ÍNDICE TEMÁTICO
- ADVIENTO
- AÑO MARIANO
- CANARIAS
- CARISMA
- CONTACTO
- CORPUS CHRISTI
- CUARESMA
- DEVOCIONARIO
- FRAILES
- HOMILÍAS
- IMÁGENES
- INFANTIL
- INTENCIONES DEL PAPA
- LECTIO DIVINA
- M. CONSUELO UTRILLA
- MADRE Mª DEL SOCORRO
- MONJAS
- NAVIDAD
- NOTICIAS
- NOVENARIO ALAQUÀS
- OMS ALAQUÀS
- PASCUA
- PENTECOSTÉS
- PETICIONES DE ORACIÓN
- REGLA OMS
- SAN FRANCISCO DE PAULA
- SANTORAL
- SEGLARES
- TRECENARIO
- TRIDUO BEATO GASPAR DE BONO
- V CENTENARIO CANONIZACIÓN
- VI CENTENARIO
- VICTORIA
- VIDA CUARESMAL
- VOCACIONES
7/12/25
CARTA DE ADVIENTO 2025 DEL P. CORRECTOR GENERAL O. M.
3/12/24
MENSAJE DEL ADVIENTO DEL P. GREGORIO COLATORTI, CORRECTOR GENERAL O. M.
PEREGRINOS DE ESPERANZA POR EL CAMINO DE LA PAZ
A los Frailes, Monjas y Terciarios de la Orden de los Mínimos
P. Gregorio Colatorti, Corrector General
Salud y paz en Jesucristo bendito.
Muy queridos hermanos y hermanas,
Nosotros los Mínimos, como peregrinos de esperanza por el camino de la paz, nos ponemos en camino en este tiempo de Adviento preparándonos a celebrar y vivir el Jubileo del 2025. El Señor que viene siempre nos llena de esperanza. Contentos de su presencia también nosotros nos volvemos portadores y mensajeros de esperanza para el mundo.
Con la mirada del corazón puesta en la cuna de Belén, primera puerta santa de nuestra historia humana, elevamos la invocación: ¡Ven, ¡Señor Jesús, esperanza de las naciones!
Tenemos necesidad de ti para ser levadura de una iglesia sinodal, misionera y misericordiosa.
Pongo a vuestra reflexión, meditación y oración para este Adviento y el tiempo del Jubileo tres recientes Documentos del Magisterio (Spes non confundit, Bula de convocación del Jubileo, la Carta Encíclica Dilexit nos y el Documento Final del Sínodo); nos ayudan a volver al centro de nuestra existencia cristiana y religiosa, al Hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado, esperanza de las naciones.
Acojamos, pues, la exhortación del Papa Francisco a no perder nunca la esperanza, don del Espíritu:
Mientras nos acercamos al Jubileo, volvamos a la Sagrada Escritura y sintamos dirigidas a nosotros estas palabras: “Nosotros, los que acudimos a él, nos sentimos poderosamente estimulados a aferrarnos a la esperanza, porque estamos anclados en la esperanza de la gracia, que nos hace capaces de vivir en Cristo superando el pecado, el miedo y la muerte. Esta esperanza que nosotros tenemos es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor (Hb 6, 18-20). Es una invitación fuerte a no perder nunca la esperanza que nos ha sido dada, a abrazarla encontrando refugio en Dios (Spes non confundit, nº 25).
Movidos por la esperanza pascual creemos que el mundo puede cambiar a partir del corazón:
Nuestras comunidades solo desde el corazón lograrán unir sus inteligencias y voluntades diversas y pacificarlas para que el Espíritu nos guíe como red de hermanos, ya que pacificar también es tarea del corazón. El Corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón, unido al de Cristo, es capaz de este milagro social (Dilexit nos, nº 28).
Como Jesús mostremos también nosotros los gestos que reflejan el corazón:
Cómo nos ama Cristo es algo que él no quiso explicarnos demasiado. Lo mostró en sus gestos. Viéndolo actuar podemos descubrir cómo nos trata a cada uno de nosotros, aunque nos cueste percibirlo. Vayamos entonces a mirar allí donde nuestra fe puede llegar a reconocerle: en el Evangelio (Dilexit nos, n. 33). Dice el Evangelio que Jesús “vino a los suyos” (Jn 1,11). Los suyos somos nosotros, porque él no nos trata como a algo extraño. Nos considera algo propio, algo que él guarda con cuidado, con cariño. Nos trata como suyos. No significa que seamos sus esclavos, y él mismo lo niega: “Ya no os llamo servidores” (Jn 15,15). Lo que él propone es la pertenencia mutua de los amigos. Vino, saltó todas las distancias, se nos volvió cercano como las cosas más simples y cotidianas de la existencia. De hecho, él tiene otro nombre, que es “Emanuel” y significa “Dios con nosotros”, Dios junto a nuestra vida, viviendo entre nosotros. El Hijo de Dios se encarnó y “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo” (Flp 2,7). (Dilexit nos, nº 34).
Dejémonos acompañar por la Virgen María, Madre de Cristo, de la Iglesia y de la humanidad:
En la Virgen María, Madre de Cristo, de la Iglesia y der la humanidad, vemos resplandecer a plena luz los rasgos de una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa. Ella es, en efecto, la figura de la Iglesia que escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, discierne, decide y actúa. De ella aprendemos el arte de la escucha, la atención a la voluntad de Dios, la obediencia a su Palabra, la capacidad de captar las necesidades de los pobres, la valentía de ponerse en camino, el amor que ayuda, el canto de alabanza y la exultación en el Espíritu. Por eso, como afirmaba san Pablo VI, “la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación de la solicitud de María” (Documento Final nº 29).
Confortados por la solicitud de María, que afronta como itinerario de fe el recorrido que va desde Nazaret a Belén, nos disponemos a vivir el Adviento con un espíritu y una preparación particular, que nos llevará también a nosotros como peregrinos ante la cuna del Niño Jesús para ser escuchados, perdonados, renovados y enviados a nuestra vida-misión a través de la gracia del Jubileo que está para comenzar. Dejémonos llevar, pues, por el viento del Espíritu, como María, desde nuestro “sí” a engendrar al Señor en la vida mediante el testimonio.
Sea ésta la mejor felicitación para cada Fraternidad Mínima y que crezca cada día siempre más en nosotros la alegría de la pertenencia y la gracia de la coparticipación.
Un abrazo a todos vosotros.
Roma, 1 de diciembre de 2024, primer domingo de Adviento
P. Gregorio Colatorti
Corrector General
17/12/23
MENSAJE DE ADVIENTO DEL P. CORRECTOR GENERAL DE LA ORDEN DE LOS MÍNIMOS
LLAMADOS A DAR TESTIMONIO CONVINCENTE DE COMUNIÓN
Carta del P. Corrector General, P. Gregorio Colatorti, a los Frailes, Monjas y Terciarios de la Orden de los Mínimos. Adviento 2023.
En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”. Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: “En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos.
El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí. (Mt 18, 1-5)
Queridos hermanos,
Saludo fraternalmente a todos vosotros, y deseo que disfrutéis de salud corporal y espiritual. Os envío esta reflexión-meditación por Adviento, como ya es tradición, en preparación a Navidad, y para compartir con vosotros algunas reflexiones que pueden ayudarnos a vivir la fraternidad de cara al nuevo año.
El camino sinodal de la Iglesia de nuestro tiempo nos invita a meditar sobre nuestra capacidad de dar testimonio convincente de comunión en nuestro día a día: “La sinodalidad tendría que manifestarse en la forma ordinaria de vivir y trabajar de la Iglesia”1, y en una renovación de la comunidad que empieza por la renovación de cada uno.2
La celebración del Sínodo va acompañada este año de un evento particular que da mayor realce, si cabe, a la belleza de la comunión. Se trata de los 800 años de la aprobación de la Regla Bullata de Francisco de Asís y del Belén de Greccio. Ambos acontecimientos son motivo de reflexión y preparación a la celebración del Capítulo General, como acontecimiento que nos afecta más de carce, y que es la mayor expresión de comunión y coparticipación de nuestra pequeña familia religiosa.
Precisamente por esto deseo proponer la reflexión, siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís, sobre la alegría, una de las categorías más importantes de la vida espiritual, fruto del Espíritu Santo y auténtico criterio para discernir la correspondiente a nuestra vocación. Tratándose de una carta en preparación a Navidad, es también uno de los temas más importantes del Adviento.
1. Francisco de Asís¿Por qué?
Puede parecer extraño para alguien, y quizá fuera de lugar, afrontar el tema de la alegría, habiendo tantos otros temas importantes por debatir en la actualidad, y más partiendo del ejemplo de Francisco de Asís, que a primera vista no pertenece a nuestra tradición carismática, y cuya confrontación evoca rencillas y diatribas de otros tiempos.
