23/3/23

MENSAJE DE CUARESMA DEL P. CORRECTOR GENERAL GREGORIO COLATORTI O. M.


LA HUMILDAD, BASE DE LAS VIRTUDES CRISTIANAS Y DE LA COMUNDAD UNIDA

Mensaje del P. General de los Mínimos, P. Gregorio Colatorti,

a los Frailes, Monjas y Terciarios


Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre” (Flp 2,5-9).


Queridos hermanos,

Un saludo fraterno para cada uno de vosotros con el deseo de que vayáis caminando con Cristo siempre de bien en mejor en la escuela de nuestro Padre y Fundador San Francisco de Paula.

Las palabras y el ejemplo de S. Pablo nos sirven de guía en nuestro camino durante los tiempos fuertes de Adviento y Cuaresma que caracterizan nuestra espiritualidad. Muy identificado con Cristo, discípulo y anunciador ferviente, testimonio de virtudes humanas y cristianas, S. Pablo es para nosotros el ejemplo más realizado después de haberse encontrado con Cristo.

En la carta de Adviento he tratado de sugerir algunas indicaciones para animar el camino personal y comunitario, sintetizando la propuesta de la Iglesia sobre la sinodalidad, las virtudes propias de la vida consagrada y nuestro carisma mínimo. A la esperanza, que fue el tema de la carta de Adviento, la Curia General y yo queremos añadir ahora la reflexión sobre la humildad, virtud básica de la Cuaresma y por tanto de nuestro carisma mínimo.


1.1 La cruz, ‘se humilló a sí mismo’

El texto de S. Pablo a los filipenses nos lleva a meditar sobre la importancia de la virtud de la humildad, base de las virtudes cristianas y de la comunidad unida. La fuente cristológica es la base de todas las virtudes de los escritos de S. Pablo y más del que nos ocupa. Tras el ejemplo de Cristo y el ofrecimiento de su vida S. Pablo exhorta a la comunidad filipense, tan amenazada por fuertes discordias internas, a vivir en comunión. “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21), les dice; y propone a sus lectores este modelo cristológico, el mismo que ha cambiado su vida en el camino de Damasco. Cristo crucificado y resucitado que “se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención” (1 Co 1,3), es el camino, la verdad y la vida (Cfr. Jn 14, 6). Por medio de la cruz y de la resurrección Cristo ha mostrado el verdadero rostro del Padre, un rostro bondadoso que se sacrifica para obtener la salvación, y transfigura al cristiano en verdadero hijo para hacerle capaz del mismo sacrificio bondadoso y salvífico. Pero para que el cristiano pueda llegar a la resurrección tiene que pasar por el misterio de la cruz, es decir, tiene que purificarse por medio del despojamiento-renuncia. Despojamiento-renuncia de las prerrogativas divinas para Cristo; renuncia a todo lo que contrasta con el proyecto de Dios para el hombre, y que se traduce en la continua obediencia, esclavitud, a la voluntad salvífica del Padre hasta culminar en el despojamiento último y humillante de la cruz, theologia crucis. Despojamiento y cruz, son manifestación de la humillación de Cristo y realización de su misión redentora, pues de ella nace la virtud de la caridad y de la concordia. Siguiendo los pasos de Cristo también el hombre, llevando la cruz, se hace capaz de la misericordia de Dios, como pedagogía necesaria para llegar a tener los sentimientos propios de Cristo Jesús (Flp 2, 5). Para San Pablo el ejemplo de Cristo y la experiencia de la cruz, como para el buen ladrón (Cfr. Lc 23, 42-43), conduce a reconocerlo como Salvador en nuestra vida necesitada de redención y de perdón. Invita a participar en la redención misericordiosa de Dios que por la cruz se acerca, acompaña y testimonia su misma presencia. San Pablo exhorta a preocuparse de los intereses de todos más que de los propios para discernir en Cristo y por medio de Cristo el bien común, meta de la concordia. El mayor bien es la salvación de todos, que, para Cristo no sólo anunciado, sino vivido y realizado en la cruz y la resurrección. El despojarse de la categoría divina lleva a Cristo a compartir la naturaleza humana de forma plena, empática y compasiva. Por medio de la humillación de la cruz vence el pecado de los progenitores que querían ser como Dios sin Dios, indicando al hombre el camino para vencer los efectos del pecado original, la soberbia, como ceguera y ruina de la naturaleza del hombre. Frente a la soberbia egoísta que lleva a sobrevalorarse, Cristo opone la humildad de la cruz para que por medio de ella el hombre se abra a la gracia, a contar con Dios en su vida, don que sólo puede ser acogido por un corazón libre y se abra a comprender el sumo bien que de ese don se deriva, invisible a los ojos de quien está lleno de sí mismo. Así pues, la cruz para el cristiano es lucha contra el propio pecado, reconocimiento de la condición pecadora y, por tanto, apertura a la íntima unión con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo.


1.2 La cruz como sacrificio vicario

El misterio de la cruz se convierte en la cumbre del camino donde la virtud de la humildad alcanza su ápice en cuanto se identifica con la misma experiencia de Cristo. Ella es sacrificio vicario, no porque Dios tenga necesidad de un sacrificio para aplacar su ira, sino porque el don de su vida es nueva alianza y nuevo instrumento de comunión con Él, fin último de la salvación. Así como el ofrecimiento de Cristo ha sido total, también el hombre está llamado a adherirse con toda su voluntad al proyecto salvífico de Dios, a sacrificar su propia voluntad en aras de una total dedicación a la causa de la salvación propia y de los hermanos. Por medio del ofrecimiento de sí mismo la existencia del hombre es conducida a la reconciliación con Dios y a restablecer el equilibrio anterior al pecado original. A este propósito escribía J. Ratzinger: “En las religiones mundiales, expiación significa normalmente reparación y reanudación de las relaciones con la divinidad, mediante actos propiciatorios de los hombres. Casi todas las religiones giran en torno al problema de la expiación; nacen del conocimiento que el hombre tiene de su culpa ante Dios y denotan el tentativo de eliminar este sentimiento de culpa, borrando el pecado mediante obras de expiación ofrecidas a Dios. El acto de expiación con el que los hombres buscan reconciliarse y acercarse a la divinidad está al centro de la historia de las religiones. Pero la situación ha cambiado casi totalmente en el NT. No es el hombre que se acerca a Dios ofreciéndole un don como recompensa, sino que es Dios quien se acerca al hombre para que se reconcilie con Él (…) Aquí nos encontramos verdaderamente ante la novedad del cristianismo en la historia de las religiones: el NT no dice que los hombres se reconcilian con Dios, como podríamos esperar, pues son ellos los que han errado no Dios. Nos dice en cambio que “Dios en Cristo ha reconciliado consigo al mundo”. Ahora bien, esto es algo verdaderamente inaudito, algo absolutamente nuevo: es la base de golpe de la existencia cristiana y el centro focal de la teología de la cruz desarrollada en el NT. Dios no espera a que los culpables tomen la iniciativa, reconciliándose con Él, sino que Él sale al encuentro rehabilitándoles. En este grande acontecimiento se vislumbra la verdadera dirección de la encarnación y de la cruz. Por consiguiente, la cruz en el NT se presenta ante todo como un movimiento descendiente, de arriba abajo. No tiene absolutamente sentido de prestación propiciatoria que la humanidad ofrece a Dios indignado, sino la expresión del grande amor de Dios que se abandona sin reserva a la humillación con tal de redimir al hombre; es un acercamiento de Dios al hombre, no al revés… El sacrificio cristiano no consiste en dar a Dios lo que Él no tendría sin nosotros, sino en reconocer que todo lo recibimos de Él y que todo le pertenece a Él”. Por tanto, el único sacrificio que el hombre puede ofrecer a Dios es ante todo su voluntad, sacrificio que se traduce en dar testimonio de su reino y de una verdadera conversión que invita a otros a convertirse. Como el acontecimiento de la cruz ha sido para Cristo sacrificio de amor y de misericordia, así el sacrificio de cada uno de sí mismo y el de la propia voluntad al Padre son sacrificio de amor y de misericordia. En el caso del ladrón crucificado con Jesús no ha sido sólo el sacrificio que le ha convertido, sino el haber recorrido el camino de la cruz con Cristo y haber experimentado la voluntad salvífica que lleva al ofrecimiento total del supremo sacrificio.


