Queridos hermanos y hermanas:
Hoy comenzamos la Cuaresma escuchando la llamada apremiante de la Iglesia y la voz del papa León XIV que nos invita a una conversión auténtica, profunda y concreta. Esta llamada resuena en nosotros con un acento particular porque somos hijos espirituales de un gran penitente, de un hombre que hizo de la humildad su corona: san Francisco de Paula.
La ceniza que hoy recibimos no es solo un signo litúrgico. Es memoria de nuestra vocación. “Conviértete y cree en el Evangelio”. Estas palabras, para nosotros, significa volver al espíritu mínimo: ser pequeños para que Dios sea grande, despojarnos para que Cristo reine, callar para que hable la caridad.
El Santo Padre nos recuerda en su mensaje que la Cuaresma no puede quedarse en gestos externos. También nuestro fundador, san Francisco de Paula, nos enseñó que la verdadera penitencia nace del amor y conduce al amor. No es dureza estéril, sino fuego purificador.
Hermanos/as:
Hoy estamos llamados a renovar nuestro compromiso de vida evangélica en medio del mundo. A vivir el ayuno, no solo como privación, sino también como solidaridad. A practicar la oración, no solo como deber, sino también como encuentro ardiente. A ejercer la caridad, no solo como ayuda, sino también como entrega humilde.
El papa León XIV insiste en una conversión que transforme nuestras relaciones, nuestras comunidades y nuestra presencia en la sociedad. ¿No es esto mismo el carisma mínimo? Ser levadura silenciosa, ser paz en medio del conflicto, ser coherencia en tiempos de superficialidad.
San Francisco de Paula eligió el nombre de “mínimos” para recordar que el camino del Evangelio es el de la pequeñez. En un mundo que busca grandeza, nosotros elegimos el servicio. En una cultura que exalta el poder, nosotros abrazamos la humildad. En una sociedad que olvida a los débiles, nosotros nos acercamos a ellos.
Que esta Cuaresma nos encuentre fieles a nuestro espíritu: más sencillos, más penitentes, más fraternos.
Que el desierto sea escuela de humildad.
Que la ceniza avive en nosotros el deseo de santidad.
Que renovemos nuestro “sí” a vivir como auténticos terciarios mínimos, fermento evangélico en nuestras familias, en la parroquia y en los lugares de trabajo.
Caminemos hacia la Pascua con corazón mínimo y esperanza grande.
Porque quien se hace pequeño, “mínimo”, por amor, participa ya de la victoria del Resucitado.
#para el que ama a Dios todo es posible.
Francisco Martínez Peiró
Corrector Fraternidad Mínima Seglar
Alaquàs (Valencia)

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