La Iglesia hoy lucha por encontrar unidad y comunión, y por eso ha convocado un Sínodo para definirse a sí misma, como aconteciera con el Vaticano II,3 en relación al mundo contemporáneo y a sus exigencias. Uno de los testigos más destacados del Vaticano II, y que participó activamente, Giuseppe Alberigo, resalta del acontecimiento conciliar el universal testimonio de comunión que ofreció y sorprendió a todos los padres conciliares, a la Iglesia y a la humanidad entera4. Los mismos sentimientos animan hoy al Papa Francisco y su deseo de conducir a la Iglesia a ser imagen de comunión según el modelo de la Trinidad, animada por el Espíritu: “Porque tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desate las cadenas y difunde la alegría”5.
Movidos por el Espíritu, fundamento y constructor de nuestra llamada a participar de la vida trinitaria,6 los religiosos tenemos el deber de ser profetas de comunión y fraternidad en nuestras comunidades, para poder vivirla después con todos los otros Institutos y en la Iglesia. Hay que buscar en los santos este ejemplo para nuestra utilidad y fortalecimiento de nuestra espiritualidad en aras de construir una comunión real y activa. Volver a Francisco de Asís en este sentido está justificado por la necesidad de compartir valores comunes, en este caso concreto valores comunes ofrecidos por la vida de los santos, que son patrimonio de toda la Iglesia. Señaladamente se ha establecido que la próxima reunión de los Superiores Generales del 2024 se celebre en Asís precisamente para empaparnos del espíritu del Santo: espíritu de fraternidad en la sencillez. Ciertamente hay otros factores que favorecen la confrontación con Francisco de Asís también para nosotros hijos de Francisco de Paula.
En primer lugar no se puede negar que Francisco de Paula haya estado relacionado por devoción personal al santo de Asís, de quien recibió el nombre y a quien ha dedicado su primitiva Congregación eremítica. Además de él ha heredado el patrimonio espiritual de los Mendicantes, aunque no sea la única fuente, proponiendo en su primera Regla algunos textos de aquella del de Asís para revestir a su fundación de una fisionomía lo más posible correspondiente a lo tradicional de esta vida, fuertemente evangélica, que nace y sigue siendo fuente de inspiración para la conversión a una vida interior plenamente evangélica y de reforma de la iglesia.
Precisamente por la cercanía original de las dos experiencias estamos llamados a tomar de Francisco de Asís un aspecto fundamental para nuestra vida espiritual: la perfecta alegría, la alegría que el camino de penitencia y conversión lleva consigo y que poco frecuentemente se subraya por parte de los estudiosos de nuestro carisma, y menos todavía por aquellos autores que escribieron sobre nuestros orígenes.
El reclamo a la alegría, como fruto del Espíritu en las vicisitudes de la vida de Francisco de Asís, es muy propio del Adviento, pues con los 800 años de la Regla Bullata se celebran también otros tantos del Belén de Greccio. Deteniéndonos en las intenciones que llevaron a Francisco de Asís a representar el Nacimiento de Jesús nos hace meditar en la alegría de Navidad y en la alegría profundamente humana que el nacimiento de Cristo trae a cada uno de nosotros: alegría que inundó el corazonón de los pastores y el de todos aquellos que con Francisco participaron en la construcción del primer pesebre.
2. La alegría del Belén de Greccio
Tomás de Celano nos ha trasmitido el relato de la iniciativa del pesebre de Greccio; sus palabras evocan la perfecta alegría que inundó a Francisco de Asís y a todos los participantes en la construcción del pesebre:
Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado. Llegó el día, ¡día de alegría, de exultación! Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche en la que se encendió en el cielo aquella Estrella centelleante que iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, ¡noche placentera para los hombres y para los animales! Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y él mismo goza de singular consolación nunca antes experimentada. …Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.7
¿Qué sucedió para que este momento resultase tan rico en luz y alegría, como nos dice la viva voz de Tomás de Celano? Ciertamente, la realización visual del nacimiento de Jesús es un acontecimiento nuevo para todos los que participan en él, y ésta puede ser una de las razones. Pero esa alegría inicial todavía impregna el espíritu de muchos que la perciben en sus hogares, iglesias y calles. Hoy ya no es la primera vez, pero siempre es como si fuera la primera. Es precisamente la alegría de representar un acontecimiento grandioso que se ha desarrollado en esa sencillez, cercana a todos los hombres, propia de todos los hombres, que Jesús ha querido asumir para que, partiendo de lo más bajo de la humanidad, pueda elevar a todos a la altura de la divinidad. Esa alegría es, sin embargo, la alegría que pertenece a los pequeños, a los sencillos, es una alegría por la que sólo los sencillos pueden ser tocados e implicados, porque sólo los sencillos son capaces de verla y disfrutarla. Es la alegría de la familiaridad, de la belleza de las relaciones importantes de la vida, que, si se cultivan con sencillez, conducen a ser hombres capaces de una alegría profunda.
Esta alegría de la relación encuentra su origen más alto precisamente en la celebración de la Natividad, es decir, en la celebración de la familiaridad de Dios con la humanidad. Una familiaridad que produce tal alegría que anima las estrellas y crea luz: "Esta luz anunciada por la Escritura está llena de alegría, de una alegría genuina, profundamente humana como cuando se cosecha, como cuando se alegra por la victoria: se sueltan las cadenas, el Señor rompe los cerrojos"8, porque no es un sentimiento efímero dado sólo por un acontecimiento externo, sino que es la conciencia de que ante todo es la realización de la familiaridad con Dios y luego la liberación de cualquier cadena humana, porque Dios revela lo más alto que el hombre puede alcanzar, es decir, la autenticidad de la relación, la liberación:"de la oscuridad que nos envuelve, que nos mantiene inquietos, preocupados, turbados, temerosos"9, para conducirnos a la verdadera alegría de un acontecimiento que transforma: «El anuncio de la Navidad es un anuncio de vida, de alegría, de creatividad, de esperanza, de afecto, de amistad, de amor impetuoso que transforma la historia y la experiencia humana".10
Esta certeza renueva cada año la alegría de la Navidad y la alegría de volver a montar la representación de la Natividad, la cercanía familiar de Dios con el hombre y la alegría natural del hombre que redescubre familiaridad con Dios, aprendiendo de este encuentro que la verdadera relación está en la sencillez.
3. Humildad y alegría
No se podría entender la alegría que impregna el evento de Greccio sin dos textos fundamentales del santo de Asís: el Cántico del hermano Sol (Cántico de las criaturas) y el Sermón sobre la alegría perfecta, cuyo espíritu impregnará más tarde toda la Regla franciscana.
El episodio de Greccio tuvo lugar, según las fuentes, unos tres años antes de la muerte de Francisco y un año antes de que recibiera los estigmas. Por lo tanto, la experiencia de vida de Francisco está casi en su apogeo y ya tiene un largo camino espiritual a sus espaldas. Por tanto, no se trata de un episodio que pueda atribuirse a la ligereza juvenil o al sentimentalismo típico de los años de la adolescencia. Tiene unos 46 años y las vicisitudes de su fundación lo han puesto a prueba tanto en el cuerpo como en el espíritu. Y, sin embargo, esta experiencia describe con gestos la alegría de un niño, expresada exactamente con esa sencillez y autenticidad de los niños evangélicos de los que habla Jesús.
En el pasaje evangélico con el que hemos iniciado nuestra reflexión, jugando Jesús con el sentido niños-pequeños y hermanos, orienta a la comunidad cristiana hacia un modelo de fraternidad auténtica, que constituye la comunidad. La comunidad cristiana, animada por las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), sólo puede alcanzar su modelo si vive sus propias relaciones como niños-pequeños y hermanos. Las dos categorías están estrechamentere lacionadas; no se puede ser hermano si primero no se es niño-pequeño, es decir, sin considerarse una "pequeña" criatura, con una visión realista de sí mismo, y necesitada de aprender a amar. Ante Dios nos sentimos siempre como niños pequeños, si nos confrontamos humildemente con Él y con su amor infinito, como el publicano en el templo, y no en una desafío para ver quién es el más grande, como hacen los apóstoles y el fariseo. Reconocerse como criatura es, ante todo, centrar la atención, la confrontación, con Dios y en Dios, a través de la vida y la regla evangélica que es Cristo.
Esta actitud única nos dispone a la Verdad, tanto humana como cristianamente. A esa verdad que nos hace verdaderamente libres. El monje benedictino Benoît Standaert, en su Diario de la Humildad del 30 de mayo de 2013 en Brujas, anotaba:
Tú estás aquí. Siempre aquí. Tú estás.
