti que eres la verdad, oh Dios, mi luz, salvación de mi rostro, Dios mío” (Agustín, Confesiones X, 23). Esta expresión de S. Agustín, eco de aquella otra más conocida: “Tú le excitas a ello, haciendo que se deleite en abalarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (cfr. Ibidem, I,1; cfr. Lc 9, 28b-36).

2 ¿Qué paz puede haber entre los hombres sin la misericordia que conduce al verdadero sentido de la justicia? Felicidad es ante todo sentirse perdonados, perdonar y avanzar en el camino de la justicia para vivir en paz. ¿Cómo no pensar ahora en la actualidad que nos lleva además a la tarea de pacificar el corazón y (a vivir esa paz) entre nosotros?

2.1 Las recientes noticias del conflicto en Ucrania nos afectan no sólo como creyentes preocupados por la suerte de todos los hombres sino también y más aún por la presencia de algunos de nuestros hermanos Mínimos que trabajan en esa región, por sus familiares y por las familias de nuestros religiosos y amigos que viven entre nosotros. Aseguramos a todos ellos nuestra oración y nuestro apoyo fraterno, no menos que la disposición a poner de nuestra parte todo lo que fuere necesario y posible como ayuda a su urgente necesidad.

2.2 Estos acontecimientos nos llevan a pensar que la guerra es engendro de una estructura de pecado, de condiciones humanas, o deshumana, donde los conflictos por los motivos más disparatados nacen en las familias, en las sociedades donde no se cultivan los valores del diálogo, de la compasión, de la fraternidad y de la recíproca caridad tan enunciados como slogan, pero sin que tengan efecto alguno.

Todos estos valores están incluidos en la riqueza de nuestro carisma y están concentrados en nuestra particular misión de reconciliación. Precisamente porque creemos que la paz entre las naciones tiene su origen en construirla con nuestro esfuerzo cotidiano como mercancía que hay que adquirir con elevado precio esforcémonos en construirla en nuestro entorno, con los más cercanos, para que sea efectivamente vivida y no sólo proclamada con los labios, contrastando con el testimonio efectivo la estructura de pecado que lleva a la guerra, en vez de alimentar el remanso de bondad creciente en beneficio de todos.

2.3 Por tanto esforcémonos, especialmente en este tiempo de penitencia, en ser pacificadores a ultranza, fijándonos en el corazón de nuestro carisma que nos considera reconciliados con Dios, con nosotros mismos y con los demás mediante el perdón y el diálogo que comprende, que nos lleva a aceptar nuestros fallos y los ajenos sin reprochar (cfr. Jn 8, 1.11), pero poniendo el esfuerzo de corregirnos mutuamente con la bondad del Padre misericordioso que espera, sale al encuentro, comprende, abraza y acoge gozosamente en casa (cfr. Lc 15, 1-3.11-32).

2.4 Alimentemos en este tiempo la oración personal y comunitaria por la paz, por Ucrania, por nuestros hermanos religiosos, por sus familias y por los amigos que viven con nosotros procedentes de aquella nación. El Papa nos ha invitado a un día de ayuno para el 2 del actual mes de marzo.

Los Mínimos nos comprometemos a extender la oración y el ayuno a los miércoles y viernes del tiempo de cuaresma (IV R VII, 29; C 40-43; D 30-33), para que haya paz en todas las naciones y más aún para que cada uno sea operador de paz cada día con su prójimo.

3 Añado otra invitación que nos llega de la fase sinodal de la Iglesia que nos propone descubrir mejor nuestra pertenencia a ella como a una comunidad.

3.1 Con nuestro carisma específico participamos en este momento de gracia descubriendo mejor y enriqueciendo los momentos de encuentros y coparticipación que nuestras Reglas nos invitan a realizar. No solamente aquellos previstos sino también otros que sugiere la misma fraternidad humana y de fe. Aquellos momentos que acrecientan conocimiento recíproco a través de la coparticipación de la propia espiritualidad, de nuevas expectativas para la vida personal y comunitaria; aquellos encuentros y actos de reconciliación que nuestro corazón desea tener con los hermanos con quienes las dificultades de la vida y nuestros defectos personales nos llevan a mantener un diálogo costoso o – a superar- una culpable indiferencia que lleva a la muerte cotidiana de la fraternidad.

3.2 Abrámonos al don de la conversión reconociendo nuestro pecado ante el hermano como lo reconocemos ante Dios (cfr. Lc 13, 1-9), siguiendo el camino que San Francisco, nuestro Padre y Fundador, ha trazado en la normativa, ha manifestado en su vida y en la Regla (IV R IV, 18), y sabiendo encontrar nuevos tiempos, medios y formas en cuanto al rito.