1.3 La cruz como rescate

Por las palabras del papa emérito, que este mismo año hemos visto volver a la casa del Padre, podemos comprender mejor la otra categoría de la theologia crucis: el rescate, como modelo para el seguimiento y testimonio del cristiano. Cristo no sólo ofrece su sangre para el perdón de los pecados cometidos desde nuestros progenitores, sino que con la efusión de su Espíritu y con su ejemplo comunica al hombre la manera de superar el pecado, renovar el corazón, fortalecerse. La obra salvífica de Jesucristo es redención activa y pasiva para que la salvación obtenida por la cruz se convierta para el cristiano en método y contenido del anuncio evangelizador. Tras el ejemplo de Cristo todo bautizado es mensajero de salvación, testimonio con su vida, no de un seguimiento de leyes estériles ni de una salvación meramente pasiva que descarga en Dios toda responsabilidad, sino de una salvación activa, actuación de Dios que personalmente va en busca del hombre. Este don sólo puede ser acogido porque es el Rostro de Dios que salva, Rostro que cada uno puede ver en Cristo y en la cruz. La salvación no es fruto de nuestros méritos ni de nuestros sacrificios, sino adhesión a la salvación de Cristo y a dejarse transfigurar por Él. Tampoco se puede imponer el anuncio de la theologia crucis, sólo se puede proponer, por la misma razón por la cual la salvación de la cruz no es merecida sino ofrecida. Es deber de todo cristiano testimoniar con su vida la aceptación de este don acogido y vivido con plena libertad interior. Siguiendo este camino de la cruz el hombre queda justificado, se ajusta, adhiriendo con plena libertad y aceptando la voluntad de Dios, permanece fiel, abrazando la elección como opción fundamental. Finalmente siguiendo así el camino de la cruz el hombre se abre al don de la caridad, fruto del mismo camino de la cruz. El cristiano salvado por la cruz de Cristo, rehabilitado en la comunión con Dios por el Espíritu Santo, se esfuerza en practicar el mandato de Jesús al samaritano “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,37), como anuncio: sacrificio de redención y rescate para el hermano mediante la comunión, la misericordia, la compasión, a imitación de Dios que se cuida de cada uno de nosotros.


2.1 La humildad en la espiritualidad de los Mínimos

La humildad que brota de la cruz que salva es compromiso de evangelización para todo bautizado, de modo especial para todo consagrado y más para los Mínimos que por el carisma de la vida cuaresmal tenemos la misión de dar testimonio de la conversión. La misión tiene en el fragmento de Mateo 16, 24-27 el mandato explícito de Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria del Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. La exhortación a seguirlo llevando la propia cruz cada día es anuncio que Jesús hace después de la profesión de fe de Pedro y el rechazo de la muerte de cruz, y por eso es enviado a ponerse detrás de él, es decir a comprender que la única forma necesaria de seguirlo es aceptar la cruz, como lo ha sido para él para la salvación del hombre. Por medio de la cruz Jesús manifiesta que el reino de Dios no es poder, no es satisfacción de poseer o de gloria, no es apariencia, sino que es pobreza, servicio y humildad. Sólo por este camino el hombre puede vencer el mal, como el mismo Cristo desde la cruz. La cruz es el banco de ensayo. Sólo el hombre que sabe amar como Cristo que ha amado desde la cruz puede de verdad ser su discípulo. Rechazar la cruz demuestra incapacidad de amar. Desde la cruz el buen ladrón ha aprendido a amar, reconociendo en Jesús al Cristo de Dios, y por eso recibe en ese momento el premio: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). El ladrón había experimentado con Jesús el camino de la cruz, se había despojado de sí mismo hasta acercarse al rostro de Dios manifestado en el Cristo doliente. El que durante su vida había negado la presencia de Dios la encuentra en el rostro de Cristo y reconoce el pecado contra Dios, contra sí mismo y contra los hermanos. Toda la cuaresma de los Mínimos es pues un camino por recorrer detrás de la cruz para que cada uno pueda conocerse a sí mismo en los elementos que constituyen el via crucis del mínimo y que están contenidos en la virtud de la humildad.


2.2 La humildad, reconocerse pecador.

Para el religioso Mínimo llevar la cruz es ante todo estar dispuesto a reconocer el mal y, tras el ejemplo del ladrón crucificado, permanecer unido a Cristo. Ahí está la exhortación de la IV Regla: “no juzgar a los demás, sino a sí mismos”, que es el primer grado de la humildad, el despojarse, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, reconociéndose ante Dios lo que uno es realmente, pues la virtud de la humildad es la virtud de la vida real, de la verdad. El hombre que no reconoce su pecado ante Dios se engaña, se deja llevar por una vida falsa, incapaz de reconocerse a sí mismo y a los demás, propio de quien se aliena y dehumaniza: “el Señor Dios llamó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás?” (Gn 3, 9). Con el pecado desaparece todo lo que Dios había ofrecido al hombre; éste ya no percibe a Dios en su vida; se ve desnudo y de repente pierde la felicidad y la alegría. Se encuentra desilusionado, árido, pobre, apesadumbrado, culpando a Eva de lo sucedido. Cristo pone remedio al desequilibrio causado por el pecado con la cruz de la salvación, que sólo se podrá obtener con la pobreza de espíritu: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es reino de los cielos” (Mt 5, 3). Pobres en el espíritu son los que reconocen su pobreza material y espiritual y encuentran en Dios su única esperanza de salvación, como el publicano en el templo, que reconoce la distancia que existe entre la grandeza de Dios y su pecado, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc 18, 13). Humillado ante Dios, reconociéndose pecador, el publicano vuelve a casa justificado, pues reconociéndose en su justa medida, ha obtenido el perdón de Dios y su gracia, es decir, la posibilidad de vivir en comunión con Él. En cambio, el fariseo, cuya única referencia y comparación es consigo mismo por encima de los demás, no descubre su realidad ni la de los demás, continúa viviendo según su justicia, no la justicia misericordiosa de Dios, que no le justifica y se considera juez cual si fuera Dios. De ahí que Jesús reprueba siempre a los fariseos por cerrarse a la salvación de Dios, reduciendo la religiosidad en rito y la misericordia en juicio, imponiendo una religiosidad de temor, de sospecha, de tradiciones humanas para justificar su vida manchada de hipocresía. La humildad, en cambio, encuentra en el sacramento de la reconciliación su ejercicio fundamental, es fuente de alegría como virtud de lo real-verdad de sí mismos, de Dios y de los demás. Por lo demás, negar el pecado, que no ha sido borrado por la misericordia, engendra otro pecado y crea una estructura que aleja siempre más de Dios y de los dones de su gracia. Esta actitud negativa produce la aridez de ánimo y la infructuosidad por el reino, en cuanto es un cerrarse a Dios y a los demás.


2.3 La humildad, obediencia a la voluntad de Dios

El segundo paso que nos señala la experiencia de la cruz para vivir la humildad es la obediencia a la voluntad del Padre. En el cap. VIII de la Regla está indicado por el “silencio evangélico”, que es examen de conciencia y discernimiento de la voluntad de Dios por la Palabra que ilumina el corazón y la mente. Al hombre que reconoce su condición y su pecado Dios concede la gracia de escuchar su Palabra como guía y manifestación de su voluntad.