Voy, te busco desde la aurora. Tú meprecedes. Siempre. A Ti la gloria. En Ti la alegría. Esta mañana he anotado, de paso, en el diccionario filosófico de André Compte-Sponville: "La alegría de la verdad que es felicidad". Pensamiento de Agustín que rima con el de Spinoza. Tres autores que resuenan a lo largo de los siglos.
DIOS ALEGRIA.
Ayer, lágrimas abundantes. Inmensa tristeza. Voy, parto. Marcho. No me sobreestiméis. No estoy disgustado con nadie. Con muy poco me contento. Avanzo, con un determinado estilo, marcado de mansedumbre. Vigilancia, sobriedad. Retiro. Silencio interior. "Tienes que estar en paz cuando estás aquí, y encontrar un gentle agreement con la casa". ¡Ah, sí! Mendigar un acuerdo. Humilde y valientemente.
Frente a mí hay un muro de iconos. Icono de Elías, alimentado por un cuervo. Alegría y sonrisa a través de las lágrimas del niño (cf. John Climacus, citado por Nel Sorsky en su Regla). Grandeza del desprendimiento. La grandeza de la verdad y de la humildad verdadera. Perseverar sin esfuerzo en el silencio puro y hermoso.11
En la palabras de Standaert, descubrimos la profunda paz interior de quien está en perfecto equilibrio con lo que le rodea porque está en paz consigo mismos, no abstante sus limitaciones y la percepción de sus lados oscuros: "Voy, parto. Marcho. No me sobreestiméis. No estoy disgustado con nadie. Con muy poco me contento”. En su experiencia expresa con pocas palabras la síntesis de una vida trascurrida viviendo los votos religiosos como un camino de despojo de sí mismo para encontrar cada día la Verdad. Aquella verdad que es, sobre todo libertad de la esclavitud que cada uno se impone a sí mismo por una visión rígida de perfeccionismo, y de la imagen de hombre perfecto y que, al final, aislado por el orgullo y la arrogancia, ve al otro como una amenaza a su autoafirmación.
Comentando Génesis 4, Sandro Carotta, monje benedictino de Praglia, titula un párrafo: La ira como incapacidad relacional. Frente a la percepción del otro como amenaza, escribe el monje bíblista, a menudo se producen estas diversas reacciones, o incluso todas juntas:
El juicio: intentar demoler al otro con juicios malignos. Mientras que hay que ejercitarse en "decir una palabra bien dicha". Y cuando se tiene la tentación de no hablar con el otro por temor a crear conflictos, recordemos las palabras de Levítico 19:17, según las cuales no debemos callar si alguien ha hecho algo contra nosotros, sino hablar abiertamente de tal manera que no alberguemos odio alguno, y portanto reflejar siempre perdón y alegria.
El lamento: según las categorías bíblicas utilizadas por el P. Carotta, que ve en el pueblo de Israel por el desierto el prototipo del lamento, el lamento es fundamentalmente falta de fe en los demás y en Dios.
El aislamiento: no como una búsqueda de silencio para meditar y estudiar, sino como huída de la relación con los demás, es lugar de cultivo de la ira que alimenta el desapego acentuando los sentimientos negativos, a menudo fruto de la imaginación. Mientras la relación con los demás es entrenamiento para la vida, necesario para mantener la mirada en la realidad.
En efecto, la ira no sólo alimenta la separaión con los demás, sino también con la situación y con la realidad en general, encerrando a la víctima en un mundo imaginario e impidiendo mente y espíritu a considerar la verdad. Esta espiral crece hasta convertirse en un deseo de venganza y destrucción de los demás12.
Misericordia y paciencia, según la tradición bíblica y monástica, en cambio, son medicina contra el defecto de la ira, y devuelven al hombre serenidad y alegría.
4. La Alegría: Invertir la perspectiva
La luz que el pueblo ve en medio de las tinieblas es para todos, como atestiguan los Magos, y todos estamos llamados a abrir los ojos a esta luz que ilumina la humanidad con sentido, de verdad, y por tanto, de alegría. Abrir los ojos a esta luz significa comprender que las trinieblas no son sólo las de un mal que está ineluctablemente fuera de nosotros, sino las tinieblas en las que camina quien no está en la verdad, quien no se considera a sí mismo según verdad, viviendo en un mundo a su, según su único punto de vista.
Para vencer estas tinieblas, Dios demuestra en el nacimiento de Belén que es necesario dar un vuelco a la propia perspectiva. Para poder acoger al hombre, a la humanidad entera en su plan de salvación, se rebaja más allá de toda condición humana, de cualquier oscuridad humana, para poder incluir y acoger a todos.
Tanto en los Evangelios de la Navidad como en el relato de la construcción del pesebre de Greccio, en seguida salta a la vista el contexto humilde y sencillo en el que nace la alegría de los pastores de Belén, de Francisco y lo fieles de Greccio. La luz ofrecida por Dios en las dos escenas análogas no prescinde de la humanidad, al contrario, parte precisamente de ella, de sus claras formas externas, de los afectos familiares y de las alegrías más simples, como ver a un niño en un pesebre. En última instancia, Dios opone a la oscuridad creada por el caos las cosas sencillas, un retorno a una humanidad abierta y humilde. Es la inversión de la perspectiva con respecto a la complejidad del hombre y de su compleja visión autorreferencial. Una perspectiva que hace ver al mundo sólo desde nuestro propio punto de vista, a menudo herido por la complejidad y división de las experiencias humanas, o desde una perspectiva mental que es realmente incapaz de ver las cosas más simples y de conducir al hombre a la unidad.
Por lo tanto, para ver la luz de Belén y de Greccio, tenemos que invertir nuestra perspectiva, como es el caso de la experiencia de Francisco de Asís: para comprender la obra "insensata" de Dios, debemos ponernos en una perspectiva que para el hombre es “insensatez”. Es decir, es necesario abandonar toda idea preconcebida de humanidad, de uno mismo y de Dios para poder escuchar y ver la locura de un "Dios hecho hombre". Sin la capacidad de volver a la simplicidad de la relación simple no es posible comprender la locura de este momento. Sin la capacidad de amar como un padre, una madre, un hijo o un hermano, no se pode comprender la acción de Dios y su extraordinaria intervención en la historia. Y ésta, sin el conocimiento de la verdad que Dios nos ha revelado, sería solamente una pálida analogía, pues la verdadera luz de la Navidad es visible sólo a la luz de la Resurrección. Es decir, en el momento en que se cumpre el misterio de un Dios que actúa su plan de salvación: revelar una relación que es amor misericordioso e incondicional.
El Card. Martini, comentando también los Evangelios de la Natividad, escribe: “Este canto (Is. 54, 10) presenta aún más concretamente, evocando las imágenes del Antiguo Testamento, la fecundidad y la alegría de una vida humana, de una experiencia humana que se basa sólo en el Señor, en la que Él mismo se ha comprometido plenamente. Es la fecundidad y la alegría de una vida espiritual dedicada al servicio de Dios, como también la fecundidad y la alegría que se pueden encontrar en la experiencia humana en general, y también en la experiencia cultural e intelectual cuando participa de esta confianza en el poder del Señor. En definitiva, se podría decir que esta página muestra la fecundidad y la alegría de un cristianismo vivido en todos los ámbitos de la vida". Es una fuerte invitación a mirar con alegría a la humanidad entera, y a todo lo bueno que la atañe, pero igualmente a todo lo que atañe al cristiano que "participa de la confianza en el poder de Dios" y que vive con sufrimiento y en la duda su participación.
Los Mínimos, llamados a la conversión y a dar testimonio de la misma, somos los primeros invitados por el Adviento y la Navidad a realizar un cambio de perspectiva, para poder mirar a Dios, a nosotros mismos y a los demás con ojos nuevos. Y Francisco de Asís nos sale al encuentro una vez más presentándonos lo que significa cambiar de perspectiva, a través de su experiencia personal y de la profunda alegría a la que le ha conducido.
