7/1/22

CARTA DEL CORRECTOR GENERAL POR EL IV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL BEATO NICOLÁS BARRÉ O. M.


CURIA GENERAL DE LA ORDEN DE LOS MÍNIMOS

Convento di S. Francesco di Paola

Piazza S. Francesco di Paola, 10

00184 ROMA

Prot. n. 1105 G 504/2021


Oh Dios, que has concedido al Beato Nicolás Barré, sacerdote, la gracia de dar a conocer a Jesucristo a los pequeños y humildes; concédenos que, instruidos por su ejemplo, obedientes a las inspiraciones del Espíritu Santo, estemos siempre atentos a las necesidades del prójimo (cfr. Liturgia del Beato Nicolás Barré).


A todos vosotros Frailes, Monjas y Terciarios Mínimos, ¡salud y paz en Jesús Bendito!

Muy queridos hermanos,

Una vez más el Señor nos invita en estos últimos años a considerar la riqueza y hermosura de nuestro carisma, recordando la santidad que ha producido en la historia. Después de la alegría que nos causó la beatificación del P. Nicolás Barré, el 7 de marzo de 1999, ahora, celebrando el IV Centenario de su nacimiento (Amiens 21 de octubre de 1621-París 31 de mayo de 1686), renovamos esa alegría por esta figura y gran testimonio para nuestro tiempo. Religioso sacerdote Mínimo y fiel discípulo del Santo de Paula encarnó en su época el amor por los últimos, fundando las escuelas populares en Francia, pues así está considerado, y las Hermanas del Niño Jesús de la Providencia que siguen trabajando en la misión educadora de los adolescentes.

Nuestra Orden se alegra de contar con esta figura importante y con las Congregaciones por él fundadas. Nos unimos a las Hermanas del Niño Jesús y queremos compartir con ellas la riqueza de dones que el Beato Barré nos ha dejado.

El P. Barré también hoy es ejemplo y referente para nuestras respectivas congregaciones sobre todo en el cómo actualizar nuestra presencia y nuestra misión específica en la Iglesia.

En este sentido, más allá de la actividad pedagógica para con los niños y jóvenes, el P. Barré es un referente respeto a la pedagogía para con los adultos por la novedad de la dirección espiritual y constituye un ejemplo para todos los que buscan a Dios. En su experiencia espiritual y en su predicación, en efecto, él alarga la categoría de aquellos “pequeños” a todas las actuales deficiencias espirituales.

Ante nuestros ojos están las dificultades de nuestro tiempo, sobre todo la pobreza espiritual y la búsqueda de Dios. Conseguir una justicia que pueda responder a las esperanzas de desarrollo integral del hombre, las llamadas a una financiación solidaria y más atenta a los necesitados, la pandemia y todas sus consecuencias, son signos indicadores de ausencia de valores más profundos, y nos interpelan a proponer al hombre de hoy testimonios que le orienten hacia el jardín del Edén, de donde salió, para que pueda sentirse otra vez guiado y asistido por la paternidad de Dios.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, que se encarnó para ser nuestro modelo de santidad (cfr. Cat. 459), el Beato Barré constituye para nosotros indicio de que la santidad es posible, y es el fin de nuestro camino cristiano, proponiéndonos una santidad concreta y realizable, que se encarna en la historia a través de sus obras, como una llamada para los que buscan a Dios, ante todo como fruto de una alegría vivida y realizada.

Con su experiencia personal y espiritual, el mismo P. Barré realizó el propósito concreto de testimoniar en la vida y en las obras cuanto Dios había introducido a través de la Encarnación de su Hijo, a saber, la obra de la salvación. La santidad, obra de Dios encarnado, sigue siendo actual hoy a través del P. Barré, precisamente como fruto de la encarnación de Dios en la historia, y a través de su ejemplo de santidad la Providencia divina nos ofrece un auténtico testimonio en el camino de acercamiento a Dios. La experiencia del P. Barré en este sentido se puede describir y resumir en cuatro etapas.