3.3 Busquemos, pues, nuevos espacios de fraternidad para encontrarnos y compartir cotidianamente; que este ‘encontrarnos’ sea una preocupación primordial para que todos los demás aspectos de nuestra vida, también la pastoral, reciban nuevo impulso con el apoyo y la coparticipación de toda la fraternidad.

Deseando un provechoso camino cuaresmal y una Santa Pascua, saludo a cada uno en la paz de nuestro Señor Jesucristo y el mayor bien para cada uno.


Roma, 2 de marzo de 2022, Miércoles de Ceniza, inicio de Cuaresma


P. Gregorio Colatorti

Corrector General

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Carta a la Familia de los Mínimos

Frailes, Monjas, Terciarios

SEDES

17/2/21

MENSAJE DE CUARESMA DEL P. CORRECTOR GENERAL

CARTA DEL P. GENERAL, P. GREGORIO COLATORTI,

A LOS FRAILES, MONJAS Y TERCIARIOS DE LA ORDEN DE LOS MÍNIMOS

Cuaresma 2021

Queridos hermanos,

Convertíos y creed el Evangelio (Mc 1, 15).

Con esta invitación se abre el período cuaresmal, tiempo preferido para nuestra espiritualidad de los Mínimos para ahondar en nuestra relación con Dios, nuestro Padre, y con los hermanos.

Nos acompañe nuestro Santo Padre Francisco que no ha cesado de fijar su mirada en Dios. De ahí su actitud de acoger a toda persona que se acercaba. 

La cuaresma es tiempo de gracia que el Señor nos proporciona para adelantar en el camino de la santidad. Bien sabemos que la finalidad de la cuaresma no es ella misma, sino la Pascua de la que brota la vida nueva con miras a la fiesta final en la que veremos a Dios cara a cara (I Co 13, 12). Jesucristo Resucitado es quien ilumina y da sentido a nuestra ‘quadragesimalis vita’.

Para llegar a la meta pascual hay que subir y acompañar a Jesús a Jerusalén (cfr. Mt 20, 18), es decir, hay que recorrer el camino de purificación continua, camino de liberación, de oración, de contemplación, de ascesis, de reconciliación, de perdón, de caridad.

Ha pasado un año de emergencia por causa de la pandemia; hemos vivido y aún seguimos viviendo en una cuarentena que podemos considerar como un largo desierto cuaresmal, forzados a examinar y revisar nuestra existencia, esperando volver a caminar seguros y escarmentados de esta experiencia con un renovado estilo de vida en nuestras relaciones y en el apostolado.

Hemos leído y compartido muchos testimonios a través de los medios de comunicación social. Podemos afirmar que se ha hecho todo lo posible para ‘proceder, avanzar’.

Sin duda hemos experimentado en nuestro ambiente conventual y en nuestras fraternidades el sufrimiento, la enfermedad y hasta la pérdida de hermanos, hermanas, terciarios, y de parientes y amigos por la Covid 19. En estos momentos dolorosos nos hemos apoyado y seguiremos apoyándonos mutuamente con la oración y con la coparticipación fraterna. 

Tampoco han faltado iniciativas, creatividad y valentía para no ‘rendirnos’ ante tanta incomodidad que nos ha tocado sufrir, especialmente con el confinamiento.

No es el caso de enumerar y recordar lo mucho que hemos constatado en tantos hermanos, hermanas y fieles, hombres y mujeres que se han dedicado con atención y amor para afrontar y aliviar los sufrimientos, abriendo el corazón y los brazos en recíproca ayuda y solidaridad.

No cesemos, pues, de luchar y mantener la guardia; vigilemos y no nos abandonemos por el cansancio, y mucho menos por el desánimo. El Señor, siempre fiel, está a nuestro lado en este desierto cuaresmal y nos llama a seguirlo. El desierto para el Señor ha sido el lugar y el tiempo de la prueba y de la preparación para el anuncio de la Buena Nueva. También para nosotros este tiempo ‘cuaresmal’ es anuncio de una nueva alba, de nuevos tiempos cuyos frutos y modalidades están encerrados en la semilla del sufrimiento que estamos sembrando en esta ‘noche’.

Todo depende de cómo vivamos el presente, de cómo acojamos concretamente la gracia cuaresmal de seguir al Señor hacia donde Él se dirige: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén” (Mt 20, 18).

Jesús confirma con estas palabras y reitera su sí a la voluntad del Padre; acepta ir al encuentro de la muerte, acepta ‘ofrecer’ la vida dejándose crucificar. Todo por amor. Nos encontramos ante algo humanamente incomprensible, y que sólo en el amor encuentra respuesta. Jesús acepta la debilidad para que en Él se manifieste el poder y el amor de Dios a la humanidad (cfr. I Co 1, 27-31).