Según la interpretación que G.K. Chesterton da de Francisco como "el juglar de Dios", equivale a ponerse boca abajo, siguiendo el ejemplo del protagonista de la leyenda del Acróbata de Nuestra Señora, que se ponía boca abajo ante la imagen de la Virgen para ser consolado por ella. Como el acróbata, Francisco se pone boca abajo para contemplar el mundo no desde su punto de vista, sino desde el punto de vista de Dios, invirtiendo la perspectiva del hombre. La famosa enfermedad y encarcelamiento son clara evidencia para los biógrafos de que Dios estaba preparando su espíritu para aceptar su voluntad y Francisco inquieto se retira en una cueva para descubrir la vocación de su vida: "Finalmente un día, después de haber implorado la misericordia divina con todo su corazón, el Señor le reveló cómo debía comportarse. Y se llenó de tanta alegría que no pudo contenerla [...] El gran amor que colmaba su alma ya no le permitía permanecer en silencio..."13. En la gruta, según Chesterton, Francisco encuentra el amor, la pobreza14, la verdadera esposa, que cantará con la vida y en sus himnos. En el momento en que deja la cueva oscura, "se dispuso a un cambio total de algunas de sus estructuras internas, a un vuelco del pensamiento; como sucede en un salto mortal que, después de una vuelta completa, te permite volver a la posición inicial"15. La purificación y el cambio de perspectiva son seguramente consecuencia del enorme sufrimiento que Francisco experimenta confrontándose consigo mismo y con su pasado, ante el deseo y la llamada a conducir una vida totalmente dedicada a Dios. Una lucha interior que, como todas las luchas, es la peor penitencia a la que uno pueda someterse. Al salir de esa caverna ve ya el mundo desde una perspectiva nueva; según Chesterton se trató de una "verdadera revolución espiritual", de una tal alegría de ver el mundo desde la "perspectiva de Dios", que se convirtió en un "juglar de Dios", cantor de esta alegría, y, creyendo firmemente en su misión de poder llamar también a sus primeros hermanos "juglares de Dios". Esta locura es percebida por sus contemporáneos, el padre, el obispo, como una desviación, una verdadera locura mental, pues abandonar la riqueza y una vida estable y segura, por una vida sin ninguna seguridad, es considerada una locura. Pero el juglar de Dios está tan convencido de hace un gesto muy fuerte para la época: se despoja incluso de sus habitos a la vista de todos. Era su gesto profético, pero también la consecuencia de su elección radical que le hacía considerar al mundo como se considera a un "gusano", es decir, de un hombre que ha reconocido su pequeñez y la grandeza de Dios. Es la experiencia de un hombre que ha excavado cada vez más profundo, como un niño que excava un hoyo en la tierra, y que habiendo llegado al fondo, se eleva más alto, para comprender que la verdadera perspectiva es la de Dios.
Francisco se convierte de esta manera en testimonio de una nueva visión del mundo, una visión que implica a toda la creación en una perspectiva de amor, de la cual brota el Cántico del Hermano Sol o Cántico de las Criaturas, en el que no sólo toda la creación es vista como creación de Dios, y por tanto buena y ordenada al bien, sino que también cambia los puntos de vista negativos que el hombre pueda tener al respecto de la creación. En efecto, llamando al fuego hermoso, alegre y fuerte, transcribe el imaginario común de la época que consideraba el fuego como un símbolo del infierno,16 transformándolo en símbolo de luz y alegría.
"Nosotros no podemos seguir a San Francisco hasta su último tumbo espiritual, donde la humillación completa se convirtió en verdadera santidad y espiritualidad, porque nunca hemos experimentado nada igual" 17, escribe Chesterton siempre como ferviente creyente, tal vez sin considerar que esta experiencia es en realidad una parte integral del camino cristiano y, sobre todo, un patrimonio de espiritualidad penitencial. Pero nos lleva a reflexionar sobre el hecho de que evidentemente no es posible alcanzar este cambio espiritual sin reconocer la propia pobreza ante Dios y sin descender a la caverna.
En este movimiento de abajo hacia arriba que inicia entrando en la cueva podemos encontrar una profunda analogía con la cueva de Francisco de Paula y su experiencia espiritual. La cueva de la penitencia de Francisco, de Asís y de Paula, es el lugar del renacimiento precisamente porque es un lugar en que se experimenta la realidad oscura de sí mismo y de la propia visión egoísta y limitada: "En cambio, en un sentido totalmente positivo y entusiasta, san Francisco afirmó: 'Bienaventurado el que no espera nada, porque va a disfrutar de todo". “Fue gracias a esta idea deliberada de empezar desde cero, desde el vacío oscuro de su propia nada, que él volvió a disfrutar tanto de las cosas terrena como pocas personas habrían podido disfrutarlas”18. Chesterton añade en su comentario que no podemos comprender esta experiencia porque "nunca nos hemos hundido tan bajo"19. Es necesario descender, pues, muy abajo, si queremos ascender de nuevo, y sin este descenso no podemos tener una nueva visión que conduzca a una verdadera relación de alabanza y de amor a Dios y al prójimo. El que alaba es el que sabe reconocer la grandeza del don que ha recibido y la belleza de lo que ha recibido.
En conclusión, la alegría se vuelve mística, y en esta perspectiva cada ser adquiere su importancia desde el punto de vista de Dios y, por lo tanto, es fuente de alegría.
El juglar místico mira con una sonrisa irónica al hombre y a sus sobre estructuras que quieren asegurarlo por sí mismo, colocándolo en el centro del universo. Francisco explica esta perspectiva en la Predicación sobre la perfecta alegría, un texto fundamental para comprender la culminación de su mística ascética:
¡Oh, fray León!, aunque es el Fraile Menor quien ilumina a los ciegos, relaja a los atraídos, expulsa los demonios, da el oído a los sordos, el andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que, es más, resucite al muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta. Otro poco más adelante, San Francisco exclama en voz alta: ¡Oh, fray León!, si el fraile Menor supiera todas las lenguas y todas las ciencias y todas las Escrituras, de modo que supiese profetizar y revelar, no sólo las cosas futuras, sino también los secretos de las conciencias y de las almas: escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Caminando algo más, San Francisco llamo en voz alta: ¡Oh, hermano León, ovejas de Dios¡, Aunque el fraile Menor habla con lengua de ángel, y sepa el curso de las estrellas y la virtud de las hierbas, y le sean descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conozca la naturaleza de las aves, y de los peces y, de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, piedras, raíces y de las aguas: escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Y habiendo andando otro techo, San Francisco llamo fuertemente:
¡Oh, fray León!, si el fraile menor supiese predicar tan bien que convirtiese a todos los infieles a la fe de Cristo, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Y continuando este modo de hablar por espacio de más de dos leguas, le dijo fray León, muy admirado:
Padre, te ruego, en nombre Dios, que me digas en qué está la perfecta alegría.
Figúrate, le respondió San Francisco, que al llegar nosotros ahora a Santa María de los Ángeles, empapados de la lluvia, helados de frío, cubiertos de lodo y desfalleciendo de hambre, llamamos a la puerta del convento, y viene el portero incomodado, y pregunta: "¿Quiénes sois vosotros?" y diciendo nosotros: "Somos dos hermanos vuestros", responde él: "No decís verdad, sois dos bribones, que andáis engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres; marchaos de aquí”; y no nos abre y nos hace estar fuera a la nieve y a la lluvia, sufriendo el frio e la hambre hasta la noche; si toda esta crueldad, injuria y repulsas la sufrimos pacientemente sin alterarnos ni murmurar, pendo humilde y caritativamente que aquel portero conoce realmente, nuestra indignidad, y que Dios le hace hablar así contra nosotros; escribe, ¡oh, hermano León!, que en esto está la perfecta alegría. [...]
Y si nosotros, obligados por el hambre, el frío y la noche, volvemos a llamar y suplicamos, por el amor de Dios y con gran llanto, que nos abra y nos meta dentro; y él, más irritado, dice: "¡Cuidados se son importunos estos bribones!; “yo los tratare como merecen”; y sale afuera con un palo nudoso, y asiéndonos por la capucha, y nos echa por tierra, y nos revuelca entre la nieve, y nos golpea con el palo; si nosotros llevamos todas estas cosas con paciencia y alegría, pensando en las penas de Cristo bendito, las cuales nosotros debemos sufrir por su amor, escribe, ¡Oh, fray León!, que en esto perfecta alegría.
Y, ahora oye la conclusión, hermano León: Sobre todos los benes, gracias y dones del Espíritu Santo, que Cristo concede a sus amigos, está el vencerse a sí propio, y sufrir voluntariamente, por amor de Cristo, penas, injurias, oprobios y molestias; ya que de le los otros dones de Dios no podemos gloriarnos, porque no son nuestros, sino de Dios; y por eso dice el Apóstol: “¿Qué tienes tú que no lo haya recibido de Dios? y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si fuese tuyo? Pero en la cruz de la tribulaciones y aflicciones podemos gloriarnos; porque es cosa nuestra; y así dice el Apóstol: "Yo no quiero gloríame sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo". Al cual sea siempre honor y gloria en los siglos de los siglos. Amén20.