1. “Hay que buscar a Dios” (Carta, 4)

La primera disposición necesaria para emprender el camino del encuentro con el Señor y poder conocerlo es buscarlo con sincero corazón (cfr. Sal 145, 13-21).

La búsqueda que el Beato Barré resume en la expresión “hay que buscar a Dios”, la describe a través de un proceso largo y complejo, nunca interrumpido en su vida, que inicia por la consideración realista de sí mismo y sus límites, y que genera la búsqueda de la grandeza de Dios y su obra de salvación con temor sagrado.

Durante su “noche oscura”, el deseo de buscar la comunión con Dios, tan probado por una gran sequedad espiritual, ha tenido muy presentes tres principios: realismo, humildad, abandono. Principios que recomendará a quienes experimentan tiempos de sequedad. Humildad y realismo son, sin duda, virtudes importantes para toda persona que quiera adentrarse en el conocimiento de Dios. Realismo y humildad intelectual caracterizan, de hecho, cualquier camino que quiera ser una auténtica búsqueda de la verdad, más aún de la verdad de Dios, ya que mantienen la búsqueda en el ámbito de la verdad objetiva, no condicionada por prejuicios o preconcepciones provenientes del interior o del exterior.

Nicolás Barré estudia y asimila la penitencia de la Regla de los Mínimos desde su ingreso en el convento de Amiens a través de los ayunos, las renuncias, el amor al silencio muy custodiado; la penitencia es la escuela desde la que aprende a vivir lo esencial; es el camino diario de realismo sobre sí mismo y de la humildad como ejercicio de enfrentamiento continuo consigo mismo, es examen diario de conciencia que lleva al conocimiento sincero de uno mismo, y por tanto al perdón y a la paciencia, dispone a la comprensión-compasión, a ser modestos y bondadosos, abiertos a la búsqueda libre y personal de la verdad.

Abandonando toda distracción del mundo, el hombre encuentra su lugar en la creación y en la humildad de reconocerse criatura, abre la mente y el corazón ante la presencia de Dios y sus dones. De hecho, hablando de esta experiencia, el Beato Barré escribe: “Hay que buscar a Dios” (Carta 4). La docilidad y la pobreza de espíritu que se derivan del ejercicio de la humildad y de la penitencia, llevarán al religioso Mínimo a reconocer su fuerza en Dios, incluso en los momentos más difíciles como la “noche oscura”, hasta transformarla en “un espléndido día”. En el ejercicio de la humildad y de la penitencia aprende también que para ascender en el conocimiento de Dios es necesario reconocer las limitaciones del conocimiento humano y abrirse a la Gracia, que es revelación y don de Dios mismo. De este modo el esfuerzo ascético resulta un camino que prepara la mente y el corazón a recibir el don de la Gracia, verdadero conocimiento de Dios. Lo demuestra la noche oscura que es la auténtica penitencia del espíritu, como purificación de toda ilusión humana: “El amor divino quiere escoger como sus bien-amados a los que le place. No quiere y no puede sufrir, que se obligue a aceptar siempre a los que se le ofrecen, ni que pretendamos subir hasta allí dónde queramos. Es el amor propio el que actúa en estos dos modos de ofrecerse” (Máximas particulares para las Maestras de las Escuelas Caritativas, 5). Por tanto, quien quiera buscar a Dios, después de reconocerse ser criatura con sus limitaciones, debe abandonar el orgullo y todo enfoque meramente humano, dejándose modelar en el camino por Dios mismo: “Debe estar en las manos de Dios como un pincel en las de un pintor, y como la pluma en las de un escribano. Observad de paso que la pluma, para que escriba bien, debe ser a menudo cortada, hendida, tallada” (Ibidem, 31). Para conocer y amar a Dios es, pues, condición necesaria abandonarse a Él con confianza y libertad.