Hermanos y hermanas, por segunda vez celebramos la Cuaresma en condiciones de debilidad y sufrimiento; que la fe en Dios nos ayude a decir: Cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co 12, 10). Con S. Pablo también nosotros estamos convencidos de que Dios no nos abandona. Él está con nosotros, en nuestra debilidad, en cualquier condición de nuestra historia, tan zarandeada hoy, en nuestros desiertos, en nuestras soledades. Estas realidades son la verdadera escuela en la que aprendemos día a día no sólo a reconocer que Él sigue siendo nuestro hermano, y aún más aprendemos como Él a ofrecernos a los demás.

Entremos, pues, en el desierto cuaresmal para prepararnos a recibir y anunciar con la vida el don pascual de la paz. De esta manera daremos testimonio a los demás de un mundo mejor, donde todos se sientan pertenecer a la única familia humana, pensada y creada por la bondad del Padre, salvada y redimida por el Hijo Jesús y santificada y amada por el Espíritu Santo.

Os exhorto a vivir con mayor intensidad y celo este fuerte tiempo litúrgico, revisando y fortaleciendo cada uno su propio estado de vida. Os invito a meditar el mensaje que el Papa Francisco ha dirigido a todos nosotros. El Papa nos indica los caminos a seguir, las condiciones y los medios necesarios a fin de que la Cuaresma sea un tiempo de conversión para renovar la fe, la esperanza y la caridad. Que su palabra ilumine nuestra mente, llegue a nuestro corazón y nos mueva, especialmente en esta emergencia planetaria, hacia los hermanos, siguiendo a Jesús el Señor que ha entregado su vida por salvarnos.

Buen viaje.

Roma, 17 de febrero de 2021, Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma


P. Gregorio Colatorti

Corrector General 




Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2021, 12.02.2021

Mensaje del Santo Padre

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén...» (Mt 20,18).

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

 


4/3/20

CARTA DE CUARESMA DEL CORRECTOR GENERAL DE LA FAMILIA MÍNIMA

CURIA GENERAL DE LA ORDEN DE LOS MINIMOS
Piazza San Francesco di Paola, 10
00184 ROMA


CARTA DEL P. GENERAL, P. GREGORIO COLATORTI,
A TODA LA FAMILIA MÍNIMA: FRAILES, MONJAS Y TERCIARIOS.
Queridos hermanos,
Si debemos hablar de la santidad de nuestro Fundador Francisco de Paula en este año conmemorativo de su canonización, con mayor razón debemos dejarnos guiar iluminados por su palabra y por su ejemplo en este especial tiempo litúrgico de Cuaresma que caracteriza nuestra identidad y misión.
Estoy convencido de que nuestro Santo Padre reuniese a los frailes al empezar la Cuaresma, como también solía hacerlo en otras circunstancias, exhortándoles a vivir los cuarenta días verificando y afianzando la fe en Jesús, el Señor, y a abrazar el proyecto propuesto por él en la Regla que nosotros hemos aceptado.
Francisco sabe bien que la Cuaresma es camino que conduce a la Pascua; un tiempo de gracia y de conversión que Dios nos concede para que podamos llenarnos de vida nueva y proveer a nuestras reservas espirituales para mantener y vigorizar la existencia en el tiempo ordinario.
Como buen conocedor del corazón del hombre y experto formador de conciencias, Francisco establece puntos firmes en los que apoya su vida y el proyecto carismático penitencial de su familia.
Atraído desde pequeño por el Dios-Amor, se dedica enteramente a Él, a cuya luz va descubriendo la naturaleza humana: frágil, pobre y débil.
Este conocimiento le acompañará toda la vida; será la fuerza que le llevará a buscar sin cesar, a través de los medios más adecuado, según el estilo cuaresmal, el amor que salva y redime: Jesucristo.
La mayor penitencia de Francisco de Paula solo tiene su explicación desde lo Alto: ¿Cómo puedo seguir a Jesucristo, mi Señor, que ha conquistado mi corazón? La respuesta está en el Evangelio: ven en pos de mí, toma tu cruz y sígueme, es decir, sigue mis huellas, voy a Jerusalén para morir y resucitar (cfr. Lc 9, 23).
Por tanto el largo camino cuaresmal está orientado y tiene su meta en la celebración de la Pascua, última y definitiva: ésta es la meta y el objetivo de Francisco, de sus hijos, devotos, y de todos los cristianos.
Pero creo que nuestro Santo Padre tendría mucho interés ayer y hoy porque su familia estuviera impulsada y animada por el quadragesimalis vitae zelo et maioris poenitentiae intuito migrare cupientes (amor a la vida cuaresmal y con el propósito de hacer mayor penitencia) (IV R, II, 2), en el camino de la santidad.
La Cuaresma para nosotros Mínimos tiene una incidencia mayor: no somos diversos, pero en virtud del carisma estamos llamados a intensificar más el triple programa: oración, ascesis-ayuno, caridad que la Iglesia prescribe para todos los bautizados en este santo tiempo.
Por eso, siguiendo el itinerario propuesto por la liturgia, entremos en el desierto cuaresmal, fijando los ojos y el corazón en el Cristo Crucificado (III R, I). Si es necesaria esta ‘fuerte’ experiencia para el cristiano, más necesaria lo es aún para nosotros Mínimos.
En virtud del don carismático frecuentemos en este tiempo la singular palestra espiritual Mínima para entrenar la mente, el corazón, el cuerpo, y para ser hombres que encarnan y anuncian el evangélico convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15; Mt 4, 17).


