6/3/19

CARTA DEL CORRECTOR GENERAL OM PARA LA CUARESMA


A vosotros hermanos, Monjas y Terciarios Mínimos,
Salud y paz en Jesucristo bendito

A las puertas de la Cuaresma deseo compartir con vosotros algunos pensamientos que nos ayuden a celebrar la Pascua del Señor; con ello podremos saborear ya el gozo de lo que nos espera cuando cara a cara experimentemos el Amor del Padre.

0 CAMINANDO HACIA LA PASCUA
“Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15), es una llamada a cada uno de nosotros, a toda la Iglesia  a volver  la mirada del corazón a Cristo, el Señor: es Él el Evangelio que hay que leer cada día para nutrirnos de Él, confrontarnos con Él, asemejarnos a Él, para vivir y compartir como Él.
Con Jesús, pues, vayamos al saludable desierto cuaresmal (cfr. Lc  4, 1-13), para permanecer y descansar con Dios. Con su luz veremos y verificaremos  la firmeza de nuestra fe, reconoceremos nuestras debilidades y nuestras infidelidades, nuestras desconfianzas en la misericordia del Padre. Es hora de adherirnos con mayor decisión a la misión que el Señor nos encomienda como bautizados y consagrados a la causa del Reino de los cielos (cfr. Mt, 3,2).

1 UN MAESTRO ESPECIAL DE LA SANTA CUARESMA
Nuestro Santo Padre Francisco nos acompaña por el camino cuaresmal;  desde hace 500 años la Iglesia lo reconoce como “luz que ilumina a las gentes”,  y lo  propone como modelo de santidad, es decir, de vida convertida y orientada enteramente a Dios, vida verdaderamente humana y realizada en Jesucristo (cfr. Rm 13,14; Col 3, 12-17).
  La tríada cuaresmal - oración, ayuno, limosna (cfr. Tob 12,8)  - tomada como su proyecto y el de su familia religiosa, ha sido un signo eficaz y una poderosa provocación para la reforma de la Iglesia y de los hombres de su tiempo. Todo el siglo XV, en Italia y Francia, ha estado marcado por el testimonio de este ermitaño: humilde, sencillo, penitente y acogedor, que se alimentaba de Dios y del Evangelio. Por eso era buscado, amado, venerado, escuchado; de su boca emanaba aquello de lo que se nutría: caridad, alimento de Dios para el creyente. Después traducía  él su fe en pan espiritual y material para los más necesitados.
Puesto que la cuaresma es icono del camino de santidad, los hijos de San Francisco de Paula, una vez metidos en la celebración centenaria, vivámosla como una gracia para actuar hoy la invitación a un nuevo estilo de vida en Cristo: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (cfr. Lv 19, 2); es decir, dejémonos revestir de lo específico de Dios que es amor (cfr I Jn 4, 8) y misericordia (cfr. Ef 2,4-5).
Por  tanto emprendamos cada uno el propio ritmo hacia la vida buena descrita por el Anónimo (An. III)  y expresada en los recientes documentos del Magisterio como vida buena del Evangelio (EG 114).
Que no nos desanime nuestra debilidad, nuestro pecado, nuestro cansancio, las provocaciones y la cultura de nuestro tiempo tan marcada por el egoísmo, relativismo, hedonismo; confiemos, sobre todo, en la presencia y bondad de Dios, y en Él encontraremos la fuerza (cfr. Rm 12,2; I P 1, 14-16).

2 CONVERTIRNOS PARA SER SANTOS  
Miremos a nuestro Santo Fundador que el Papa León X presenta como vir fortis que adversus mundum, carnem et demonem fortiter dimicavit, y que copiosam utriusque sexum fidelium multitudinem salubriter post se traxit (Excelsus Dominus) – (varón fuerte que peleó con fortaleza contra el mundo, carne y demonio, y que atrajo en pos de sí gran multitud de fieles de uno y otro sexo).
Aprendamos de él, mediante la tríada penitencial, el evangélico GAUDETE ET EXULTATE (Mt 5, 12), que el Papa Francisco ha evocado para toda la Iglesia en su Exhortación Apostólica sobre la santidad en el mundo actual. 
¿Por qué exultar y alegrarse? Motivo de tanto gozo es Jesús, el Señor que nos ofrece la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados, él mismo se nos ofrece (GE 1).
En el secreto de nuestro corazón – “Te gusta un corazón sincero” (cfr. Sal 51, 8) – preguntémonos: ¿cómo estamos siguiendo a Jesús?, ¿cómo estamos caminando?  ¿Es nuestra vida testimonio pascual?
La respuesta ya es empeño cuaresmal. Si caminamos hacia la Pascua, no podemos dispensarnos del entrenamiento penitencial. Hay que ver los frutos: paz, benevolencia, afabilidad, perdón, alegría (cfr. Ga 5, 22); lo que significa que estamos atraídos y conquistados por Aquél que  murió por nosotros para que tuviéramos vida (cfr. Jn 10, 10).