2. “Studium” (El estudio)

2.1 Desde su entrada en el convento, Nicolás Barré destaca por su compromiso en el estudio de la filosofía y de la teología; por eso fue enviado por los superiores al convento de Place Royale antes de haber terminado el período de formación requerido para la ordenación sacerdotal. En este convento residen los religiosos más activos intelectualmente, y en el que se está montando una de las bibliotecas conventuales más grandes de París. El Beato comparte la vida comunitaria con el P. Niceron, con el P. Mersenne, y se le confía la formación de los estudiantes de teología. Sin duda, el contacto con los dos religiosos más ilustres de la época y el encargo de la formación de los alumnos enriquecieron su reflexión y experiencia personal. Además de cultivar las áreas filosófico-teológicas, también profundiza sus estudios en otras materias y áreas, por lo que P. Thuillier escribe que el P. Barré tiene desde su Juventud: “una apertura general y una gran facilidad para todas las ciencias superiores y para comprender los principios de todas las artes liberales y mecánicas, disfrutando singularmente de razonar sobre todo el saber con todos” (Thuillier, Diarium, p. 225). Su estudio personal, además de orientarlo al conocimiento de la Escritura, tenía un claro propósito pastoral, como lo relata el propio Thuillier: “Decía a menudo que era útil para un hombre apostólico saberlo todo, servirse de todo para ganar a todos para Dios” (Ibidem). La cultura personal, el estudio y la meditación de la Palabra de Dios han impulsado su anuncio y su obra en el trabajo específico de educar y formar a los pobres.

2.2 Mientras se busca a Dios y la comunión con Él, la ocupación de la razón constituye la fase preparatoria para el encuentro con la revelación de Dios, no sólo porque ayuda a interpretar bien las Escrituras, sino porque a través de ellas se pueden releer en la creación y en la historia de la salvación los signos de la presencia de Dios y su acción; un conocimiento que luego transmitirá en su ministerio pastoral y pedagógico. A través del estudio y de las artes liberales agudiza la inteligencia para poder leer e interpretar los hechos que enfrentan a Francia en ese momento y crean las diversas miserias que afligen a la sociedad. Al mismo tiempo es consciente de que el conocimiento y el estudio son útiles “para iluminar las conciencias…” (MTP,80). De ello podemos deducir la importancia que tenía el estudio para el Beato Barré, como lo tenía para Dionisio el Areopagita y S. Agustín, como medio para conocer la creación y sus fundamentos y, por tanto, para poder desarrollar el sentido crítico necesario para acercarse a las verdades de Dios. El P. Nicolás Barré llevaba a la práctica lo que Buenaventura ya había expresado claramente en su Itinerarium, a saber, que por el conocimiento de la creación y de los seres creados podemos acercarnos al conocimiento de Dios (Cfr. Itinerarium, I-III).

Como ferviente religioso y alma elegida era consciente de que la ciencia: “es un gran obstáculo para la santidad…también hincha. Alimenta el amor propio y el orgullo. Los vicios del espíritu son más difíciles de vencer y curar que los del cuerpo. Para pertenecer a Dios hay que considerarse entre los más pequeños” (MTP, 80); por tanto, también el estudio debe ir acompañado de la conciencia de las propias limitaciones y de que es imposible conocer lo que humanamente es incognoscible sin un enfoque de humilde escucha y libre de todo prejuicio.


3. Oración y meditación

Aprovechando la tradición de los Padres de la Iglesia, de Santo Tomás y de los místicos, que demostró conocer y amar con pasión sobre todo para orientar su vida espiritual, el Beato Barré propone que la oración debe ir necesariamente acompañada del estudio (studium). Es el principio unificador de todo conocimiento humano y un catalizador de estos hacia el fin último del conocimiento de Dios. Así escribía a un sacerdote amigo suyo, profesor de teología como él: “Pues enseñando teología es preciso que, en relación con este ejercicio, usted se sienta en una dependencia muy particular, esforzándose en vivir según las verdades eternas, en una especie de soledad, en la necesidad de emplear el tiempo fielmente y, en fin, en una continua sumisión… No tema que sufran sus estudios, al contrario, tomarán una nobleza, una extensión y una solidez muy particular. Los libros que sirven para la oración son, como usted sabe y como lo sabrá aún más, de una más alta y más divina erudición, y de muy otra impresión que los libros muertos, de papel, que están entre las manos de los sabios de la tierra” (Carta 18). Pero ¿qué oración podría elevar a Dios un buscador atribulado o un incrédulo de hoy?