1 ... Señor, contigo en el desierto (Mt 4,1ss)
¿Qué nos diría nuestro Santo Padre?
≥ No demoréis: el Espíritu que ha conducido a Jesús al desierto, me ha conducido también a mí, no sólo durante los primeros años de la soledad en Paula, sino también seguidamente por donde he pasado. El mismo Espíritu lleva a cada uno de vosotros en este período cuaresmal a intensificar con mayor vigor el empeño de asimilar los sentimientos de Cristo pobre y penitente que sube al Calvario, muere y resucita para darnos su vida. Si deseáis permanecer con El, si lleváis en el corazón la pasión por Él, empeñad todo vuestro ser: pensamientos, sentimientos, afectos, gustos, intereses, deseos a fin de que sean iluminados y animados por el unum est necessarium (cfr. Lc 10, 42).
Para conquistar la parte mejor (cfr. Lc 10, 42) no podemos prescindir del desierto cuaresmal: es el camino de la fe que nace en el bautismo, pero es también combate permanente (GE 158). El mismo Jesús después de la investidura oficial “Este es el Hijo amado”, recibida en el Bautismo del Jordán, está sometido a la gran tentación de Satanás que le ofrece el mesianismo horizontal, el del placer, el poder, la gloria, frente al mesianismo del servicio, del amor, del don de la vida en la Cruz.
Por eso, llevados y sostenidos por el Espíritu, siguiendo a nuestro Santo Fundador, actualicemos el desierto que nos abre el corazón a Dios y a los hermanos y que evidencia nuestro progreso espiritual: no hay santidad sin renuncia y sin ascesis, llena de oración y caridad (cfr. CEC 2015, 2342).
Observemos nuestra vida entrando en nosotros mismos; penetremos de verdad y con sinceridad en lo profundo de nuestro yo para purificarlo y liberarlo del virus egoísta, del mal que no cesa de infectar el corazón, reduciéndolo como a tierra árida (cfr. Ef 4, 15); preguntémonos si somos coherentes en cuanto seguidores del Señor.
a) Remarquemos el punto central del principio y fundamento a toda nuestra vida: nuestra relación con el misterio de Dios-Amor, centro de la vida y fuente continua de toda iniciativa (cfr. CONTEMPLAD, 6); preguntémonos sinceramente si testimoniamos que "Dios existe, que es real, que es viviente, que es personal, que es providente, que es infinitamente bueno; nuestro creador, nuestra verdad, nuestra felicidad”(cfr. CONTEMPLAD, 4); no podemos prescindir de la oración personal y comunitaria: cultivemos con regularidad y fidelidad la experiencia cotidiana de Dios sin prisas ni pausas; dignifiquemos la oración especialmente con la Lectio Divina (Lectura Orante), pues es la que nos puede conducir a dejarnos amar por Dios y a abrir recíprocamente el corazón a todos los hermanos. Actualicémosla y hagámosla familiar con el ejercicio, moviendo la voluntad a escuchar y el corazón a la obediencia; reservemos más tiempo a la asidua y prolongada adoración de la Eucaristía (cfr. VC, 95). No falte, pues, el evangélico silencio del corazón y del ambiente que permita a Dios hablar, y a nosotros comprender su Palabra (cfr. VC, 38).
Preguntémonos: la oración comunitaria y litúrgica ¿es de verdad el momento fuerte de la vida de comunidad? Esta oración ¿pasa y se traduce en vida?
b) No podemos prescindir de la ascesis, pues “ayuda a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona consagrada para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la Cruz (cfr. VC, 38).
Escuchando al Santo Legislador y atraídos por su vida, recurramos al ayuno corporal como medio eficacísimo, puesto que purifica la mente, sublima los sentidos somete la carne al espíritu, hace el corazón contrito y humillado, disipa los fuegos de la concupiscencia, extingue los ardores de la libídine y enciende la antorcha de la castidad (cfr. IV R, VII, 29).
Concretamente ayunemos de la crítica fácil y superficial, de los lamentos cotidianos, del chismorreo, del demasiado tiempo dedicado al mundo de la comunicación (cfr. DocF, 1,4 del LXXXVI Cap. Gen.) restando el debido tiempo reservado a Dios y a los hermanos.
No podemos evitar pruebas y tentaciones: forman parte del camino de fe. Frente a una propuesta de fácil seguimiento de Cristo, cómodo, inducido por una cultura hedonista y egocentrista, respondamos concentrándonos en la Palabra. Sólo a través de las pruebas y de las tentaciones nos fortalecemos y preparamos como expertos para anunciar el Reino de Dios. Esta ha sido la experiencia de Jesús y la de nuestro Padre San Francisco.