Para concluir y preparándonos durante el Adviento, con vistas a iluminar la fraternidad de este año con la mirada puesta en la Asamblea Capitular del próximo mes de julio, he querido ofrecer sugerencias para animar la vida fraterna de este año de gracia en el que celebramos estos acontecimientos para nuestro crecimiento espiritual, personal y comunitario. Por tanto, dejémonos, empapar de la alegría de la Navidad para que podamos llegar a celebrar nuestro encuentro con alegría y fraternidad, renovados en el espíritu para ver nuestra vida personal y comunitaria desde la visión de la fraternidad con Dios y en Dios. Si estamos animados por la alegría y la esperanza que la Encarnación trae a nuestra vida, seguramente seremos capaces escuchar la voz del Espíritu que habla a nuestros corazones, sobre todo en los momentos en los que estamos llamados a discernirla para ponerla en práctica y animar el futuro de nuestra familia religiosa. En efecto, el futuro gozoso de nuestra familia religiosa depende en gran parte de la capacidad de testimoniar la alegría de nuestra adhesión al carisma y de escuchar continuamente al Espíritu que nos anima.
Con este espíritu vivamos también la llamada a la sinodalidad que contra distingue a la Iglesia de nuestro tiempo, preparándonos para llevar nuestra fraternidad al ministerio cotidiano.
Un saludo fraterno a todos vosotros, con los mejores deseos de un feliz camino en la escuela de san Francisco de Paula, nuestro padre y fundador, animados por la alegría del corazón, siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís.
Los Ángeles. 30 de noviembre de 2023. Fiesta de San Andrés Apóstol.
1 ¿Qué es el sínodo? ...
2 (cfr. PC, 18)
3 (cfr. Pablo VI, Alocución, Segunda Sesión del Concilio, 29 septiembre 1963, 4.1),
4 (cfr. G. ALBERIGO, Breve storia del Concilio Vaticano II, Bologna, il Mulino, 2005, 7-14).
5 (cfr. FRANCESCO, Discurso del inicio del camino sinodal, 9 octubre 2021).
6 cfr. LG 42-47; Religiosos y promoción humana, 24
7 TOMMASO DA CELANO, Vita Prima di Francesco di Assisi, cap. XXX, en Fonti Francescane, segunda reimpresión, Movimento Francescano, Bolonia, Gamma, 1978, 477-479.
8 C.M. MARTINI, Hacia la luz, Reflexiones sobre la Navidad, Cinisello Balsamo, S. Pablo, 2013, 35.
9 Ibi,36
10Ibi,38
11 B. STANDAERT, Diario de humildad, Brescia, Queriniana, 2020, 71
12 Cfr. S. CAROTTA, En busca de la belleza, Caminos monásticos, Florencia, Nerbini, 2023, 119-121. También son interesantes los siguientes párrafos: La tristeza como escape del tiempo, La pereza como intolerancia al espacio, La vanagloria como la ilusión de hacer, El orgullo como exhalación del ego.
13 TOMMASO DA CELANO, Vita prima, en Fonti Francescane, 417.
14 G.K. CHESTERTON, Francisco de Asís. Contado a mujeres y hombres de poca fe que lo tienen en simpatía, 2ª ed., Milán, ediciones TS, 2023, 85.
15 Ibidem 87
16 Cfr. Un. MURANO, Fray Francisco, simple, idiota, pequeño, Trapani, pozo de Jacob, 2023, 210.
17 G.K. CHESTERTON, Francesco d'Assisi, 91
18 Ibidem 93
19 Ibidem 91
20 UGOLINO DA MONTEGIORGIO, I Fioretti di san Francesco, en Fonti Francescane, 1471-1473.
18/12/22
11/12/22
8/12/22
4/12/22
27/11/22
MENSAJE DE ADVIENTO DEL P. CORRECTOR GENERAL
MENSAJE DE ESPERANZA Y SOBRE LA ESPERANZA
del Corrector General, P. Gregorio Colatorti,
a los Frailes, Monjas y Terciarios de la Orden de los Mínimos
“En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido” (I Tes 1, 2-4).
Queridos hermanos,
He escogido para este Adviento el tema de la esperanza. Es el tema que atraviesa este tiempo fuerte que nos disponemos a vivir y que estimula espiritualmente nuestra vida personal y comunitaria. Puede parecer un mensaje un poco extenso, pero la intención de la Curia y la mía es la de proponer alguna reflexión para todo el año al inicio este tiempo litúrgico y enviaros los mejores deseos de una buena preparación a Navidad.
O. La Iglesia está recorriendo el camino sinodal en este momento histórico, providencial, y nos pide una atención particular sobre la fraternidad y la comunión fraterna. Para recorrer este camino sugerimos que se establezca en las comunidades un diálogo fraterno según las tres palabras-guía: COMUNIÓN-PARTICIPACIÓN-MISIÓN, que comprenden las tres etapas de reflexión: NARRATIVA-SAPIENCIAL-PROFÉTICA. La primera se ha desarrollado el año pasado en toda la Iglesia. La indicación del Papa Francisco nos lleva a reflexionar sobre nuestra vida en cuanto religiosos y anunciadores del Evangelio en este tiempo en el que la Providencia divina nos ha enviado.
Las tres palabras comunión, participación, misión constituyen la finalidad de lo sinodal, y las otras tres: narrativa, sapiencial y profética describen el método para conseguirla. Adaptándolas a nuestra vida fraterna y comunitaria, primer principio del sínodo tanto para la comunidad como para la Iglesia, esas palabras pueden sugerirnos oportunas reflexiones para una mayor animación de la vida fraterna.
El año pasado me detenía en los momentos que habría que tener en cuenta a la hora de animar nuestra vida fraterna. Este año, y siguiendo el método de las tres palabras, quiero reflexionar sobre el cómo, a partir de la virtud fundamental que anima nuestro camino de conversión: la esperanza, pues de una verdadera vida de comunión fraterna brotará todo lo positivo que esperamos para nuestra familia religiosa: un testimonio más eficaz, un nuevo florecimiento vocacional y por tanto una mayor esperanza.
¿Cómo interpretar estas palabras en los contextos de nuestra vida fraterna?
Narrativa, equivaldría a encontrar en la vida comunitaria modos y tiempos para un diálogo más interpersonal, y encontrar diariamente su verificación efectiva mediante una auténtica comunión afectiva y espiritual.
Sapiencial, podría ser un tiempo de confrontación con la Palabra de Dios que ilumina el corazón y nos nutra de los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
Profética, por otra parte, incrementar momentos de comunión fraterna como testimonio vivo e imagen del Reino de Dios (cfr. LG 44; VC 15, 21, 41, 42).
En cuanto a la actuación práctica me remito a la creatividad de los Correctores, confiando que produzca frutos para la comunidad y para el ministerio pastoral.
La Encarnación: principio de una esperanza viva
1.1 La vida del hombre se caracteriza por un movimiento interior que anima la libertad al deseo irresistible de superar los propios límites hacia una vida realizada plenamente, a pertenecer a un proyecto mayor que dé sentido definitivo a la existencia y la mueva en un camino dinámico de crecimiento. Dios ofrece al hombre la esperanza de colmar este deseo supremo y transcendente en el Hijo encarnado, el cual al realizar la presencia de Dios en el hombre y manifestar su voluntad satisface la tensión transcendental, colmando la imposibilidad del hombre de conocer a Dios y la distancia entre Él y el hombre: “Para nosotros los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que ÉL se alegra porque es “algo bueno, algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de la Creación (cfr. Gn 1, 1-13). Por ello Dios no es el absolutamente Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela y tiene un rostro. Dios es razón, Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza. La fe en el Espíritu Creador y la fe en el Espíritu que Cristo Resucitado dio a los Apóstoles y nos da a cada uno de nosotros, están entonces inseparablemente unidas… La expresión” Jesús es Señor” se puede leer en los dos sentidos: Jesús es Dios, y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad de nosotros mismos. Dejarse iluminar profundamente por esta palabra es el acontecimiento de Pentecostés” (Benedicto XVI, Homilía de Pentecostés, 12 junio 2011).
1.2 Dios se hace prójimo, y por este acercamiento a nosotros el reino de Dios está en medio de vosotros (cfr. Lc 17, 21). Con este acto de amor ofrecido, la misma vida y libertad de Dios se ponen a disposición del hombre para entrar en comunión con Él, y la revelación – acción de Cristo – satisface definitivamente toda esperanza, toda espera, toda búsqueda de libertad y felicidad. Por lo demás Dios ofrece al hombre poder formar parte de un proyecto mayor, un proyecto eterno, capaz de dar sentido a su vida y una cierta plenitud que el hombre por sí mismo no puede esperar. Por medio de Cristo, Dios está con nosotros, se hace compañero de cada uno de nosotros, y con su vida nos da el valor de afrontar toda limitación, la gracia en el Espíritu de superar la oscuridad, pues Cristo ha vencido la muerte con la encarnación y con su sacrificio. Cristo ha abierto al hombre la puerta del mundo sobrenatural y la capacidad de superar lo meramente natural: “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). La acción salvífica de Cristo realiza plenamente la esperanza para todo cristiano, una esperanza viva, encarnada definitivamente, es decir, la esperanza de una vida nueva ya ofrecida; el futuro de la salvación ya ha iniciado en la vida de la humanidad, en la vida de cada uno, hoy y aquí. La Encarnación de Cristo es ofrecimiento de una comunión perfecta con Dios: “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (Atanasio de Alejandría).