3.1 En la experiencia del Beato Barré, la disposición previa para la oración y la meditación, según la tradición de la Iglesia, es el silencio, lugar de encuentro con uno mismo y con Dios. El silencio es una de las herramientas fundamentales con las que afrontará su noche oscura de vuelta a Amiens para recuperarse del cansancio y de la noche. Vive este momento en la sencillez y en el silencio realizando los más humildes servicios y cuidando la sacristía de la iglesia. Por tanto, el silencio que observa y busca el humilde cumplimiento de los deberes consigo mismo y con los demás, constituye una importante oración de amor, para empezar a abrirse al conocimiento de Dios y a la fe, como atestigua el Beato.

3.2 En la carta a su amigo, sacerdote y teólogo, expone el sentido de la oración y su importancia, pero también la necesidad de que sea asidua para alcanzar el conocimiento y la comunión con Dios: “Y haga lo que haga, no hay que omitirla ni un solo día; sin ella, todo va al revés; y por pobre que sea, nos ennoblece, nos sostiene y nos procura secretamente grandes bendiciones que sin ella nos faltan” (Carta 18). La oración en la experiencia del Beato, a tenor de la Regla y de la espiritualidad Mínima y como la define Francisco es: “una gran fuerza… que penetra donde la carne no puede llegar” (IV R VIII, 35). Ennoblece, pues hace que el espíritu y la mente del hombre que ora sean capaces de un conocimiento que no podría alcanzar sólo con la razón. Por lo demás es el único medio, junto con los sacramentos, para poder llegar a la plena comunión con Dios, como demostrará en su experiencia de vida similar a la de muchos otros místicos de la Iglesia. Unida a la meditación ilumina los motivos profundos del hombre, transforma su corazón para elevarlo a la verdadera comunión-participación con Dios y lo lleva a superar los límites de la visión y conocimiento humanos.


4. La caridad

4.1 Esta virtud, principio y fin de todo camino cristiano, constituye la disposición necesaria para el verdadero buscador de Dios y para todo auténtico discípulo, según el ejemplo del P. Barré. El discípulo que vive en función de la caridad, en función de Dios mismo, se distingue por esta virtud fundamental, sin la cual no puede definirse como tal: “Tendríamos que morirnos de vergüenza cuando simulamos amar a Jesús, siendo así que en realidad no le amamos en absoluto; ya que en verdad no amamos a sus miembros, y no tenemos afecto al prójimo, del que el más pequeño de entre ellos es su imagen… (Máxima 208). ¿Queremos saber si amamos a Dios? Revisemos nuestra conducta con respecto a los demás. En primer lugar, ¿tenemos para ellos esa afabilidad, esa dulzura, ese respeto, esa bondad externa e interna que debemos tener con todos nuestros hermanos al recibirlos y considerarlos como hijos de Cristo”? (L. 5). En la experiencia del P. Barré como en la experiencia propia del cristiano (Cfr. I Jn 4, 20), amar al hermano es consecuencia de amar a Dios, es decir, de mirar al hermano con la misma mirada misericordiosa de Dios. No sólo en sus necesidades materiales sino más aún en las espirituales: “Las necesidades espirituales son mucho más considerables que las corporales. Por grande que sea la miseria del cuerpo, la naturaleza le procura mil inventos para aliviarla. ¡Cuántas astucias entre los mendigos para conseguir una moneda! Por el contrario, casi todos los pobres mueren de hambre espiritual. Se inquietan poco del hambre de su alma. Se condenan sin pensarlo. Así pues, la limosna espiritual es preferible, mucho mejor y más excelente que la corporal … Una de las pruebas para el Mesías, sacada de las ventajas que Jesucristo aporta en el Evangelio, es que los pobres son evangelizados” (Máximas 219-222). Al compromiso exclusivo de quienes se dedican únicamente a la cultura o a los medios exteriores, el P. Barré opone su ejemplo y su mensaje de evangelización porque: “Formar creyentes, ayudar a las personas a encontrar a Dios, vale más que construir iglesias y embellecer sus altares, porque es prepararle moradas espirituales y templos vivientes” (Máximas… 13.