c) En virtud del cotidiano scandere contendentes (se esfuerzan por ascender) (IV R, I), esforcémonos en las relaciones internas de la comunidad en superar actitudes cerradas, malestar, y adoptemos gestos de estima, confianza, sinceridad, cordialidad; animados por el deseo de bien en mejor ofrezcámonos gestos de respetuoso diálogo, acogida, paciente cercanía, convencidos de que cada uno hace lo posible como servicio al hermano aceptando y compartiendo el peso, la fatiga, la fragilidad; tengamos como punto de mira la paz, la reconciliación, el perdón, la comunión fraterna.
Una vez más nos sale al encuentro la palabra de nuestro Santo Padre: el desierto que siempre he amado y buscado es el lugar (teológico) donde Dios nos espera con los brazos abiertos para hablarnos al corazón. Os aseguro que ante Él, solo y despojado con mis pecados, debilidades, resistencias he experimentado su bondad gratuita e infinita. Cuanto más me despojaba de mis seguridades, deseos y proyectos más Él me llenaba de misericordia, confianza, paz. Cuanto más alargaba el tiempo de la oración más me enamoraba de Él.
Lo que se desprende de las palabras de nuestro Padre San Francisco es la centralidad de Dios: pobre de solemnidad él es testigo de la gratuidad de Dios en su vida y en la de su familia. Nuestra misión hoy es ésta: reafirmar el primado del amor de Dios cada día cuando ha entrado el protagonismo en el corazón de los cristianos y de todos nosotros consagrados. Se trata del espíritu mundano, dice el Papa, que no ve más la gracia de Dios como protagonista de la vida y va en busca de cualquier sucedáneo: un poco de éxito, un consuelo afectivo, hacer finalmente lo que quiero. Pero la vida consagrada, cuando no gira más en torno a la gracia de Dios, se repliega en el yo. Pierde impulso, se acomoda, se estanca. Y sabemos qué sucede: se reclaman los propios espacios y los propios derechos, uno se deja arrastrar por habladurías y malicias, se irrita por cada pequeña cosa que no funciona y se entonan las letanías del lamento –las quejas, “el padre quejas”, “la hermana quejas”-: sobre los hermanos y las hermanas, la comunidad, la Iglesia, la sociedad. No se ve más al Señor en cada cosa, sino solo al mundo con sus dinámicas, y el corazón se entumece. Así uno se vuelve rutinario y pragmático, mientras dentro aumentan la tristeza y la desconfianza, que acaban en resignación. Esto es a lo que lleva la mirada mundana (cfr. Papa Francisco 01.02.2020).
2 … “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!” (Mt 17, 1ss)
¿Cómo podemos vencer la tentación de la mirada mundana? ¿Cómo testimoniar el primado de Dios, el primado de la gracia, la gratuidad de la vida donde lo que cuenta es quien tiene más y donde el hombre no es reconocido por su dignidad y libertad de criatura imagen y semejanza de Dios?
¿Cómo ser testigos significativos en una Iglesia que lucha entre reforma, conversión y evangelización?
Jesús nos ofrece la posibilidad de un rostro nuevo.
a) Es necesario subir con Él al Tabor. Jesús subiendo a Jerusalén se lleva a los discípulos al monte y se transfigura anticipando la gloria de la Resurrección. De esta manera les confirma en la fe, y les prepara para el drama de la Cruz (cfr. VC 15). El encuentro con la Belleza Divina ha envuelto y transformado enteramente a los apóstoles que ven ojos y corazón nuevos, dispuestos a renunciar a sí mismos con tal de permanecer con Jesús: Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Todo cristiano está llamado por el Bautismo a vivir esta experiencia.
El camino cuaresmal hacia la Pascua es para nosotros camino de conversión, pero más aún es camino de con-formación a Cristo, como Hijo del Padre: por tanto nuestra transfiguración, mi transfiguración sólo se realiza si me dejo modelar por Él (cfr. VC 35), como hijo obediente del Padre que se ha hecho pobre, humilde por nosotros, por mí.
Bien lo ha comprendido nuestro Santo Fundador cuando dice: Pensad qué infinito fue el ardor que descendió del cielo a la tierra (cfr. Carta LXXXII de la Centuria).
Sinceramente: - ¿tengo, tenemos la preocupación cada día de ‘fijar la mirada’, el corazón en Dios?;
-¿A qué estamos dispuesto a renunciar con tal de permanecer con Cristo?;