La Palabra se transforma en ley suprema y el verdadero penitente se adhiere a ella libremente en su diario discernimiento. Así con el adjetivo evangélico, el silencio del VIII capítulo de la Regla de los Mínimos adquiere todo el valor de la penitencia cuaresmal y del via crucis: mayor ocasión de orar y tiempo de oración, la taciturnitas, discernimiento de lo que sea hablar, el diario examen de conciencia. San Benito dedica todo el capítulo 7 de su Regla a la humildad e indica los grados para alcanzarla según la tradición de los Padres. Nuestro Padre San Francisco también los recoge distribuidos en su Regla: “Poner siempre ante los ojos el temor de Dios y acordarse siempre de cuanto Dios tiene mandado; renuncia a la propia voluntad para cumplir la voluntad de Dios; someter la propia voluntad a la voluntad del superior; obediencia perseverante en las cosas duras y contrarias; confesar los propios pecados y malos pensamientos a su abad; contentarse de las cosas humildes y pobres; considerarse el último y más vil de todos; no hacer nada sino lo que persuade la regla; reprimir su lengua para hablar; cultivar el amor al silencio; hablar sólo cuando se es interrogado; no ser fácil y pronto en reír; hablar con humildad, con pocas y razonables palabras y sin levantar la voz; finalmente el 12ª peldaño, testimoniar la humildad con gestos externos”. El capítulo VIII de la Regla de los Mínimos adquiere, pues, un gran significado, recogiendo en síntesis lo que entendemos por verdadera humildad y cómo conseguirla: diaria y humilde confrontación de sí mismo con la realidad y con Dios mediante el silencio y la oración; obediencia a la voluntad de Dios y de los Correctores, caridad con los hermanos siendo benignos, modestos y ejemplares. Pues no puede ser benigno, modesto y ejemplar quien no ha experimentado, siguiendo la vía de la cruz, un verdadero camino de conversión, tal como viene descrito en este capítulo, ya que la benignidad, la modestia y la ejemplaridad no son sino virtudes adquiridas tras el ejemplo de Cristo y vividas en relación profunda con Él, como fruto del continuo examen de conciencia y de la confrontación con la Palabra de Dios que cambia el corazón.


3.1 La humildad como servicio

El servicio gratuito para la evangelización y ante los hermanos es banco de ensayo de la verdadera humildad. Aquí no cabe la falsa modestia: “No se haga caso de ciertos sentimientos de humildad de los que quiero hablar, y que consisten en creer que por humildad no se deba hacer caso de los dones de Dios. Procúrese comprender, en cambio, y tener claro que esos dones nos han sido dados sin méritos propios, y, por tanto, hay que reconocérselos a Dios. No querer apreciar lo que se recibe es desactivar el estímulo de amar, cuando lo cierto es que cuanto más uno se reconoce pobre por sí mismo y rico únicamente de los dones de Dios más avanza en la virtud, sobre todo en la virtud de la verdadera humildad. Obrar de otra manera y creer que no se es capaz de grandes favores equivale a envilecerse sin motivo … Creamos, en cambio, que, si Dios nos da estos bienes, nos dará también la gracia de conocer cuando haya tentación del demonio y la fuerza de resistir en ese caso. Pero hay que vivir bajo su mirada con sencillez y con la intención de agradar a Dios, no a los hombres”. Por el adecuado aprecio de uno mismo, que lleva al reconocimiento del propio pecado como fruto, se llega al servicio del anuncio evangélico mediante el testimonio, a la enseña de la cruz, y es anuncio y testimonio mediante el verdadero sacrificio que se puede ofrecer por los demás: la compasión, la misericordia, la cercanía y señalar al verdadero modelo que es Cristo. Esto solo es posible dentro de una comunidad, viviendo por el mismo objetivo, Cristo, que lleva a cada uno a considerarse una parte del todo: “Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Co 12, 4-6). El convencimiento de esta relación conduce a un constante ejercicio de humildad y a una constante relación de ”epíclesis” con el otro, de ofrecimiento recíproco donde se crea y se refuerza una relación de igualdad.


3.2 La humildad: concordia-caridad

Únicamente desde una buena relación con Dios puede nacer la relación de comunión fraterna, reflejo de la caridad ofrecida y vivida en Cristo y por Cristo. En esta dinámica el único contracambio que se puede esperar es que cada uno recambie sus dones yendo al encuentro de lo que falta a los otros. Así una vez que está abierta la relación con Dios y con los hermanos se abre también la relación a la evangelización. Pero sin la humildad el anuncio queda estéril e inconstante como el espíritu de quien no sabe reconocer sus limitaciones y no sabe confiar en Dios y en el hermano que tiene al lado. El anuncio se convierte en juicio sobre el otro, y en motivo de alejamiento más que en acogida, pues es la misericordia la que abre el corazón a la conversión y no a la condena, o la ley estéril, que niega el extravío del hombre y su incapacidad de ver la presencia de Dios en su vida. La esterilidad de quien anuncia sin humildad y misericordia se manifiesta en considerar al otro objeto en cuanto a las expectativas personales y no en relación a Dios, negando al otro la libertad de expresar sus sentimientos y sus dones, o de ser comprendido y aceptado para ser sostenido en su camino de conversión. Por eso muchas veces nuestros planes y nuestras estrategias pastorales están destinadas al fracaso, o bien, aunque no nos demos cuenta, no dan los frutos esperados, más bien engendran confusión y discordias, porque somos incapaces de acoger al otro o pretendemos imponerle como modelo no a Cristo, sino la visión desviada que tenemos de Él: “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas” (Is 58, 6.8).


Continuando lo dicho sobre la íntima unión que hay entre la penitencia y la theologia crucis, entre el silencio y la oración, como confrontación con Dios y su voluntad, he querido sugerir un breve susidio de meditación sobre los Siete Salmos Penitenciales extraídos de la obra de Casiodoro, Comentario a los Salmos. Allí podréis encontrar el modo de poder rezar y meditar sobre la humildad y el modo de concretarla por medio de la oración de los salmos.

Un fraterno saludo para todos vosotros y el deseo de provechoso camino cuaresmal de conversión.


Roma, 22 de febrero, Miércoles de Ceniza


P. Gregorio Colatorti

Corrector General




29/12/22

IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN FRANCISCO DE SALES, PATRONO DE LA ORDEN MÍNIMA SEGLAR

En la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de San Francisco de Sales, patrono de la Orden Mínima Seglar como terciario que fue, el papa Francisco ha publicado una carta apostólica que copiamos a continuación.

CARTA APOSTÓLICA
TOTUM AMORIS EST
DEL SANTO PADRE FRANCISCO
EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN FRANCISCO DE SALES

«Todo pertenece al amor».[1] En estas palabras podemos recoger la herencia espiritual legada por san Francisco de Sales, que murió hace cuatro siglos, el 28 de diciembre de 1622, en Lyon. Tenía poco más de cincuenta años y, durante los últimos veinte años, había sido obispo y príncipe “exiliado” de Ginebra. Había llegado a Lyon después de su última misión diplomática. El duque de Saboya le había pedido que acompañara al cardenal Mauricio de Saboya a Aviñón. Juntos habrían rendido homenaje al joven rey Luis XIII, que regresaba a París, subiendo el valle del Ródano, luego de una victoriosa campaña militar en el sur de Francia. Cansado y con la salud deteriorada, Francisco se había puesto en camino por puro espíritu de servicio. «Si no fuera tan útil a su servicio que yo haga este viaje, tendría, ciertamente, muy buenas y sólidas razones para eximirme de él; pero, si se trata de su servicio, vivo o muerto, no me echaré atrás, sino que iré o me haré arrastrar».[2] Este era su carácter. Finalmente, cuando llegó a Lyon se alojó en el monasterio de las Visitandinas, en la casa del jardinero, para no causar demasiadas molestias y, al mismo tiempo, ser más libre para encontrarse con quien lo necesitara.

Poco impresionado desde hacía bastante tiempo por «las débiles grandezas de la corte»,[3] también había consumado sus últimos días llevando adelante el ministerio de pastor en una sucesión de compromisos: confesiones, coloquios, conferencias, predicaciones y las últimas, infaltables, cartas de amistad espiritual. La razón profunda de este estilo de vida lleno de Dios se le había hecho cada vez más nítida a lo largo del tiempo, y él la había formulado con sencillez y precisión en su célebreTratado del amor de Dios: «Tan pronto como el hombre fija con alguna atención su pensamiento en la consideración de la divinidad, siente cierta dulce emoción en su corazón, que muestra que Dios es Dios del corazón humano».[4] Es la síntesis de su pensamiento. La experiencia de Dios es una evidencia del corazón humano. Esta no es una construcción mental, más bien es un reconocimiento lleno de asombro y de gratitud, que resulta de la manifestación de Dios. En el corazón y por medio del corazón es donde se realiza ese sutil e intenso proceso unitario en virtud del cual el hombre reconoce a Dios y, al mismo tiempo, a sí mismo, su propio origen y profundidad, su propia realización en la llamada al amor. Descubre que la fe no es un movimiento ciego, sino sobre todo una disposición del corazón. A través de ella el hombre confía en una verdad que se presenta a la conciencia como una “dulce emoción”, capaz de suscitar un correspondiente e irrenunciable bien-querer por cada realidad creada, como a él le gustaba decir.