4.2 Por encima de la caridad-amor ofrecido, el Beato Barré experimenta y testimonia ante todo el amor de Dios recibido y el proveniente del rostro de los pobres que encuentra; en ellos reconoce a Cristo mismo, como en un círculo continuo en el que el Señor mismo ayuda a buscar la perfección de la caridad que contempla en la Trinidad. En la obra que él propone invita reiteradamente a las maestras y a las religiosas a identificarse con el amor divino y ofrecerlo de la misma manera; invita a ver en la educación de los niños y en todas las personas a las que se acercan espiritualmente el mismo amor de Dios que las interpela y a quien deben reflejar para ser verdaderas educadoras. En la obra de las maestras y hermanas el cuidado paterno-materno de Dios devenga amor pedagógico tan fuerte hasta hacerlas pasar por la “noche oscura” de la purificación a través de las dificultades y sufrimientos de la vida, como había experimentado el mismo P. Barré, y como escuela que forja más fuerte el amor a Dios.

4.3 Esta caridad abre el corazón del Beato y de sus hijos espirituales a las exigencias de los pobres y de los últimos y es principio de discernimiento de todo lo que ocurre para el progreso integral de la persona, empezando por las necesidades materiales y primarias, hasta llegar a las espirituales y de sentido, respetando la individualidad de cada uno: discernir este fruto con el fin de potenciarlo, llevarlo a madurez perfecta.

Ejecutando la pedagogía de la caridad que no presume, no se engríe, no es indecorosa ni egoísta, el Beato Barré puede acercarse a cada uno con docilidad, sea cual sea su estado, sin prejuicios y siempre disponible, testimoniando y ejecutando la fuerza de la caridad que conduce a un proceso de madurez afectiva, dialogante y solidaria. Lo que no dice expresamente sobre esto en sus enseñanzas el Beato lo ha testimoniado con la vida y gestos sin distinción de personas, pero con predilección por los más sencillos. El P. Barré es consciente de que toda miseria humana es consecuencia de la miseria espiritual, y también de que cada persona conserva en su corazón el deseo de Dios; por eso trabaja en su pedagogía para que este deseo emerja en la persona y pueda ser apagado a través de un auténtico camino cristiano. La caridad es seguramente la virtud más universal que exista. Es la exigencia, inherente al corazón de todo hombre: amar y sentirse amado, sin la cual el hombre se percibe desfigurado, disperso, sin un fin inmediato ni futuro. La caridad es, pues, la virtud que une a todos los hombres, si bien para el cristiano sólo puede tener su origen en Dios que la infunde en el propio corazón, cuando al recibir el don de la vida Dios concede a cada hombre lo que Justino llamó Semina Verbi, esa luz de la palabra y de la cercanía de Dios anunciada por la Palabra. Agustín, siguiendo a Justino, hace depender toda decisión del hombre creyente o no del conocimiento de la caridad, con la siguiente expresión: “Si tienes la caridad, sabes ya un principio que en sí contiene aquello que quizá no entiendes. En los pasajes de la Escritura abiertos a tu inteligencia la caridad se manifiesta, y en los ocultos la caridad se esconde. Si pones en práctica esta virtud en tus costumbres, posees todos los divinos oráculos, los entiendas o no. En resumen, lo que entiendes de las Escrituras es la Caridad que se te revela, y lo que no entiendes es la Caridad que permanece oculta para ti. Por tanto, quien practica la caridad posee las divinas Escrituras tanto lo evidente como lo oculto” (S. Agustín, Discursos 350, 2); termina diciendo que la caridad es el camino e instrumento de todo hombre para discernir el verdadero bien y encontrar el bien supremo: “Así hallamos que la caridad hace a un hombre duro y la maldad hace a otro afable: el padre pega a su hijo, el traficante de esclavos se muestra afable. Si presencias una y otra acción, los golpes y los gestos de afabilidad, ¿quién no elegirá a éstos y rehuirá aquéllos? Si pones los ojos en los sujetos que realizan esas acciones, es la caridad la que pega y la maldad la que se manifiesta afable. Ved lo que trato de meteros en la cabeza: la bondad de las acciones de los hombres sólo se discierne examinando si proceden de la caridad. En efecto, pueden realizarse muchas que poseen una apariencia de bondad, pero no proceden de la raíz de la caridad; también las zarzas tienen flores. Otras acciones, por el contrario, parecen duras y crueles, pero se llevan a cabo para imponer la disciplina bajo el dictado de la caridad. Así, pues, se te da este breve precepto: ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien” (S. Agustín, Comentario a la I Jn 708).