En el acontecimiento de la Transfiguración del Tabor la transfiguración de la humanidad queda definitivamente desvelada y revelado el proyecto salvífico de Dios: el hombre está llamado a la gloria divina, y la semilla sembrada por Cristo se transforma en vida para nosotros cuando decidimos vivir según su Palabra. El anuncio de salvación, fuente de toda esperanza, se completa y se realiza plenamente en la Resurrección, prefigurada en la transfiguración.
Por los sacramentos de la esperanza, dones de Cristo Encarnado y Resucitado, el cristiano alcanza en concreto la pasión de lo posible, es decir, el conocimiento de que el mal y el pecado por muy arraigados que estén en la vida del mundo pueden ser borrados: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mi” (Jn 14, 1). Por medio de la Encarnación nosotros podemos ver las obras de Dios y conocer el origen de nuestra esperanza más profunda; la salvación que nosotros deseamos ya se ha realizado; el hombre a lo largo de la historia y por la Palabra está llamado a completarla siguiendo el camino trazado por Jesús. El auténtico anuncio del cristiano es anuncio de esperanza y esta esperanza no puede cesar, pues es esperanza, es ya pero todavía no, movimiento dinámico de empezar cada día: “Por Jesús el Reino de Dios se acerca. El fin de la historia entra en el tiempo. El movimiento de su experiencia se mueve desde la escatología hasta el presente de la historia. Jesús da sentido al presente desde el final” (H. Bourgeois).
1.3 En tiempos de desórdenes políticos, económicos y sociales para la humanidad, y de angustia para nuestra familia religiosa, tenemos que renovar nuestra esperanza y confiar en el Señor que puede cambiar nuestro corazón y nuestro tiempo.
El hecho de pertenecer a Cristo y al Padre abre nuestro corazón al primer motivo de esperanza: somos posesión de Dios y de su gran proyecto. Pero la esperanza no es espera vacía sino espera activa. San Pablo en la exhortación a los Tesalonicenses lo expresa añadiendo a las tres virtudes teologales el sentido de la responsabilidad del creyente: actividad de la fe, esfuerzo del amor y firmeza de la esperanza.
Más aún, en el saludo de S. Pablo las tres virtudes están intrínsecamente relacionadas y en orden de proporción. Si la fe es el principio, la caridad es el fin último, amor del mismo Dios Padre, fuente y objeto del anuncio del Hijo y de los discípulos como misión de esperanza encomendada a cada uno de nosotros: “La promesa de futuro de Dios a los creyentes que responden con su esperanza no consiste en tal o cual acontecimiento, en esto o aquello, sino en la presencia divina o en la comunión con ella. El futuro para los cristianos es corresponder. Consiste en la certeza de que Dios no defrauda, aunque los hombres no sepan el modo de su realización” (H. Beurgeois). Esta esperanza más que proyectarla a después de la muerte, anima ahora al cristiano, lo envía, no lo recluye en un devocionismo espiritualmente alienante, ni reduce por optimismo dificultades y experiencia de pobreza ni se desinteresa y sin participa activamente, sino que consciente y con la esperanza sale al encuentro sabiendo que el amor de Dios es más fuerte: “Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado” (Rm 8, 37).
Fortalecer las virtudes propias de nuestro camino cristiano y religioso en este momento difícil para la humanidad y para nuestra familia religiosa, equivale a saber anunciar esta esperanza hoy al hombre, e incrementarla en nosotros es manantial de fuerza, valor, perseverancia y vigilancia, virtudes con las que se reviste la esperanza que se anuncia. Que nuestro corazón se abra a la esperanza de grandes obras, basadas en la esperanza que viene de Dios y de su intervención para su familia.
2. “Levantaos. No temáis”: abrir los horizontes, fruto de la esperanza.
2.1 A veces puede espantar la magnitud del anuncio que Cristo nos ha confiado, como sucedió a Pedro, Santiago y Juan en el Tabor: “Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto” (Mt 17, 6). Puede desanimar la tarea del anuncio, ante la enorme distancia existente entre las limitaciones de nuestra humanidad y la llamada de Dio, asombro aumentado en este período del creciente secularismo y hedonismo.
La esperanza tiene su origen en Dios y se manifiesta con toda su fuerza y queda bien descrita en un gesto simbólico: el mismo Jesús se acerca a los apóstoles invitándolos a confiar en Él: “Levantaos. No temáis”. Esta invitación resuena como la del resucitado invitando a la paz en el momento en el que los discípulos por miedo estaban aterrorizados (Cfr. Lc 24, 36). Pedro, Santiago y Juan se levantaron, y al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo (Mt 17, 8). El solo subrayado por el evangelista es una invitación a poner la mirada en Jesús para no tener miedo, en Jesús solo que puede dar esperanza, porque Jesús está solo cuando lleva el peso de nuestra fragilidad y del miedo que acompaña.
El episodio evangélico es hoy una invitación a reanimarnos siguiendo el ejemplo de Jesús que no nos abandona. Él está con nosotros y nos reanima; Él ha completado lo necesario para salvarnos y darnos la vida de Dios, y es el único que puede ofrecernos esta gracia.
Tenemos que reconocer que nuestro anuncio a menudo está sometido a prueba no solamente por las dificultades de la sociedad en la que vivimos, sino también por un exceso de actividad que es fruto de un anuncio sin esperanza. Esas dificultades como consecuencia nos llevan a no sentirnos interpelados constantemente por la invitación de Jesús a reanimarnos. Esa actividad a su vez es fruto de desahogo por la falta de esperanza, como analgésico hasta transformar nuestra actividad en rutina vacía. Nuestro deseo de conversión tendría que hacernos conscientes de esto que sucede porque en muchos casos hemos abandonado el corazón de nuestro anuncio: la comunión personal con Cristo.
2.2 El hecho de no sentir la mirada amistosa y estimulante de Jesús tiene como consecuencia el temor y la huida, como sucedió a Jonás ante las dificultades y el miedo de tener que anunciar algo muy distante de lo que hoy espera la sociedad.
Llagados a este punto deberíamos preguntarnos sobre quién anuncia y quien escucha, quien es testimonio de quien. Dios ha tenido en cuenta también nuestra debilidad y miseria.
Tenemos a Jonás como figura profética de referencia. Jonás huye de la misión que Dios le ha encomendado por miedo a tener que anunciar en Nínive verdades muy lejanas a la mentalidad de los Ninivitas, y porque verdaderamente no concuerda con la voluntad misericordiosa y salvífica de Dios (Cfr. Jon 1, 3; 4, 1-4), que vuelve a ponerle en un camino de vuelta sobre sus andadas.
- El camino de salvación-conversión comienza en la nave zarandeada por la tempestad y suscitada por Dios para que Jonás reconsidere su actitud ante la misión recibida. Es curioso que precisamente en este momento el testimonio de una verdadera fe provenga de los marineros paganos que reclaman a Jonás que ruegue a Dios para que cese la tempestad y los salve. Pero la tempestad todavía no es suficiente para la conversión de Jonás, y Dios tiene que enviar el pez. Una vez que la tempestad le hace dudar de su seguridad, Jonás se encuentra solo consigo mismo en oración cara a cara con Dios.
- El segundo encuentro y la nueva petición a anunciar la conversión a los Ninivitas suscita la disponibilidad de Jonás a cumplir la misión. Inesperadamente para Jonás los Ninivitas se convierten desmintiendo los miedos de Jonás. Pero éste no comparte el perdón ofrecido por Dios a los Ninivitas y se entristece por su salvación.
- Finalmente en el tercer encuentro Dios expresa su gran misericordia y revela el porqué de su acto de amor hacia los Ninivitas, los cuales, aunque no pertenezcan al pueblo de Israel son objeto de su atención. Tiene compasión de los Ninivitas a pesar de que, como el mismo Jonás, “no distinguen la derecha de la izquierda” (Jon 4, 11), es decir entre una vida verdaderamente feliz y una vida que conduce a la tristeza y a la angustia.
La experiencia de Jonás es para nosotros paradigma de la conversión a la que estamos llamados para ser anunciadores de la misericordia de Dios. La tempestad es necesario pasaje obligatorio de purificación. En la tempestad las razones profundas salen a flote y Jonás tiene que buscar otras razones más sinceras y más fuertes, como sucede en la dinámica de la madurez del hombre, y encuentra la unidad de sus razones como profeta en el abandono renovado en Dios que le ayuda a superar miedos, angustias y desesperación. Aprende a anunciar la misericordia de Dios porque finalmente, cara a cara con Él, ha aprendido a reconocer la necesidad de esa misericordia que Dios ha tenido con él. Centrar su vida y su misión en Dios conduce a encontrar el valor para anunciar la conversión y la fuerza de ir contracorriente.