A esta luz se comprende cómo para san Francisco de Sales no hay mejor lugar donde encontrar a Dios y ayudar a buscarlo que en el corazón de cada mujer y hombre de su tiempo. Lo había aprendido desde su temprana juventud, observándose a sí mismo con fina atención y escrutando el corazón humano.

En el último encuentro de esos días en Lyon, y con el sentido íntimo de una cotidianidad habitada por Dios, había dejado a sus Visitandinas la expresión con la que posteriormente había querido que fuera sellada su memoria: «He resumido todo en estas dos palabras, cuando os he dicho: nada pedir, nada rehusar. No tengo más que deciros».[5] Sin embargo, no se trataba de un ejercicio de mero voluntarismo, «una voluntad sin humildad»,[6] aquella sutil tentación del camino hacia la santidad, que la confunde con la justificación por medio de las propias fuerzas, con la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, «que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor».[7] Mucho menos se trataba de un mero quietismo, de un abandono pasivo y sin afectos en una doctrina sin carne y sin historia.[8] Nacía más bien de la contemplación de la misma vida del Hijo encarnado. Era el 26 de diciembre, y el santo hablaba a las hermanas en el corazón del misterio de la Navidad: «¿Veis al Niño Jesús en el pesebre? Acepta todas las inclemencias del tiempo, el frío y todo lo que su Padre permite le suceda. No está escrito que haya extendido alguna vez sus manos a los pechos de su Madre, se abandonaba totalmente a su cuidado y previsión, sin rehusar los pequeños alivios que ella le daba. Del mismo modo nosotros no debemos desear ni rehusar nada, sino aceptar igualmente todo lo que la Providencia de Dios permita que nos suceda, el frío y las inclemencias del tiempo».[9] Es conmovedora su atención en reconocer el cuidado de lo que es humano como indispensable. En la escuela de la encarnación había aprendido a leer la historia y a habitarla con confianza.

El criterio del amor

Por medio de la experiencia había reconocido el deseo como la raíz de toda vida espiritual verdadera y, al mismo tiempo, como lugar de su falsificación. Por eso, recogiendo a manos llenas de la tradición espiritual que lo había precedido, había comprendido la importancia de poner constantemente a prueba el deseo, mediante un continuo ejercicio de discernimiento. El criterio último para su evaluación lo había redescubierto en el amor. En esa última estadía en Lyon, en la fiesta de san Esteban, dos días antes de su muerte, había dicho: «El amor es lo que da valor a nuestras obras. Os digo más aún: una persona que sufre el martirio por Dios con una onza de amor, merece mucho, pues la vida es lo más que se puede dar; pero si hay otra persona que sólo sufre un golpe con dos onzas de amor tendrá mucho más mérito, porque la caridad y el amor son los que dan el valor a nuestras obras».[10]

Con sorprendente concreción había continuado ilustrando la difícil relación entre contemplación y acción: «Sabéis o debéis saber que la contemplación es mejor que la acción y la vida activa; pero si en esta hay más unión [con Dios], entonces es mejor que aquella. Si una hermana que está en la cocina manejando la sartén junto al fuego tiene más amor y caridad que otra, el fuego material no le quitará el mérito, al contrario, le ayudará y será más grata a Dios. Con bastante frecuencia se está tan unido a Dios en la acción como en la soledad. En fin, vuelvo siempre a la cuestión, donde se encuentre más amor».[11] Esta es la verdadera pregunta que disipa instantáneamente toda rigidez inútil o todo repliegue sobre sí mismo: interrogarse en todo momento, en toda decisión, en toda circunstancia de la vida dónde reside el mayor amor. No es casualidad que san Francisco de Sales haya sido llamado por san Juan Pablo II «doctor del amor divino», [12] no fue sólo porque escribió un magnífico Tratado sobre este tema, sino sobre todo porque fue testigo de ese amor. Por otra parte, sus escritos no se pueden considerar como una teoría redactada en un escritorio, lejos de las preocupaciones del hombre común. Su enseñanza, en efecto, nació de una escucha atenta de la experiencia. Él no hizo más que transformar en doctrina lo que vivía y leía en su singular e innovadora acción pastoral, gracias a una agudeza iluminada por el Espíritu. Una síntesis de este modo de proceder se encuentra en el Prólogo del mismo Tratado del amor de Dios: «Todo en la Iglesia es para el amor, en el amor, por el amor y del amor».[13]

Los años de la primera formación: la aventura de conocerse en Dios

Nació el 21 de agosto de 1567, en el castillo de Sales, cerca de Thorens, de Francisco de Nouvelles, señor de Boisy, y de Francisca de Sionnaz. «Vivió a caballo entre dos siglos, el XVI y el XVII, recogió en sí lo mejor de las enseñanzas y de las conquistas culturales del siglo que terminaba, reconciliando la herencia del humanismo con la tendencia hacia lo absoluto propia de las corrientes místicas».[14]

Después de la formación cultural inicial, primero en el colegio de La Roche-sur-Foron y después en el de Annecy, llegó a París, al colegio jesuita Clermont, que había sido fundado recientemente. En la capital del Reino de Francia, devastada por las guerras de religión, experimentó en poco tiempo dos crisis interiores consecutivas, que marcaron su vida de modo indeleble. Esa ardiente oración hecha en la Iglesia de Saint-Étienne-des-Grès, frente a la Virgen Negra de París, en medio de la oscuridad, le encenderá en el corazón una llama que permanecerá viva en él para siempre, como clave de lectura de su propia experiencia y de la de otros. «Señor, tú que tienes todo en tus manos y cuyos caminos son justicia y verdad, cualquier cosa que suceda, […] yo te amaré, Señor […], te amaré aquí, oh Dios mío, y siempre esperaré en tu misericordia, y siempre cantaré tus alabanzas. […] Oh, Señor Jesús, tú siempre serás mi esperanza y mi salvación en la tierra de los vivientes».[15]

Eso había escrito en su cuaderno, recuperando la paz. Y esta experiencia, con sus inquietudes y sus interrogantes, para él siempre será iluminadora y le dará un singular camino de acceso al misterio de la relación de Dios con el hombre. Le ayudará a escuchar la vida de los demás y a reconocer, con fino discernimiento, la actitud interior que une el pensamiento al sentimiento, la razón a los afectos, y que de ese modo es capaz de llamar por nombre al “Dios del corazón humano”. Por este camino Francisco no corrió el peligro de atribuir un valor teórico a la propia experiencia personal, absolutizándola, sino que aprendió algo extraordinario, fruto de la gracia: a leer en Dios lo vivido por él y por los demás.

Aunque nunca haya pretendido elaborar un sistema teológico propiamente dicho, su reflexión sobre la vida espiritual tuvo una notable dignidad teológica. Aparecen en él los rasgos esenciales del quehacer teológico, para el cual es necesario no olvidar dos dimensiones constitutivas. La primera es precisamente la vida espiritual, porque es en la oración humilde y perseverante, en la apertura al Espíritu Santo, que se puede tratar de comprender y de expresar al Verbo de Dios. Los teólogos se fraguan en el crisol de la oración. La segunda dimensión es la vida eclesial: sentir en la Iglesia y con la Iglesia. También la teología se ha visto afectada por la cultura individualista, pero el teólogo cristiano elabora su pensamiento inmerso en la comunidad, partiendo en ella el pan de la Palabra.[16] La reflexión de Francisco de Sales, al margen de las disputas entre las escuelas de su época, y aun respetándolas, nace precisamente de estos dos rasgos constitutivos.