5. Conclusión

En la vida y en las obras del P. Barré, transmitidas a lo largo de cuatro siglos, encontramos un buen estímulo para todos los que buscan a Dios y también para nosotros religiosos y consagrados, para no desanimarnos en el anuncio y para centrarlo en lo esencial, siendo éste quizás el mayor desafío de la Iglesia del futuro. Podemos encontrar igualmente aliento en nuestros esfuerzos evangelizadores frente a la confusión y las dificultades del momento en muchos aspectos de la vida humana de hoy: el cuidado por el medio ambiente, la solidaridad entre los pueblos, la superación de barreras culturales y raciales, el cuidado a la dimensión afectiva y relacional, … podemos reconocer el deseo de una vida más centrada en las relaciones y la búsqueda de lo trascendente. Proponer de nuevo con fuerza el ejemplo del Beato Barré puede resultar útil al hombre de hoy, cualquiera que sea su cultura, raza, religión o estado y grado de madurez en la fe.

Que podamos unir cada vez más los esfuerzos y responder juntos a esta necesidad que nos interpela.

La Orden de los Mínimos se alegra por la riqueza espiritual que el P. Barré testimonia hoy para cada uno de nosotros, y que vive y actualiza en sus fundaciones.

Quiero, por tanto, expresar a las Hermanas del Niño Jesús y a las Hermanas de la Providencia el más sentido agradecimiento por su testimonio y su obra en toda la Iglesia y por aquella insustituible y preciosa que realizan en varias de nuestras comunidades, reavivando la catequesis y la atención a los más necesitados.

Oremos mutuamente para que el Señor nos mantenga siempre fuertes y perseverantes en nuestro carisma, y nos asista con la bendición de nuevas vocaciones.

Para poder vivir este momento de gracia en la oración y en la comunión fraterna se ha enviado un formulario para celebrar, juntos, siguiendo el ejemplo del P. Barré, los momentos de reconciliación fraterna previstos por nuestras constituciones (n. 51) durante el año, y un formulario para añadir a las invocaciones de la Liturgia de las Horas.

Os saludo en nuestro Padre San Francisco de Paula, y que el Beato Barré, que enriquece el carisma de nuestra triple familia, bendiga todas nuestras buenas intenciones.

Desde nuestro Convento de S. Francisco de Paula

Roma, 21 de octubre de 2021, Memoria y IV Centenario del nacimiento del Beato Nicolás Barré.


P. Gregorio Colatorti

Corrector General

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A toda la Familia Mínima,

Frailes, Monjas y Terciarios.

A las Hermanas del Niño Jesús- Nicolás Barré

A las Hermanas del Niño Jesús de la Providencia de Rouen



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