-Mirando a la vida cotidiana, los que hemos sido conquistados y consagrados por el más bello de los hombres (Sal 45, 3), podemos decir: “¡Qué bueno es estar contigo, ofrecernos a Ti, concentrar exclusivamente nuestra existencia en Ti!” (cfr. VC 15).
- A la luz del Tabor probemos a descubrir las actitudes y los comportamientos disonantes con el estilo proclamado en las Bienaventuranzas.
b) Pero es determinante la voz del Padre que confirmando a Jesús como su Hijo, el predilecto, el amado, añade: Escuchadle (Mt 17, 5).
Esta es la llave para penetrar en el núcleo de nuestra vida consagrada a fin de que sea significativa. Escuchando la Palabra de Dios encontramos el lugar en el cual nos ponemos bajo la mirada del Señor, y aprendemos de Él a mirarnos a nosotros, a los otros y al mundo (cfr. CONTEMPLAD, 35). La Palabra nos transforma (GE, 156).
Queremos entrenarnos en este tiempo santo de manera que toda Palabra del Señor deje mella en nosotros. Tener la mirada fija en Jesús es liberarnos de nuestras palabras inútiles para poner al centro “La Palabra” de verdad y de vida, la única Palabra que da sentido a nuestra existencia y a nuestro actividad (Papa Francisco).
-¿Cuánta familiaridad tenemos con la Palabra de Dios?
-Detengámonos ya sea de forma individual que comunitaria a meditar y orar sobre el texto sagrado: es el mejor modo de escuchar y hablar al corazón de cuantos encontramos en el Señor.
‘Rostro orante’ se afirma de Francisco: era su realidad de hombre transformado por el continuo diálogo con Dios que le enviaba entre la gente para comunicar lo que había contemplado.
Es la experiencia de los discípulos: después de subir al Monte donde han gozado de la visión celeste como preparación al Calvario, ahora tienen que bajar (cfr. VC, 14) a la vida para transformar la contemplación en acción.
3 … tenemos hambre y sed de Ti, Señor (Jn 4, 5ss).
Sicar: Jesús llega al pozo de Jacob, se sienta, y espera sediento a la Samaritana, a los apóstoles, a cada uno de nosotros para saciar la sed, el hambre, símbolo de tantos y diversos deseos y aspiraciones que llevamos dentro.
La samaritana es una mujer cansada, pero inquieta, que no se da por vencida después de tantas experiencias humanas ni satisfecha de los bienes materiales. Será Jesús quien despierte en ella el deseo de su inquieto corazón invitándola a ir más allá, a no detenerse en el pozo para saciar la sed corporal, sino a sacar agua de la fuente viva (cfr. Jer 2, 13), de la fuente de agua que brota para la vida eterna (Jn 4, 14).
La samaritana, no obstante haber descubierto en Jesús algo diverso de los demás judíos, no acepta fácilmente la novedad de su palabra, parece esperarlo todo de la futura llegada del Mesías (Jn 4, 25). Ante la revelación: soy yo, el que hablo contigo (Jn 4, 26), la mujer entonces dejó el cántaro, se fue al pueblo y transmitió el mensaje a los suyos. Es tiempo de decidir.
-Preguntémonos: después de tantos años de vida consagrada, ¿Qué llevamos en el corazón?
-Tenemos tantos deseos, prejuicios, dudas, miedos inseguridades; no faltan tareas, actividades, compromisos pastorales, caritativos: corremos el riesgo de caer en una aridez espiritual. Detengámonos cada día junto al pozo eucarístico: es nuestra statio orante (cfr. CONTEMPLAD, 3), necesaria, vital para estar en el corazón de la historia. Repitamos ante el Señor: mi alma tiene sed de Dios (cfr. Sal 41, 3).
-“Estamos llamados a experimentar y demostrar que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de buscar nuestra felicidad en otro lado” (cfr. Papa Francisco a todos los consagrados (21 nov. 2014), II, 1.)
Del episodio del pozo de Sicar hay que subrayar, por un lado la voluntad salvífica de Dios que se manifiesta en la vida, en la historia de todos los días, en la debilidad de las personas; por otro lado la cercanía de Jesús para con la mujer y todo hombre. Siempre es Él que toma la iniciativa, que entabla el diálogo, prestando atención a la persona, a las situaciones de la vida, de la historia, a sus necesidades, a sus preguntas, dejando siempre la libertad de escoger y decidir.
Podemos imaginar la satisfacción de tantos que se acercaban a nuestro Santo Fundador experimentando su acogida y su vida activa, fruto de su intimidad y contemplación con Dios.
-A la luz del Evangelio de la Samaritana pensemos en las características de nuestras relaciones en comunidad, de nuestro estar con los otros, de nuestro ministerio pastoral. ¿Somos capaces de escuchar, de dialogar paciente, respetuosa, constructivamente?