El descubrimiento de un mundo nuevo

Cuando finalizó los estudios humanísticos, continuó con los de derecho en la Universidad de Padua. Al regresar a Annecy ya había decidido la orientación de su vida, no obstante las resistencias de sus padres. Fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1593. En los primeros días de septiembre del año siguiente, por invitación del obispo, Mons. Claude de Granier, fue llamado a la difícil misión en el Chablais, territorio perteneciente a la diócesis de Annecy, de confesión calvinista, que, en el intrincado laberinto de guerras y tratados de paz, había pasado nuevamente a estar bajo el control del ducado de Saboya. Fueron años intensos y dramáticos. Aquí descubrió, junto con alguna rígida intransigencia que luego le hará reflexionar, sus aptitudes de mediador y hombre de diálogo. Además, se descubrió inventor de originales y audaces praxis pastorales, como las famosas “hojas volantes”, que se colgaban en todas partes e incluso se deslizaban debajo de las puertas de las casas.

En 1602 regresó a París, ocupado en llevar adelante una delicada misión diplomática, en nombre del mismo Granier y con instrucciones precisas de la Sede Apostólica, después de la enésima modificación del cuadro político-religioso del territorio de la diócesis de Ginebra. A pesar de la buena disposición por parte del rey de Francia, la misión fracasó. Él mismo escribió al Papa Clemente VIII: «Después de nueve meses, me vi obligado a dar marcha atrás sin haber concluido casi nada».[17] Sin embargo, aquella misión se reveló para él y para la Iglesia de una riqueza inesperada bajo el perfil humano, cultural y religioso. En el tiempo libre que los negociados diplomáticos le concedían, Francisco predicó ante la presencia del rey y de la corte de Francia, estableció relaciones importantes y, sobre todo, se sumergió totalmente en la prodigiosa primavera espiritual y cultural de la moderna capital del Reino.

Allí todo había cambiado y estaba cambiando. Él mismo se dejó tocar e interrogar tanto por los grandes problemas que se presentaban en el mundo y el nuevo modo de observarlos, como por la sorprendente demanda de espiritualidad que había nacido y las cuestiones inéditas que esta planteaba. En pocas palabras, percibió un verdadero “cambio de época”, al que era necesario responder con lenguajes antiguos y nuevos. Ciertamente, no era la primera vez que encontraba cristianos fervorosos, pero se trataba de algo distinto. No era la París devastada por las guerras de religión, que había visto en sus años de formación, ni la lucha encarnizada librada en los territorios del Chablais. Era una realidad inesperada: una multitud «de santos, de verdaderos santos, numerosos y que estaban en todas partes».[18] Eran hombres y mujeres de cultura, profesores de la Sorbona, representantes de las instituciones, príncipes y princesas, siervos y siervas, religiosos y religiosas. Un mundo que estaba sediento de Dios.

Conocer a esas personas y tomar conciencia de sus interrogantes fue una de las circunstancias providenciales más importantes de su vida. Así, días aparentemente inútiles e infructuosos se transformaron en una escuela incomparable para leer los estados de ánimo de esa época, sin nunca elogiarlos. En él, el hábil e infatigable controversista se estaba transformando, por la gracia, en un fino intérprete del tiempo y extraordinario director de almas. Su acción pastoral, las grandes obras (Introduccióna la vida devota y Tratado del amor de Dios), la infinidad de cartas de amistad espiritual que fueron enviadas, dentro y fuera de los muros de los conventos y los monasterios, a religiosos y religiosas, a hombres y mujeres de la corte y a la gente común, el encuentro con Juana Francisca de Chantal y la misma fundación de la Visitación en 1610 resultarían incomprensibles sin este cambio interior. Evangelio y cultura encontraban de ese modo una síntesis fecunda, de la que derivaba la intuición de un método auténtico, maduro y listo para una cosecha duradera y prometedora.

En una de las primeras cartas de dirección y amistad espiritual que Francisco de Sales envió a una de las comunidades que visitó en París, mencionaba, con humildad, un “método suyo”, que se diferenciaba de los demás, con vistas a una verdadera reforma. Un método que renunciaba a la severidad y confiaba plenamente en la dignidad y capacidad de un alma devota, no obstante sus debilidades: «Me viene la duda de que a vuestra reforma también se pueda oponer otro impedimento: tal vez aquellos que os la han impuesto han curado la llaga con demasiada dureza. […] Yo alabo su método, aunque no sea el que suelo usar, especialmente con respecto a espíritus nobles y bien educados como los vuestros. Creo que sea mejor limitarse a mostrarles el mal y a poner el bisturí en sus manos para que ellos mismos practiquen la incisión necesaria. Pero no descuidéis por ello la reforma que necesitáis».[19] En estas palabras se trasluce esa mirada que ha hecho célebre el optimismo salesiano, que ha dejado su huella permanente en la historia de la espiritualidad y que ha florecido sucesivamente, como en el caso de don Bosco dos siglos después.

Cuando regresó a Annecy, fue ordenado obispo el 8 de diciembre del mismo año 1602. El influjo de su ministerio episcopal en la Europa de esa época y de los siglos posteriores resulta inmenso. «Fue apóstol, predicador, escritor, hombre de acción y de oración; comprometido en hacer realidad los ideales del concilio de Trento; implicado en la controversia y en el diálogo con los protestantes, experimentando cada vez más la eficacia de la relación personal y de la caridad, más allá del necesario enfrentamiento teológico; encargado de misiones diplomáticas a nivel europeo, y de tareas sociales de mediación y reconciliación».[20]Sobre todo, fue intérprete del cambio de época y guía de las almas en un tiempo que tenía sed de Dios de un modo nuevo.

La caridad hace todo por sus hijos

Entre 1620 y 1621, es decir, ya al final de su vida, Francisco dirigió a un sacerdote de su diócesis unas palabras capaces de iluminar su visión de la época. Lo animaba a secundar su deseo de dedicarse a la escritura de textos originales, que lograran interceptar los nuevos interrogantes, intuyendo en ellos las necesidades. «Os debo decir que el conocimiento que voy adquiriendo cada día de los estados de ánimo del mundo me lleva a desear apasionadamente que la divina Bondad inspire a alguno de sus siervos a escribir según el gusto de este pobre mundo».[21] La razón de este estímulo la encontraba en la propia visión del tiempo: «El mundo se está volviendo tan delicado, que dentro de poco nadie se atreverá más a tocarlo, sino con guantes de seda, ni a medicar sus llagas, sino con cataplasmas de cebolla; pero, ¿qué importa, si los hombres son curados y, en definitiva, salvados? Nuestra reina, la caridad, hace todo por sus hijos».[22] No era algo que se daba por sentado, ni mucho menos una rendición final frente a una derrota. Se trataba, más bien, de la intuición de un cambio que estaba en curso y de la exigencia, totalmente evangélica, de comprender cómo poder habitarlo.

La misma conciencia, además, la había madurado y expresado en el Prólogo, al introducir el Tratado del amor de Dios: «He tenido en cuenta la condición de las almas en estos tiempos, y además debía tenerla, porque importa mucho mirar la condición de los tiempos en que se escribe».[23] Rogando, asimismo, la benevolencia del lector, afirmaba: «Y si encontrar es el estilo un poco diferente del que he usado escribiendo a Filotea, y ambos muy diversos del que empleé en la Defensa de la cruz, debes saber que en diecinueve años se aprenden y se olvidan muchas cosas; que el lenguaje de la guerra no es igual que el de la paz, y que de una manera se habla a los muchachos principiantes y de otra a los viejos compañeros».[24] Pero, frente a este cambio, ¿por dónde comenzar? No lejos de la misma historia de Dios con el hombre. De aquí el objetivo final de su Tratado: «Mi pensamiento ha sido tan sólo exponer sencilla y llanamente, sin artificios ni aderezos de estilo, la historia del nacimiento, progreso, decadencia, operaciones, propiedades, beneficios y excelencias del amor divino».[25]

Las preguntas de un cambio de época

En la memoria del cuarto centenario de la muerte de san Francisco de Sales, me he preguntado sobre su legado para nuestra época, y he encontrado iluminadoras su flexibilidad y su capacidad de visión. Un poco por don de Dios, un poco por índole personal, y también por la profundización constante de sus vivencias, había tenido la nítida percepción del cambio de los tiempos. Ni él mismo hubiera llegado a imaginar que en esto reconocería una gran oportunidad para el anuncio del Evangelio. La Palabra que había amado desde su juventud era capaz de hacerse camino abriendo horizontes nuevos e impredecibles en un mundo en rápida transición.