2.1 VIR FORTIS
Al desierto cuaresmal se va para alimentarnos de Dios, escuchar su Palabra, permanecer con Él, dispuestos a cumplir su voluntad.
Con esta visión el Papa León X contempla al beato Francisco como vir fortis, hombre fuerte, sólido, estable, firme, robusto en la fe porque ha orientado todo en la vida hacia Dios, a quien se había consagrado enteramente. Nuestro Fundador había empapado de oración todo su tiempo, y aprovechaba  toda ocasión para permanecer, prolongar, intensificar el encuentro contemplativo, silencioso y de adoración ante su Señor. Su rostro, sus palabras, su comportamiento reflejaban esta experiencia: una luz especial, el gozo del Amado, era manifiesto a los ojos de quien lo encontraba.
Nos enseña él que la oración, que es experiencia de todo cristiano (cfr. Mt 6, 6), no consiste en repetir o multiplicar palabras o prolongar tiempos (cfr. Mt 6, 5), sino en cultivar y favorecer la apertura habitual a la trascendencia (GE 147). Esto nunca fue fácil, y menos lo es hoy cuando lo digital acecha a ocuparlo todo, “secuestrando” todo el tiempo, robándonos la relación vertical y horizontal. En verdad, sin la oración no se puede ir hacia el hombre.
Por tanto, en lo poco que podamos, durante nuestra jornada, en nuestras actividades, tratemos de alimentar el pulmón de la oración: “respiremos” a Dios y recibiremos el don de la conversión y de la santidad.
Empecemos por poner en marcha las manecillas de nuestro reloj “orante”, como ya el salmista parece conocer y utilizar cuando dice: Oh Dios, por ti madrugo (Sal 63, 2), por la tarde, en la mañana, al mediodía, me quejo gimiendo. Dios escucha mi voz (Sal 55, 18), y  en paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo (Sal 4, 9).

2.2 FORTITER DIMICAVIT
Para mantener el ritmo orante hay que recurrir a otro medio capaz de hacernos afrontar con eficacia el combate de la vida cristiana al que estamos permanente expuestos (GE 158). Se trata del ayuno, que además de privación alimenticia es capacidad de renuncia, de desprendimiento de sí mismo, descentralización del punto focal de observación; es, pues, combate consigo mismo.
Necesitamos de la ascesis que purifica y libera, que crea disponibilidad y espacio para Dios y para el hombre.
El joven Francisco, en el desierto de Paula y en otros lugares por donde pasó, no cejó nunca de luchar contra el mal del mundo, la carne, el demonio (Papa Francisco, 30.10.2014). Que no parezca pasada de moda esta expresión: siempre son estos los constantes enemigos del cristiano (GE 159). Hay que comprender su significado.
La lucha hoy es cada vez más ardua porque es abundante el condimento de los standars de nuestra sociedad globalizada que nos lleva a una vida mediocre, tranquila y anestesiante  GE 138), sin compromiso y sin gozo (GE 159).
Pero Francisco de Paula está convencido de que no  podemos ser fieles a Dios y al hombre si no estamos constantemente entrenados en la disciplina del cuerpo y del espíritu.
No hay otra salida: la penitencia, que es poner a tono a sí mismo, medirá la intensidad de nuestro amor a Dios y al prójimo.
Tras el ejemplo de nuestro Santo Padre Fundador y las exhortaciones del Papa Francisco, aprendamos a vivir las Bienaventuranzas en el día a día.
La austeridad y sobriedad sea la característica de nuestra existencia; la pobreza de espíritu la que nos abra a compartir (GE 70) y nos haga señores del mundo (I R, VI, 16).
No será fácil soportar los defectos de los demás ni resistir a la tentación de airear sus debilidades; huyamos del mucho hablar, que no puede ser sin pecado (IV R, VIII, 37). Dejémonos animar, pues, por el deseo de progresar de bien en mejor (S. Francisco), aun cuando nos cueste perseverar ante propuestas de bienestar sin esfuerzo.
Aprendamos a ser justos en las decisiones (GE 79) y en las responsabilidades sin empuñar la vara de la justicia como último y único remedio.
Es necesario y fundamental recurrir a  versar el aceite de la misericordia (IV R IX, 37) sobre la carne herida, sobre las llagas que continúan abiertas. Eso es servir a los demás, perdonar y comprender.
Nuestro Fundador nos susurra: perdonaos mutuamente de modo tal que no recordéis el agravio recibido (I R X, 38). Esta palabra es básica en toda la espiritualidad penitencial: sólo quien se siente amado y perdonado por Dios es capaz de perdonar y de pedir perdón al hermano. Esto es ascesis, camino de santidad ferial.
Examinemos, pues, la pureza de nuestro corazón, si está libre o no de toda escoria y resistencia humana para poder acoger a los demás como Dios acoge a cada uno de nosotros.  Dios no hace distinciones; todos somos sus preferidos, como hijos redimidos por la sangre de su Hijo (cfr. Rm 5,8-10).
Si el ayuno evangélico consiste en examinarse a sí mismo, evitemos el cuchicheo, la crítica destructiva; abramos la mente, el corazón y los brazos “también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses” (GE 89). Costará empeñarnos cada día en construir relaciones humanas, serenas, acogedoras, pero es la señal de nuestra cotidiana conversión. Así seremos continuidad de Francisco y de su primera comunidad paulana que sembraban obras de reconciliación y paz, según el Arzobispo de Cosenza, Pirro Carácciolo, su primer biógrafo.