2.3 En los dos textos bíblicos citados, los marineros que invitan a Jonás a volver a su Dios y Jesús que invita a bajar del monte, podemos encontrar otra reflexión: a abrir nuestros horizontes, interpretar la tempestad y a saber estar entre la multitud como invitación a anunciar la esperanza a todo hombre. La Encarnación y la salvación realizada por la muerte y resurrección de Jesús, anuncio de un reino del que Dios es Padre de todos y por Cristo ofrece la salvación a toda criatura, tiene que llevarnos a no excluir a nadie de nuestro anuncio. Nadie queda excluido de la esperanza, ni siquiera los casos más desesperados; más bien, estos son los destinatarios predilectos de Jesús, y es precisamente por medio de los últimos que se revela el verdadero sentido del Reino de Dios. Nadie está excluido del amor misericordioso de Dios, nadie está lejos o fuera, nadie es extraño, ni diferente por raza, color, religión o estado social.
Las necesidades actuales y la continua evolución de la sociedad, junto a la secularización creciente, son parte de nuestra tempestad y nos reclaman confrontarnos con ellas y buscar nuevos modos y medios de anunciar la salvación. Estamos como Pablo en Filipo, en la región pagana de Macedonia, en donde Pablo y los suyos empiezan a predicar a las mujeres que lavan la ropa en el río. La experiencia de que la única certeza que tenemos viene de Dios podría avalar un nuevo conocimiento y maduración del anuncio, si nos esforzamos en proponer y no imponer el mansaje de salvación.
3 Los Mínimos, profetas de esperanza.
La tempestad suscitada por Dios contra Jonás no es castigo o venganza, es un camino, un toparse con la realidad para que se convierta purificando sus intenciones. Las tempestades y las dificultades que atravesamos hoy son, pues, ocasión para volver a la misión de anunciar la Palabra, dejándose interpelar por ella para ser profetas con nuestra vida. Animados de la gran esperanza de que Dios está a nuestro lado, que Él nos ha encomendado la misión, que la Palabra que anunciamos es eficaz por sí misma dispongámonos para hacerla eficaz en nosotros.
Tras el ejemplo de Jonás sintamos el reclamo a la conversión personal como primer paso para una conversión comunitaria, fuente de la eficacia de nuestra misión y signo visible de la unidad del reino de Dios.
3.1 Nuestro carisma específico exige de nosotros que estemos libres de todo condicionamiento humano y nos abandonemos confiadamente en el amor de Dios-caridad, finalidad última de nuestro carisma Mínimo.
El primer paso consiste en reconocerse criaturas limitadas y necesitadas del perdón de Dios. Pero es necesario que siguiendo el ejemplo de Jesús y de nuestro Fundador San Francisco de Paula estemos animados por la virtud de la humildad, puerta y camino que lleva a todas las demás virtudes. Virtud de la humildad que no es negar los dones que hemos recibido, sino la capacidad de tener una visión realista de sí mismo. Aquella humildad, fruto de la continua búsqueda de corresponder al proyecto de Dios y de realizar la felicidad a través del encuentro y la comunión perfecta entre la naturaleza humana y la vida de Dios.
3.2 La humildad como virtud proactiva no lleva a dejarse pisotear por los propios puntos débiles, sino que consiste en saber transformar nuestras debilidades en puntos de fuerza. Un cartujo anónimo escribía: “Las tentaciones, distracciones, dificultades internas y externas que hasta ahora he considerado como obstáculos serán en adelante un medio de elevación. Hasta ahora todo esto me ha frenado y desanimado, pero desde ahora todo eso me servirá como trampolín para elevarme a Dios alejándome de las criaturas. No lo veré más que como una invitación apremiante para unirme más a Dios por medio de un acto de fe, confianza, amor y abandono. Estas experiencias dolorosas se transformarán en gracia, pues me forzarán a salir de mí mismo para sólo vivir en Dios… A veces nada me ha turbado tanto como mis caídas y mis debilidades; desde ahora en adelante me gloriaré de ellas: Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo (2 Co 12, 9). Me servirán a fin de que Cristo viva en mí. Y siempre recurriendo al acostumbrado sistema: consolidar la relación con Dios por medio de la fe, esperanza, caridad no obstante la naturaleza…De esta manera espero que un día se realizará, por gracia inefable, la fusión de mi alma con Dios” (Anónimo Cartujo).
A menudo constatamos nuestras limitaciones que motivan desaliento y debilidad; es como un círculo vicioso: disminuye la esperanza, debilita nuestro anuncio, desvía los motivos y enflaquece el testimonio. Hoy más que nunca hay necesidad de un testimonio no centrado en la perfección, a menudo exterior, sino en saber sacar fuerza de la debilidad y activar un proceso de superación que sólo es posible si se permanece en comunión con Dios.
3.3 El primer anuncio del Mínimo convertido y renovado para encontrar este equilibrio es la humildad. Permanecer constante en tiempos de crisis ante la pequeñez de sí mismo y frente a la grandeza de Dios, a su proyecto sobre nosotros y a la misión de anunciarlo que se nos ha confiado. Pero precisamente el conocimiento de los propios límites lleva a la aceptación de la misericordia de Dios y a experimentar la grandeza de su amor-caridad. La humildad de la cueva abre el corazón de los pastores a la comprensión y les lleva a anunciar lo que han visto y oído, y finalmente a volver al mundo dando gloria y alabanza a Dios (Cfr. Lc 2, 8-21). La humildad que se pide a los Magos, sabios de los cuatro ángulos de la tierra, de seguir las señales que les acompañaba, llenos de inmensa alegría, y que al final los conduce a postrarse y adorar al niño y completar su camino de búsqueda termina en una alegría mayor: el encuentro con Dios. Punto de salida y de llegada del camino personal de conversión y anuncio es, pues, la caridad, que es para el camino mapa de ruta de la autenticidad de uno y otro. Nuestro camino de fe, como la estrella para los Magos, está iluminado por el Evangelio de las Bienaventuranzas, que en este contexto de sencillez-humildad elevan nuestra esperanza hacia el cielo y son el programa de la vida para el cristiano, síntesis de la caridad de una vida verdaderamente feliz.
3.4 Nuestro Padre S. Francisco, movido por el Espíritu ha sabido trazar en la Regla este camino ofreciéndonos un ejemplo vivo. Nos ha proporcionado el camino de una penitencia espiritual que tenga como meta la caridad, más allá de la penitencia física como preparación del cuerpo para escuchar al espíritu. Centro de toda la espiritualidad penitencial es el VIII Capítulo de la Regla donde junto al silencio evangélico, el examen diario de conciencia ante la Palabra de Dios, la evaluación de sí mismos, se une la oración pura y asidua que puede penetrar allí donde la carne no alcanza, pues abre el corazón a la contemplación de Dios y a dejarse iluminar en nuestros motivos profundos por su voluntad salvífica. La penitencia como ascesis por tanto tiene una salida necesariamente místico-contemplativa, sin la cual la penitencia misma no tendría sentido, ni tan siquiera como penitencia vicaria, pues estaría privada de un verdadero y profundo anhelo de caridad: “Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría” (I Co 13, 3). Nuestro sacrificio penitencial encuentra significado en el sacrificio de Cristo: pues Él en la hora de la pasión nos revela la forma más alta de la caridad. Renovando su abandono en Dios y su total ofrecimiento vence a la muerte y sus efectos con todas sus consecuencias: miedo, angustia y soledad, animando la esperanza con la caridad. Abandonándose en Dios nos muestra que la confianza en Él abre nuestra vida al milagro que se cumpla lo que humanamente es imposible, pero también lo que es posible al hombre animado de la gracia de Dios: todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 13).
El proceso de transformación del corazón, fruto de deseo de conversión personal y de la gracia de Dios es, pues, un pesaje fundamental e ineludible para una verdadera conversión comunitaria. El camino de penitencia-conversión que lleva a la caridad es, pues, el primer grado que lleva a descubrir en nosotros el amor de Dios, a vivirlo y por consiguiente a ofrecerlo. Únicamente quien recorre este camino, según el ejemplo de Francisco de Paula, puede de verdad ser: benigno, modesto y ejemplar (IV R VIII, 37), virtudes en que se fundamenta la relación comunitaria, a la vez que resumen la actitud de apertura caritativa hacia los demás. Y que esta apertura caritativa hacia los demás sea una necesidad lo exige nuestra misma fe, animada de la esperanza y movida por la caridad. El Mínimo, como todo cristiano, por medio de la oración entra en comunión con Cristo, se siente parte de toda la humanidad redimida que como una familia unida camina hacia Dios; las penas y padecimientos de los demás, su pecado y sus debilidades le pertenecen como pertenecen a Cristo, vive de la esperanza de la salvación de los hermanos como de la suya propia, abriéndose a la dimensión universal de la salvación como es universal en Cristo mismo. Lo que Jesús ha completado por cada uno de nosotros, es, en fin, fuente de esperanza y mueve a orientar nuestro espíritu hacia lo alto, mirando a Dios, y al hermano.