Es lo que también nos espera como tarea esencial para este cambio de época: una Iglesia no autorreferencial, libre de toda mundanidad pero capaz de habitar el mundo, de compartir la vida de la gente, de caminar juntos, de escuchar y de acoger.[26] Es lo que realizó Francisco de Sales leyendo su época con ayuda de la gracia. Por eso, él nos invita a salir de la preocupación excesiva por nosotros mismos, por las estructuras, por la imagen social, y a preguntarnos más bien cuáles son las necesidades concretas y las esperanzas espirituales de nuestro pueblo.[27] Por tanto, releer algunas de sus decisiones cruciales es importante también hoy, para vivir el cambio con sabiduría evangélica.

La brisa y las alas

La primera de dichas decisiones fue la de releer y volver a proponer a cada uno, en su condición específica, la feliz relación entre Dios y el ser humano. En definitiva, la razón última y el objetivo concreto del Tratado era precisamente ilustrar a los contemporáneos el encanto del amor de Dios. «¿Cuáles son —se preguntaba— los lazos habituales por los cuales la Providencia divina acostumbra atraer nuestros corazones a su amor?».[28] Partiendo sugestivamente del texto de Oseas 11,4,[29] definía tales medios ordinarios como «lazos de humanidad, o de caridad y amistad».«No cabe duda —escribía— de que Dios no nos atrae con cadenas de hierro, como a los toros y a los búfalos, sino mediante invitaciones, dulces encantos y santas inspiraciones, que son los lazos de Adán y de la humanidad, es decir, los propios y convenientes al corazón humano, que naturalmente está dotado de libertad».[30] Es a través de estos lazos que Dios ha sacado a su pueblo de la esclavitud, enseñándole a caminar, llevándolo de la mano, como hace un papá o una mamá con el propio hijo. Por consiguiente, ninguna imposición externa, ninguna fuerza despótica y arbitraria, ninguna violencia. Más bien, la forma persuasiva de una invitación que deja intacta la libertad del hombre. «La gracia —proseguía, pensando ciertamente en tantas historias de vida que había conocido— tiene fuerza, no para obligar, sino para atraer el corazón; ejerce una santa violencia, no para vulnerar, sino para enamorar nuestra libertad; obra fuertemente, mas con suavidad tan admirable, que nuestra voluntad no queda agobiada bajo tan poderosa acción; nos presiona, pero no sofoca nuestra libertad. Así, pues, en medio de toda su fuerza, podemos consentir o resistir a sus impulsos, según nos place».[31]

Poco antes había bosquejado dicha relación utilizando el curioso ejemplo del “ápodo”: «Hay cierta clase de pájaros, oh Teótimo, a los cuales Aristóteles llama “ápodos”, esto es, sin pies, porque, teniendo las piernas extremadamente cortas y los pies sin fuerza, no les sirven más que si realmente no los tuvieran. Por donde sucede que, si una vez caen a tierra, permanecen como clavados en ella, sin que puedan nunca por sí mismos recobrar el vuelo, porque, no pudiéndose valer de sus piernas ni de sus pies, no tienen medio ninguno para tomar impulso y lanzarse de nuevo al aire. Así, quedan allí inmóviles y hasta llegan a morir, si el viento propicio a su impotencia, soplando fuertemente sobre la faz de la tierra, no viene a arrebatarlos y levantarlos, como hace con otras cosas; porque entonces, si empleando ellos sus alas, corresponden a este impulso y primer vuelo que el viento les da, el mismo viento continúa ayudándoles, impeliéndoles cada vez más a volar».[32] Así es el hombre: hecho por Dios para volar y desplegar todas sus potencialidades en la llamada al amor, corre el riesgo de volverse incapaz de levantar el vuelo cuando cae a tierra y no acepta volver a abrir las alas a la brisa del Espíritu.

Esta es, pues, la “forma” a través de la cual la gracia de Dios se concede a los hombres: la de los preciosos y muy humanos vínculos de Adán. La fuerza de Dios no deja de ser absolutamente capaz de restablecer el vuelo y, sin embargo, su dulzura hace que la libertad de consentimiento no sea violada o inútil. Corresponde al hombre levantarse o no levantarse. Aunque la gracia lo haya tocado para despertarlo, sin él, esta no quiere que el hombre se levante sin su consentimiento. De esa manera obtiene su reflexión conclusiva: «Las inspiraciones, oh Teótimo, nos previenen, y antes de que hayamos pensado en ellas, experimentamos su presencia, mas después de haberlas sentido, a nosotros toca consentir, secundándolas y siguiendo sus impulsos, o disentir y rechazarlas: ellas se hacen sentir en nosotros y sin nosotros, pero no obtienen el consentimiento sin nosotros».[33] Por lo tanto, la relación con Dios se trata siempre de una experiencia de gratuidad que manifiesta la profundidad del amor del Padre.

Ahora bien, esta gracia nunca hace al hombre pasivo, sino que lleva a comprender que estamos precedidos radicalmente por el amor de Dios, y que su primer don consiste precisamente en haber recibido su mismo amor. Pero cada uno tiene el deber de cooperar en su propia realización, desplegando con confianza las propias alas a la brisa de Dios. Aquí vemos un aspecto importante de nuestra vocación humana: «El mandato de Dios a Adán y Eva en el relato del Génesis es ser fecundos. La humanidad ha recibido el mandato de cambiar, construir y dominar la creación en el sentido positivo de crear desde y con ella. Entonces, el futuro no depende de un mecanismo invisible en el que los humanos son espectadores pasivos. No, somos protagonistas, somos —forzando la palabra—cocreadores».[34] Francisco de Sales lo comprendió bien y trató de transmitirlo en su ministerio de guía espiritual.

La verdadera devoción

Una segunda y gran decisión crucial fue la de haberse centrado en la cuestión de la devoción. También en este caso, el nuevo cambio de época había formulado no pocos interrogantes, tal como ocurre en nuestros días. Dos aspectos en particular requieren que sean comprendidos y revitalizados también hoy. El primero se refiere a la idea misma de devoción, el segundo, a su carácter universal y popular. Indicar, ante todo, qué se entiende por devoción es la primera consideración que encontramos al comienzo de Filotea: «Es necesario que conozcas, desde el principio, en qué consiste la virtud de la devoción, pues son numerosas las devociones falsas e inútiles y sólo hay una verdadera, que, si no la conoces, podrías sufrir engaño determinándote a seguir alguna devoción inconveniente y supersticiosa».[35]

La descripción de Francisco de Sales acerca de la falsa devoción, en la que no nos es difícil reconocernos, es amena y siempre actual, sin dejar fuera una pizca eficaz de sano sentido del humor: «El que se siente inclinado a ayunar se considerará muy devoto si no come, aunque su corazón esté lleno de rencor; y mientras por sobriedad no se atreve a mojar su lengua, no digo en vino, pero ni siquiera en agua, no temerá teñirla en la sangre del prójimo mediante maledicencias y calumnias. Otro se creerá devoto porque reza diariamente un sinnúmero de oraciones, aunque después su lengua se desate de continuo en palabras insolentes, arrogantes e injuriosas contra sus familiares y vecinos. Algún otro abrirá su bolsa de buena gana para distribuir limosnas entre los pobres, pero no es capaz de sacar dulzura de su corazón perdonando a sus enemigos. Aquel perdonará a sus enemigos, pero no saldará sus deudas si no es apremiado por la justicia».[36] Evidentemente, son los vicios y las dificultades de siempre, también de hoy, por lo que el santo concluye: «Todos estos son tenidos vulgarmente por devotos; nombre que de ninguna manera merecen».[37]