2.3 POST SE TRAXIT
¿Qué hace de Francisco un polo de atracción? ¿Por qué una multitud de fieles de uno y otro sexo, según la Bula “Excelsus Dominus”, le ha seguido y lo sigue por el camino de la santidad? Su penitencia y austeridad sacuden y remueven las conciencias de sus interlocutores; pero es su corazón, ávido de Dios misericordioso, el que está abierto y acoge, sobre todo, a los más necesitados y marginados para conquistarlos y llevarlos por el camino de la santidad.
El tercer elemento de la tríada cuaresmal, la limosna, no es sólo extender la mano o el gesto de socorrer, es la actitud interior, la disposición y la mirada amable, sensible, cariñosa que se conmueve y ofrece. Pero sólo quien se siente hijo del único Padre sabe reconocer en todo hombre un hermano con el que compartir lo que uno es y lo que tiene.
En este tiempo de cuaresma la Palabra insiste en la infinita gratuidad que Dios por Jesús ha derrochado para devolvernos la dignidad que habíamos perdido, librarnos de las tinieblas del pecado y recrear la familia humana en la que cada uno se encuentre en su casa.
Que cada uno de nosotros se comprometa a revisar las relaciones humanas, las relaciones con los demás, sobre todo con los más alejados, que no es sólo uno entre tantos que encontramos, sino, sobre todo, es uno de la misma casa, comunidad, fraternidad, parroquia, ambiente laboral.
Por tanto no esperemos a que alguien alargue la mano o dé el paso o llame a la puerta suplicando espacio, tiempo, reconocimiento y amistad.
El Espíritu que nos ha consagrado para la misión  de la continua conversión, nos urge a salir del yo para ir al encuentro del tú; del mundo del yo hacia el nosotros, para crear fraternidad al servicio de los demás, de la Iglesia, del mundo.
Ello es posible si mantenemos la mirada en el Señor Crucificado y Resucitado que se ha despojado de su riqueza divina para compartirla con nosotros, cargando con nuestra pobreza humana (cfr. Flp 2, 6ss).

3 RUTILUM SIDUS IN ECCLESIAE FIRMAMENTO
Es el amor, la caridad de Cristo, el motivo, la fuerza, el alma del dinamismo cuaresmal: el amor, que todo  lo soporta, todo lo cubre, todo lo alcanza, es faro esplendente (Bula Escelsus Dominus); Cfr. I Co, 13.
Por tanto, hagamos todo por caridad, vayamos por caridad: es nuestro Fundador, San Francisco, que nos habla y nos invita a recorrer el mismo camino, asegurándonos su compañía y su orientación hacia la meta común: la Santa Trinidad.

El próximo 27 de marzo, memoria del nacimiento de nuestro Santo Padre y Fundador, nos encontraremos en Paula para responder a su invitación y abrir el V Centenario de su canonización que cerraremos el 4 de mayo de 2020. Celebraremos este año especial con sencillez y sobriedad, pero muy entregados en alimentar la luz carismática que el Espíritu nos consigna también hoy para que brille en la Iglesia.
En el lugar donde hemos nacido como Familia de los Mínimos, reforzaremos el deseo de vivir en el tiempo y en la historia buscando los bines de allá arriba (cfr. Col 3, 1).
Dado en nuestro Convento de S. Francisco de Paula,
Roma, 6 de marzo de 2019, Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma.

P. Gregorio Colatorti

Corrector General

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