-¿Podemos decir que somos interlocutores acogedores de la búsqueda de Dios que siempre anhela el corazón del hombre? (cfr. VC, 103).
4 … Señor, ábrenos los ojos (Jn 9, 1ss).
Esta petición implica la convicción de ser buscadores de Dios, en situación de continua conversión al Señor Jesús. En cambio corremos el peligro de sentirnos satisfechos, como si ya conociésemos, comprendiésemos todo; de esta manera caemos lentamente en considerar la conversión como algo ya superado para nosotros y sólo necesario para los demás. Corremos el peligro de la aridez y ceguera espiritual, endurecimiento y estrechez de corazón que nos conduce ‘a juzgar y seleccionar’ a los demás.
¿Cómo podemos ser Lumen poenitentium si no advertimos cada día la necesidad de iluminar nuestra oscuridad interior y de abrirnos a la luz, reflejo del Verbo eterno? (cfr. Jn 1, 4). Es indispensable, pues, que reconozcamos nuestra ceguera existencial, y por tanto la necesidad de dejarnos iluminar por la Palabra que se ha hecho carne y que continuamente nos salva.
Mientras nos acercamos a la Pascua, cada uno imagine encontrarse subiendo con Jesús a Jerusalén y toparse con el ciego de nacimiento. Un encuentro con tantos personajes; cada uno observa e interpreta los hechos desde su punto de vista. Hay una cierta resistencia a interrogarse no obstante la evidencia. El mismo ciego, que ha sido curado por haber acogido la invitación: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (Jn 9, 7), dudará de ‘ver’ a Jesús, ‘el Hijo del hombre’. Finalmente después de una larga y dramática discusión-proceso con los padres y los fariseos, su expulsión de la sinagoga, ante Jesús que le dice Tú has visto, él responde Yo creo, Señor. Y se abre para él el camino de la fe: ha acogido en su vida la Luz de los hombres.
-Frente a la Palabra (Jn 9, 1-41), me pregunto a mí mismo ¿en cuál de los personajes me reflejo?
-¿Estoy dispuesto a ir contracorriente, a afrontar incomprensiones, sufrimientos, soledad con tal de corresponder al Amor con que Dios me ama?
-No nos falte nunca la mirada misericordiosa de Dios al hombre que sufre y que nos libre el Señor de la mirada superficial, inquisidora y rigurosa propia de los que presumen ‘ver’ y creer.
Tenemos que recordar que el día de nuestro bautismo nos fue entregado el cirio encendido y se nos dijo: sois luz en el Señor. Caminad siempre como hijos de la luz.
El día de nuestra consagración religiosa, recibiendo el cirio, nos hemos comprometido a ser en la Iglesia y para los hombres señal luminosa de conversión, como nuestro Santo Padre y Fundador.
5 … Señor, Tú nos llamas (Jn 11, 1ss)
Desde el Pozo de Sicar, pasando por la piscina de Siloé, se llega al sepulcro de Betania: un camino que todo discípulo debe recorrer para responder a los grandes interrogantes de la vida, como preámbulo de la fe. Es el itinerario bautismal-cuaresmal preparatorio para el encuentro con el Cristo Resucitado.
Al hombre sediento, hambriento, ciego, Dios ha enviado a su Hijo, como agua, pan, luz para colmar la necesidad de vida, de infinito que llevamos dentro.
Es la experiencia dramática de la muerte de Lázaro que nos revela que el hombre de Nazaret, que ha entrado en nuestra historia, compartiendo todo con nosotros, hasta la muerte, es la Vida: el que cree en mí, no morirá para siempre. Esta es la revelación de Jesús a Marta y María, y confirmada enseguida ‘despertando’ al amigo Lázaro, que llevaba cuatro días enterrado.
Estamos ante la muerte…
Jesús llora por el amigo muerto, se conmueve y se estremece por este misterio que aflige y angustia al hombre. Él, que es la resurrección y la vida (Jn 11, 25), no se detiene, va al encuentro y supera la muerte despojándola del veneno mortal. Estamos pues salvados no de la muerte sino a través de ‘de la muerte’, porque Dios nos ha dado su vida y nos ha liberado del egoísmo, verdadero mal, que nos encarcela en nosotros mismos y nos cierra a los demás.
A cada uno de nosotros, como a Lázaro, Jesús nos llama: sal afuera.
Su voz es una llamada a progresar constantemente en el bien, a experimentar cada día al Resucitado.
¿Cómo celebrar la Pascua si no escuchamos la voz del Señor? Iluminemos nuestro interior: SALIR es el verbo que la Iglesia pide a todos en este tiempo y más a nosotros los consagrados.