3.5 La comunidad es el laboratorio de esta profunda relación que nos permite llegar a un nivel alto de comunión. En ella estamos llamados a poner en práctica nuestra virtud precisamente en el momento en el que flaquea. Hay que admitir que las relaciones comunitarias son hoy nuestro desierto, la tempestad de Jonás, que nos afecta muy de cerca y pone a prueba individuos y comunidades. Tenemos que hacer que estas debilidades con Cristo se transformen en fuerza, reflexionando sobre nosotros mismos y descubriendo los motivos. Corresponde a nosotros escoger si en este desierto queremos ver una prueba inevitable y sin esperanza, o bien, como Jesús en el desierto discernir lo que Dios quiere ponernos delante para purificar nuestras intenciones, alimentar la esperanza que viene de arriba y superar las limitaciones de nuestra visión personal. Por desgracia una ascética mal entendida ha dado pábulo a la falsificación de la esperanza, transformándola en motivos de evasión, resignación, inactividad, y hay la tentación de seguir esta ascética replegada sobre sí misma e infructuosa. No podemos permitir que la tempestad y el desierto desanimen nuestro corazón y transformen el esfuerzo por el reino en un encerrarnos en nosotros mismos y en el desaliento. El empeño que la esperanza nos pide, es, ante todo, un empeño a la interioridad solicitada por la gracia de Dios, y al deseo diario de dejarse configurar con Cristo: “Todo el que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo, como él es puro” (I Jn 3, 2-3). Desentenderse del otro es fruto de desesperación y de angustia, de encerrarse en sí mismo, como sin futuro, y de quien se lanza sin esperanza alguna en un activismo que huye de la realidad y de la verdad, pero es también un activismo sin esperanza y sin alegría, último tentativo de exorcizar la angustia y la desesperación, sin un verdadero compromiso por el reino. Las dificultades que encontramos con los demás, especular sobre las que tenemos con nosotros mismos, tendrían que llevarnos a analizar qué relación tenemos con nosotros mismos y con Cristo, a preguntarnos si el modelo sobre el que se inspiran nuestras relaciones es evangélico o bien evangélico según cada uno.
La confrontación con Dios y su misericordia es un camino de sacrificio, pero es el camino para encontrar plenitud de vida en comunidad, esperanza, frescor y energía para el anuncio. En un camino de conversión personal y comunitaria experimentamos el perdón de Dios que supera con su misericordia nuestro pecado: Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo (I Jn 3, 20) y permanece junto a nosotros, aunque nos alejemos. Abandonemos, pues, el temor, el miedo al juicio o la convicción de ser perfectos, y poniéndonos ante Dios confiemos en su mirada compasiva: la mirada de Dios. Dejemos de juzgar a los demás, tengamos la mirada misericordiosa con la que Dios nos mira a nosotros.
4 El grano de mostaza en el campo
4.1 Ciertamente somos una pequeña familia, la más pequeña de todas las semillas; es verdad que el número frena muchos de nuestros deseos y expectativas. Pero a la hora de anunciar el reino el número no cuenta. Los doce apóstoles han sido capaces de anunciar el Evangelio a todo el mundo y el pequeño grano se ha convertido en un árbol con frutos que alimentan y reparan. Pero, como los discípulos tenemos que cualificar nuestro anuncio centrándolo en sus fundamentos y mirando a Cristo solo.
Nuestro anuncio, como Mínimos, se basa en el anuncio del Evangelio de la penitencia-conversión que requiere ante todo una fe adulta. Para poderlo encarnar cada uno de nosotros debe morir a sí mismo como la pequeña semilla y abandonarse a la voluntad de Dios mediante la continua conversión a esa voluntad, debe tener conciencia de ser enviado aquí y ahora por el Señor que le ha llamado para ser la levadura que una mujer amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta (Cfr. Mt 13, 33).
4.2 Hay otro motivo que alimenta nuestra esperanza. Si bien el carisma de conversión sea propio del cristiano en toda época, en cuanto criatura llamada a ser a imagen y semejanza de Dios, hoy más que nunca hay necesidad de este anuncio en una sociedad en la que la secularización avanza velozmente y con ella aumentan pobrezas y miserias humanas.
4.3 Pero el anuncio de la vida en Cristo sólo puede ofrecerse con la vida, y, como pequeña familia, estamos llamados hoy más que nunca a lo que Benedicto XVI define el destino del grano de trigo: “Por eso Cristo se sumerge en el destino del grano de trigo que muere para que la cáscara se abra y pueda brotar el buen fruto. Por eso Cristo entra en el misterio de la Cruz, para que al ser elevado en alto se haga visible a todo el mundo y hable a todos para dar a todos más que palabras: darse a sí mismo y en sí mismo la vida del Dios vivo” (Benedicto XVI).
Si bien es Cristo que nos da la vida de Dios por medio de su misión, todo discípulo está llamado a dar su propia vida por el hecho ser discípulo, es decir, a trasformar su vida entregada para favorecer el anuncio. Solamente esta identificación hace que el anuncio sea vital y eficaz: “Tampoco a los discípulos les está permitido identificarse con meras palabras. Solamente pueden anunciar a Cristo si configuran su vida con la suya, si con Él se abandonan a la ley del grano de trigo que muere, llevando de esta manera la Palabra viva, es decir, a Él mismo a través de su vida. Puesto que las cosas son así, el mensajero de Jesucristo no puede reducirse a un mero hablar, ni a cosa de un especialista de determinada teoría. Precisamente por esto el servicio del mensajero es un servicio sacramental, es decir, un misterio en el que hablar y ser son una misma cosa” (B XVI).
Movidos por la voluntad de Dios y permaneciendo en continua relación con Él, nuestro anuncio se traduce en anuncio de la creación a imagen y semejanza de Dios, que conduce a descubrir las virtudes antropológicas y teológicas, y considerarlas parte integrante de la persona somático-psicológico-espiritual. El pueblo de Nínive no pertenece al pueblo de Israel, y sin embargo es objeto del cuidado de Dios, no sólo como signo de que la salvación es para todos, sino porque la esperanza cristiana es ante todo liberación de toda esclavitud autoimpuesta o forzada, liberación de las injusticias y de las violencias pequeñas o grandes que sean. La esperanza del cristiano es esperanza para todos a fin de que la persona humana pueda alcanzar un desarrollo íntegro, que se da únicamente en el encuentro con Dios, descubriendo la creación según su imagen y semejanza. El anuncio verdadero dirigido a la persona concreta requiere que nos empeñemos en leer los signos de los tiempos con la sabiduría de Dios, la ayuda de las ciencias humanas y el magisterio de la Iglesia, aparcando visiones demasiado personales que a menudo son reductivas, fruto de nuestra estrecha experiencia personal, no sirven más que para alimentar divisiones y desaliento, pero no fruto de una la pastoral común ni de una orientación común a raíz de la Palabra de Dios. Es, pues, necesario que nos alimentemos de la Palabra de Dios con la meditación que ilumina, pero también con el conocimiento de la Regla como medio que unifica intentos y dones en el anuncio carismático. Volver a nuestras fuentes y conocerlas mejor no sólo es un buen método sino que también nos hace más auténticos al compartir el carisma de Francisco de Paula, verdad y autenticidad de nuestro anuncio.
Queridos hermanos,
La esperanza ha sido la palabra más repetida y conjugada en todos los modos en la asamblea anual de los Superior Generales (23-25 de noviembre 2022) con el tema Todos hermanos: Llamados a ser artesanos de la paz.
En la historia actual, amenazada por tantas guerras y situaciones de conflicto, no podemos resignarnos; tenemos que trabajar y caminar juntos para construir y tejer relaciones de verdadera amistad y fraternidad por encima de cualquier discriminación social, religión, raza e ideología.
En este período litúrgico invoquemos al Señor que viene siempre:
“Enciende en nosotros la llama de la esperanza para ofrecer con paciente perseverancia soluciones de diálogo y reconciliación con el fin de que se imponga la paz. Señor, ¡que desaparezcan del corazón de todo hombre las palabras: división, odio, guerra! Desarma la lengua y las manos; renueva los corazones y las mentes para que la palabra “hermano” nos una, y el estilo de nuestra vida refleje: shalom, paz, Salam! Amen” (Papa Francisco, 8-6-2014).
Roma, 27 de noviembre de 2022, primer domingo de Adviento



