LA CUARESMA COMO MENSAJE ACTUAL
Jesús nos interpela por la parábola de la higuera como un signo de los tiempos. «Tú llevas una vida estéril, no das fruto, vives por vivir y tus días van pasando uno tras otro sin pena ni gloria, mientras que la vida es breve y consiste en dar fruto de buenas obras. Los dones que has recibido no pueden ser enterrados ni quedar en barbecho”.
La reacción adecuada a esta interpelación se llama conversión. Esta palabra es una urgencia desde el comienzo del evangelio y se dirige en cuaresma a todos los bautizados especialmente. La conversión no tiene que ver sólo con los convertidos sonoros y sonados: Pablo, Agustin..., o con los paganos que primero se convertían y luego se hacían bautizar.
La conversión es una radical orientación de la vida a Dios. El diccionario de teología la define: total orientación del hombre hacia Dios y su alejamiento radical de todo lo que de Él le aparta. La conversión abarca a todo el hombre, toda su personalidad, su pensar y querer interior, lo mismo que su actuar exterior. La conversión es una dinámica que nos dispara hacia adelante liberándonos de la vulgar mediocridad.
Tal decisión radical es necesaria. Jesús nos urge a ella bajo riesgo de correr la misma suerte de los galileos ajusticiados o de la higuera arrancada de raíz. Una vida sonriente de buenos resultados no excluye en modo alguno la necesidad de conversión. Jesús no relaciona pecado con castigo, como la superstición popular, aunque tampoco lo desconecta. No existe relación directa entre pecado y calamidades naturales, como tampoco entre santidad de vida y prosperidad material. Las leyes naturales no hacen excepciones. Las causas segundas obran con absoluta amoralidad, pero por todo acontecimiento dirige Dios su voz con el apremiante mensaje de estar preparados con los frutos en la mano. Lo contrario es exponerse a perecer. Esta es la penitencia y conversión que se pide.
En Cuaresma se ha acentuado mucho más el aspecto negativo de renuncia que el positivo de preparación y enriquecimiento. La nueva disciplina permite sustituir algunas privaciones por acciones positivas. Y con acierto. Lejos de ser un empobrecimiento, la conversión y penitencia cristiana son un enriquecimiento de la personalidad, una condición de equilibrio.
El hombre espiritual emerge con sus exigencias por encima del puramente animal, el espíritu domina la materia y el orden nace del caos de las tendencias inoperantes. Es al mismo tiempo una plenitud, la cual no existe sin algo de renuncia al egoísmo, como la viña podada para que pueda llevar más fruto (Jn 15). Y es también un signo de liberación. Nadie puede ser libre si no es dueño de sí mismo (Matías Claudius). La penitencia lleva al autodominio por el que se puede vivir sin estar esclavizado a nada. Al igual que la verdad, también la penitencia nos hace libres (Jn 8, 32). La práctica del deporte con sus exigencias comprueba abundantemente esta tesis.
La reflexión de la Cuaresma consiste en ver dónde se está y cambiar lo que debe ser cambiado. Es posible la superficialidad religiosa que ignora su verdadera situación ante Dios. Las carteleras cuaresmales con invitaciones a oír la palabra de Dios pueden ser un signo, como el de la higuera o el de los galileos ajusticiados, por el que Jesús tiene un mensaje que dirigir a todos.
Agradecemos al P. Victoriano García, delegado de la Orden de los Mínimos en España, por obsequiarnos con esta meditación cuaresmal.
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