  • ¿Estamos dispuestos a salir de nuestros esquemas, a dudar de nosotros mismos, a compartir con los demás la hermosura de la fe (cfr. ESCRUTAD, 18), a no detenernos sino a caminar con los últimos, a ‘perder’ la vida, a empezar cada día?
  • Frecuentemos la Reconciliación sacramental y comunitaria en este tiempo para salir de nuestros cerrados egoísmos, de nuestra mediocridad y de nuestra insensibilidad: comunitarias, sociales, pastorales.
6 … “vamos también nosotros y muramos con Él” (Jn 11, 7.16).
No sabemos si esta propuesta de Tomás ha sido fruto de entusiasmo o de convicción. Lo cierto es que Jesús ya hace tiempo que está subiendo a Jerusalén. Ha escogido un camino que le conducirá a un recibimiento triunfal de la multitud, junto a un rechazo siempre más hostil y abierto por parte del Sanedrín, pasando desde la intimidad con los apóstoles en el cenáculo hasta la soledad orante con el Padre en el huerto de los olivos, y desde la condenación de Pilato en el Pretorio, hasta la crucifixión en el Calvario entre ladrones.
Con la cruz nos encontramos ante el misterio central de nuestra fe: Jesús se entrega a nosotros para obedecer al Padre. En la cruz ofrece su corazón enteramente a Dios y a los hombres.
Si queremos comprender y vivir este misterio tenemos que seguir el único camino que nos conducen a los pies del Crucificado: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga (Lc 9, 23).
No hay santidad sino mirando a Cristo Crucificado, el cual padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas (I Pe, 2, 21). Jesús en cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al Cielo (cfr. Papa Francisco, Homilía, Miércoles de Ceniza 2019). Él nos enseña el valor de la renuncia, del amor que se pierde, que se ofrece para que los otros tengan vida.
La Pasión continúa en la vida de todo discípulo. Así fue para nuestro Santo Padre Francisco que vivía muy mortificado… Y consigna su testamento a nosotros sus hijos y devotos: Centrad vuestro pensamiento en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Carta de S. Francisco de Paula a los Procuradores de Spezzano)… que la preciosa muerte de Cristo sea hecha vida vuestra, y su dolor vuestra medicina, y sus fatigas eterno descanso para vosotros (R TOM III, 10).
-Mientras vivimos los días santos ¿Verifico de verdad si la memoria de la Pasión de Cristo está presente e incide en mi jornada, en las relaciones interpersonales, en la actividad pastoral?
-¿Me pregunto si estoy dispuesto a luchar por liberar mi corazón del egoísmo, de todo lo que me impide ser don para mis hermanos?
Acojamos la invitación que la Iglesia nos hace a todos: Venid, adoremos al Amor Crucificado.
7 …en el mundo contigo, Señor (cfr .Mt 28, 19-21)
¿Quién sostendrá a los apóstoles a superar el gran silencio del Sábado Santo y aceptar a continuación el camino de la cruz? Será el mismo Jesús, el Crucificado Resucitado por el don del Espíritu a constituir a los apóstoles y a todos nosotros anunciadores del perdón y de la misericordia del Padre.
Queridos hermanos,
Antes de terminar esta carta, permitidme dirigir una pregunta a nuestro Padre San Francisco:
Deseo saber cómo transcurrías el día de Pascua. Conocemos cómo vivías el período cuaresmal por todo lo que has prescrito en la Regla para tu familia. Conocemos los sufrimientos de la última semana santa durante la que te has preparado para el éxodo final de esta tierra. La Eucaristía y el abrazo a los hermanos han marcado el Jueves Santo. Mientras que el día siguiente no has cesado de fijar la mirada en el rostro de Cristo Crucificado, tu único amor. Le has invocado consciente de ser miserabilísimo pecador, abandonándote a Él.
Pienso que quedará una pregunta abierta a la que cada uno responderá imaginando a nuestro Fundador Francisco en medio de sus frailes festejando y compartiendo la mesa eucarística y el ágape gozoso de la fraternidad.
≥ A ellos y a nosotros diría:
Aquel fue para mí el Viernes verdaderamente Santo: he entrado a celebrar la Pascua eterna, a la que me he preparado y que vivía a través del camino cuaresmal.
Os exhorta a vivir siguiendo al Señor: donde está Él es fiesta, ¡siempre es Pascua! Enhorabuena.


Roma, Convento de S. Francisco de Paula ai Monti,
26 de febrero de 2020, Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma


P. Gregorio Colatorti

      Corrector General



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