En cambio, la novedad y la verdad de la devoción se encuentran en otro lado, en una raíz profundamente unida a la vida divina en nosotros. De ese modo «la devoción viva y verdadera […] presupone el amor de Dios; mejor dicho, no es otra cosa que el verdadero amor de Dios, y no un amor cualquiera».[38] En su ferviente imaginación la devoción no es más que, «en resumen, una agilidad o viveza espiritual por cuyo medio la caridad actúa en nosotros y nosotros actuamos en ella con prontitud y alegría».[39] Por eso no se coloca junto a la caridad, sino que es una de sus manifestaciones y, al mismo tiempo, conduce a ella. Es como una llama con respecto al fuego: reaviva su intensidad, sin cambiar su naturaleza. «En conclusión, se puede decir que entre la caridad y la devoción no existe mayor diferencia que entre la llama y el fuego; siendo la caridad fuego espiritual, cuando está bien inflamada, se llama devoción; así que la devoción nada añade al fuego de la caridad fuera de la llama que la hace pronta, activa, diligente, no sólo en la observancia de los mandamientos, sino también en el ejercicio de los consejos e inspiraciones celestiales».[40] Una devoción así entendida no tiene nada de abstracto. Es, más bien, un estilo de vida, un modo de ser en lo concreto de la existencia cotidiana. Esta recoge e interpreta las pequeñas cosas de cada día, la comida y el vestido, el trabajo y el descanso, el amor y la descendencia, la atención a las obligaciones profesionales; en síntesis, ilumina la vocación de cada uno.

Aquí se intuye la raíz popular de la devoción, afirmada desde las primeras líneas de Filotea: «Casi todos los que hasta ahora han tratado de la devoción, se han dirigido a los que viven alejados de este mundo o, por lo menos, han trazado caminos que empujan a un absoluto retiro. Mi intención es instruir a los que viven en las ciudades, con sus familias, en la corte y, por su condición, están obligados, por las conveniencias sociales, a vivir en medio de los demás».[41] Es por ello que está muy equivocado quien piensa en relegar la devoción a algún ámbito protegido o reservado. Esta es, más bien, de todos y para todos, dondequiera que estemos, y cada uno la puede practicar según la propia vocación. Como escribía san Pablo VI en el cuarto centenario del nacimiento de Francisco de Sales, «la santidad no es prerrogativa de una clase o de otra; sino que a todos los cristianos se les dirige esta invitación apremiante: “¡Amigo, siéntate en un lugar más destacado!” (Lc14,10); todos están vinculados por el deber de subir al monte de Dios, aunque no todos por el mismo camino. “La devoción se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno”».[42] Recorrer la ciudad secular manteniendo la interioridad y conjugar el deseo de perfección con cada estado de vida, volviendo a encontrar un centro que no se separa del mundo, sino que enseña a habitarlo, a apreciarlo, aprendiendo también a tomar de él una justa distancia; ese era el propósito del santo, y sigue siendo una valiosa lección para cada mujer y hombre de nuestro tiempo.

Este es el tema conciliar de la vocación universal a la santidad: «Todos los fieles, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial».[43] “Cada uno por su camino”. «Entonces, no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables».[44] La madre Iglesia no nos los propone para que intentemos copiarlos, sino para que nos alienten a caminar por la senda única y particular que el Señor ha pensado para nosotros. «Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf.1 Co12,7)».[45]

El éxtasis de la vida

Todo ello condujo al santo obispo a considerar la vida cristiana en su totalidad como«el éxtasis de la obra y de la vida».[46] Pero no hay que confundirla con una fuga fácil o una retirada intimista, mucho menos con una obediencia triste y gris. Sabemos que este peligro siempre está presente en la vida de fe. En efecto, «hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. […] Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias».[47]

Permitir que se despierte la alegría es precisamente lo que expresa Francisco de Sales al describir “el éxtasis de la obra y de la vida”. Gracias a ella «no sólo llevamos una vida civil, honesta y cristiana, sino también una vida sobrehumana, espiritual, devota y extática, es decir, una vida, bajo todos los conceptos, fuera y por encima de nuestra condición natural».[48] Nos encontramos aquí en las páginas centrales y más luminosas del Tratado. El éxtasis es el desbordamiento feliz de la vida cristiana, lanzada más allá de la mediocridad de la mera observancia:«No robar, no mentir, no cometer actos lujuriosos, orar a Dios, no jurar en vano, amar y honrar a los padres, no matar; todo esto es vivir según la razón natural del hombre. Mas dejar todos nuestros bienes, amar la pobreza, buscarla y estimarla como la más deliciosa señora, tener los oprobios, desprecios, humillaciones, persecuciones y martirios por felicidad y dicha, contenerse en los términos de una absoluta castidad, y, en fin, vivir en medio del mundo y en esta vida mortal en oposición a todas las opiniones y máximas mundanas y contra la corriente del río de esta vida, con habitual resignación, renuncias y abnegaciones de nosotros mismos, todo esto no es vivir humana, sino sobrehumanamente; no es vivir en nosotros, sino fuera de nosotros y sobre nosotros. Y porque nadie puede salir de este modo sobre sí mismo si el Padre Eterno no le atrae, por eso este género de vida debe ser un rapto continuo y un éxtasis perpetuo de acción y de operación».[49]

Es una vida que, ante toda aridez y frente a la tentación de replegarse sobre sí, ha encontrado nuevamente la fuente de la alegría. En efecto, «el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida».[50]

A la descripción del “éxtasis de la obra y de la vida”, san Francisco añade dos observaciones importantes, válidas también para nuestro tiempo. La primera se refiere a un criterio eficaz para el discernimiento de la verdad de ese mismo estilo de vida y la segunda a su origen profundo. En cuanto al criterio de discernimiento, él afirma que, si por un lado dicho éxtasis comporta un auténtico salir de sí mismo, por otro lado, no significa un abandono de la vida. Es importante no olvidarlo nunca, para evitar peligrosas desviaciones. En otras palabras, quien presume de elevarse hacia Dios, pero no vive la caridad para con el prójimo, se engaña a sí mismo y a los demás.

Volvemos a encontrar aquí el mismo criterio que él aplicaba a la calidad de la verdadera devoción. «Cuando se ve a una persona que en la oración tiene raptos por los cuales sale y sube encima de sí misma hasta Dios, y, sin embargo, no tiene éxtasis en su vida, esto es, no lleva una vida elevada y unida a Dios, […] sobre todo, por medio de una continua caridad, creedme que todos estos raptos son grandemente dudosos y peligrosos». Su conclusión es muy eficaz: «Estar sobre sí mismo en la oración y bajo sí mismo en las obras y en la vida, ser angélico en la meditación y bestial en la conversación […] es una señal cierta de que tales raptos y tales éxtasis no son más que ardides y engaños del espíritu maligno».[51] Se trata, en definitiva, de lo que ya recordaba Pablo a los corintios en el himno a la caridad:«Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada» (1 Co13,2-3).

Por tanto, para san Francisco de Sales la vida cristiana nunca está exenta de éxtasis y, sin embargo, el éxtasis no es auténtico sin la vida. En efecto, la vida sin éxtasis corre el riesgo de reducirse a una obediencia opaca, a un Evangelio que ha olvidado su alegría. Por otra parte, el éxtasis sin la vida se expone fácilmente a la ilusión y al engaño del Maligno. Las grandes polaridades de la vida cristiana no se pueden resolver la una en la otra. En todo caso, una mantiene a la otra en su autenticidad. De ese modo, la verdad no es tal sin justicia; la satisfacción, sin responsabilidad; la espontaneidad, sin ley; y viceversa.

Por otra parte, en cuanto al origen profundo de este éxtasis, él lo vincula sabiamente al amor manifestado por el Hijo encarnado. Si, por un lado, es verdad que «el amor es el primer acto y el principio de nuestra vida devota o espiritual por el cual vivimos, sentimos y nos movemos» y, por otro lado, que «nuestra vida espiritual consiste toda en nuestros movimientos afectivos», está claro que «un corazón que no tiene afecto, no tiene amor», como también que «un corazón que tiene amor, no puede estar sin movimiento afectivo».[52] Pero el origen de este amor que atrae el corazón es la vida de Jesucristo:«Nada urge y aprieta tanto al corazón del hombre como el amor», y el culmen de dicha urgencia es que «Jesucristo murió por nosotros, nos ha dado la vida con su muerte. Nosotros sólo vivimos porque Él murió; murió por nosotros, para nosotros y en nosotros».[53]

Es conmovedora esta indicación que, más allá de una visión iluminada y no evidente de la relación entre Dios y el hombre, manifiesta el estrecho vínculo afectivo que unía al santo obispo con el Señor Jesús. La verdad del éxtasis de la vida y de la acción no es genérica, sino que se manifiesta según la forma de la caridad de Cristo, que culmina en la cruz. Este amor no anula la existencia, sino que la hace brillar de una manera extraordinaria.

Es por ello que, con una imagen muy hermosa, san Francisco de Sales describía el Calvario como «el monte de los amantes».[54] Allí, y sólo allí, se comprende que «no se puede tener la vida sin el amor, ni el amor sin la muerte del Redentor; mas, fuera de allí, todo es o muerte eterna o amor eterno, y toda la sabiduría cristiana consiste en elegir bien».[55] De esta manera puede cerrar su Tratado remitiendo a la conclusión de un discurso de san Agustín sobre la caridad: «¿Qué hay más fiel que el amor, no al servicio de la vanidad, sino de la eternidad? En efecto, tolera todo en la vida presente, porque cree todo lo referente a la vida futura, y sufre todo lo que aquí le sobreviene, porque espera todo lo que allí se le promete; con razón nunca desfallece. Así, pues, perseguid el amor y, pensando devotamente en él, aportad frutos de justicia. Y cualquier alabanza que vosotros hayáis encontrado más exuberante de lo que yo haya podido decir, muéstrese en vuestras costumbres».[56]

Esto es lo que nos deja ver la vida del santo obispo de Annecy, y que se nos entrega nuevamente a cada uno. Que la celebración del cuarto centenario de su nacimiento al cielo nos ayude a hacer de ello devota memoria; y que, por su intercesión, el Señor infunda con abundancia los dones del Espíritu en el camino del santo Pueblo fiel de Dios.

Roma, San Juan de Letrán, 28 de diciembre de 2022.

FRANCISCO

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[1] S. Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu,Préface, ed.Ravier – Devos, París 1969, 336.

[2] Íd.,Lett. 2103:A Monsieur Sylvestre de Saluces de la Mente, Abbé d'Hautecombe(3 noviembre 1622), enŒuvres de Saint François de Sales, XXVI, Annecy 1932, 490-491.

[3] Íd.,Lett. 1961:À une dame(19 diciembre 1622), enŒuvres de Saint François de Sales, XX (Lettres, X:1621-1622), Annecy 1918, 395.

[4] Íd.,Traité de l’amour de Dieu, I, 15, ed.Ravier – Devos, París 1969, 395.

[5] Íd.,Entretiens spirituels,Dernier entretien[21], ed.Ravier – Devos, París 1969, 1319.

[6] Exhort. ap.Gaudete et exsultate(19 marzo 2018), 49:AAS110 (2018), 1124.

[7] Ibíd., 57:AAS110 (2018), 1127.

[8] Cf.ibíd., 37-39:AAS110 (2018), 1121-1122.

[9] S. Francisco de Sales, Entretiens spirituels, Dernier entretien[21], ed.Ravier – Devos, París 1969, 1319.

[10] Ibíd., 1308.

[11] Ibíd.

[12] Carta a Mons. Yves Boivineau, Obispo de Annecy,con ocasión del IV centenario de la consagración episcopal de san Francisco de Sales(23 noviembre 2002), 3:L’Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española (20 diciembre 2002), p. 10.

[13] S.Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu,Préface, ed.Ravier – Devos, París 1969, 336.

[14] Benedicto XVI,Catequesis(2 marzo 2011):L’Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española (6 marzo 2011), p. 11.

[15] S.Francisco de Sales,Fragments d’écrits intimes, 3:Acte d’abandon héroïque, enŒuvres de Saint François de Sales, XXII (Opuscules, I), Annecy 1925, 41.

[16] Cf.Discurso a la Comisión Teológica Internacional(29 noviembre 2019):L’Osservatore Romano(30 noviembre 2019), p. 8.

[17] S. Francisco de Sales,Lett. 165:À Sa Sainteté Clément VIII(fines de octubre de 1602), enŒuvres de Saint François de Sales, XII (Lettres, II:1599-1604), Annecy 1902, 128.

[18] H. Bremond,L’humanisme dévôt: 1580-1660, enHistoire littéraire du sentiment religieux en France: depuis la fin des guerres de religion jusqu’à nos jours, I, Jérôme Millon, Grenoble 2006, 131.

[19] S. Francisco de Sales,Lett. 168:Aux religieuses du monastère des «Filles-Dieu»(22 noviembre 1602), enŒuvres de Saint François de Sales, XII (Lettres, II:1599-1604), Annecy 1902,105.

[20] Benedicto XVI,Catequesis(2 marzo 2011):L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 marzo 2011), p. 12.

[21] S. Francisco de Sales,Lett. 1869:À M. Pierre Jay(1620 o 1621), enŒuvres de Saint François de Sales, XX (Lettres, X:1621-1622), Annecy 1918, 219.

[22] Ibíd.

[23] Íd.,Traité de l’amour de Dieu,Préface, ed.Ravier – Devos, París 1969, 339.

[24 ]Ibíd., 347.

[25] Ibíd., 338-339.

[26] Cf.Discurso a los obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y catequistas, Bratislava (13 septiembre 2021):L’Osservatore Romano(13 septiembre 2021), pp. 11-12.

[27] Cf.ibíd.

[28] S. Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu, II, 12, ed.Ravier – Devos, París 1969, 444.

[29] «Con afecto humano [Vulg:in funiculis Adam], con lazos de amor los atraía. Fui para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas y se inclina hacia él para darle de comer».

[30] S. Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu, II, 12, ed.Ravier – Devos, París 1969, 444.

[31] Ibíd., II, 12, 444-445.

[32] Ibíd., II, 9, 434.

[33] Ibíd., II, 12, 446.

[34] Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor,Conversaciones con Austen Ivereigh, Simon & Schuster, Nueva York 2020, 4.

[35] S.Francisco de Sales,Introduction à la vie dévote, I, 1, ed.Ravier – Devos, París 1969, 31.

[36] Ibíd.,31-32.

[37] Ibíd., 32.

[38] Ibíd.

[39] Ibíd.

[40] Ibíd., 33.

[41] Ibíd.,Préface, ed.Ravier – Devos, París 1969, 23.

[42] Epíst. ap.Sabaudiae gemma,en el IV centenario del nacimiento de san Francisco de Sales, doctor de la Iglesia(29 enero 1967):AAS59 (1967), 119.

[43] Conc. Ecum. Vat. II,Const. dogm.Lumen gentium, 11.

[44] Exhort. ap.Gaudete et exsultate, 11:AAS110 (2018), 1114.

[45] Ibíd.

[46] S. Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu, VII, 6, ed.Ravier – Devos, París 1969, 682.

[47] Exhort. ap.Evangelii gaudium(24 noviembre 2013),6:AAS105 (2013), 1021-1022.

[48] S. Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu, VII, 6, ed.Ravier – Devos, París 1969, 682-683.

[49] Ibíd., 683.

[50] Exhort. ap.Evangelii gaudium,2:AAS105 (2013), 1019-1020.

[51] S. Francisco de Sales,Traité de l’amour de Dieu, VII, 7, ed.Ravier – Devos, París 1969, 685.

[52] Ibíd., 684.

[53] Ibíd., VII, 8,687.688.

[54] Ibíd., XII, 13, 971.

[55] Ibíd.

[56] Discursos, 350, 3:PL39, 1535.