14/6/26

SOLEMNIDAD DE SAN FRANCISCO DE PAULA EN ARCHIDONA (MÁLAGA)


CRÓNICA

El sábado 13 de junio de 2026 a las 12,00 h. se celebró en la iglesia de las Monjas Mínimas de Archidona (Málaga) la bendición de la imagen restaurada de su Fundador, San Francisco de Paula y una Eucaristía en acción de gracias.

Esta imagen de S. Francisco de Paula es una escultura de bulto redondo, de las denominadas “de vestir”, realizada en madera tallada y policromada en cabeza, manos y piernas desde las rodillas. Por su estilo barroco se puede datar al siglo XVII, pero se desconoce su autor. Representa a San Francisco de Paula como ermitaño, con una larga barba, vestido con sayal y capucho; porta una maqueta de una iglesia en la mano izquierda realizada en plata y un báculo pastoral en la derecha, símbolos de su condición de fundador de una Orden religiosa. Se le reconoce fundamentalmente por su hábito, que lleva un Charitas rodeado de rayos sobre el pecho.

La obra se encontraba en un estado de conservación precario con muchas grietas y fisuras, que hacían peligrar su estabilidad estructural.

La restauración fue obra de los maestros Juan Alberto Filter e Isabel María Rabadán, su esposa, que antes de la Misa, explicaron las distintas fases del largo proceso, con la proyección de la imagen antes y después de la labor.


La Eucaristía fue presidida por P. Taras Yeher, Postulador General de la Orden de los Mínimos, que vino expresamente desde Roma para este evento, acompañado por el párroco de Archidona, Don Francisco Sánchez y por el Vicario parroquial, Don Nicasio Gail.


La Superiora de la comunidad, Madre Lourdes Sánchez-Lafuente Cano, en su discurso de agradecimiento a conclusión de la celebración, puso de relieve que al contemplar de nuevo la imagen restaurada de San Francisco, se renovaba también la devoción, la memoria y el cariño profundo que el pueblo y la comunidad de Monjas Mínimas profesan a este santo tan humilde y tan grande.


Con mucha emoción expresó un sentido agradecimiento a todos los que habían colaborado a esta restauración, porque, dijo, conservar este patrimonio no significaba solamente cuidar una obra artística, sino preservar la historia, la fe y las emociones de quienes, durante tantos años, han rezado ante esta bendita imagen de San Francisco de Paula.




HOMILÍA DEL P. TARAS YEHER
POSTULADOR GENERAL DE LA ORDEN DE LOS MÍNIMOS


Queridas hermanas Monjas Mínimas, queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Hoy la Iglesia nos reúne en torno a una figura pequeña y grande a la vez: san Francisco de Paula. Pequeña, porque él quiso ser mínimo, pobre, humilde, escondido, servidor. Grande, porque Dios sabe hacer grandes a los humildes; sabe levantar desde lo pequeño una luz que no se apaga.

Celebramos esta solemnidad en un lugar especialmente querido por san Francisco: un monasterio de sus hijas, de mujeres consagradas que, en el silencio, en la oración, en la penitencia y en la caridad, mantienen viva una llama que no pertenece solo a ellas, sino a toda la Iglesia. Y hoy, además, esta celebración tiene un signo visible: ha sido bendecida la imagen restaurada de san Francisco de Paula. Una imagen que vuelve a aparecer ante nuestros ojos con nueva belleza, como si nos dijera: también la fe necesita ser restaurada, también la esperanza necesita ser limpiada del polvo, también la caridad necesita recuperar su rostro luminoso.

Pero una imagen de un santo no es simplemente un objeto devocional. No está aquí para sustituir a Cristo, sino para conducirnos a Cristo. No está aquí para detener nuestra mirada, sino para educarla. Porque los santos son como ventanas: a través de ellos entra una luz que viene de Dios.

La primera lectura nos ha hablado de un desierto que florece. “Se alegren el desierto y la tierra seca, regocíjese la estepa y florezca”. Es una promesa hermosa, pero también muy realista. Porque todos conocemos algún desierto: el desierto del cansancio, de la soledad, de la enfermedad, de la rutina, de una fe que a veces parece seca; el desierto de las familias heridas, de los jóvenes desorientados, de los ancianos olvidados; el desierto de un mundo que corre mucho, pero no siempre sabe hacia dónde va.

Y en medio de ese desierto, Dios promete una flor.

San Francisco de Paula fue una de esas flores que Dios hizo brotar en la tierra. No fue una flor de apariencia, sino de profundidad. No fue grande porque buscó poder, fama o reconocimiento. Fue grande porque dejó espacio a Dios. Y cuando una persona deja espacio a Dios, el desierto empieza a cambiar.

Este es quizá el primer mensaje de san Francisco para nosotros: no tengamos miedo de ser pequeños. El mundo nos dice continuamente que hay que ser importantes, visibles, influyentes, fuertes. El Evangelio, en cambio, nos dice que Dios revela sus secretos a los pequeños. Jesús lo proclama hoy con alegría: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.

Los pequeños no son los ingenuos. No son los débiles sin esperanza. Los pequeños son los que no se ponen en el centro. Son los que saben escuchar. Son los que no necesitan ocupar todo el espacio. Son los que, aun con sus heridas, siguen confiando. Son los que no hacen ruido, pero sostienen la vida de muchos.

Queridas hermanas, vuestra vocación mínima es una predicación silenciosa de esta verdad. En un mundo que tantas veces mide la vida por la utilidad, por la productividad y por la visibilidad, vuestra presencia dice otra cosa: que una vida escondida en Dios puede ser fecunda; que la oración no es evasión, sino raíz; que la penitencia cristiana no es tristeza, sino libertad; que la clausura no es ausencia del mundo, sino una forma misteriosa y profunda de abrazarlo ante Dios.

Y a vosotros, hermanos y hermanas aquí presentes, san Francisco os dice también: la santidad no está lejos. No empieza en gestos extraordinarios, sino en la caridad concreta. En la paciencia de cada día. En el perdón dado y recibido. En el trabajo hecho honestamente. En el cuidado de los hijos, de los padres, de los pobres, de los enfermos. En esa fidelidad humilde que casi nadie ve, pero que Dios mira con ternura.

La segunda lectura nos ha llevado al corazón de todo: la caridad. San Pablo lo dice con palabras que atraviesan los siglos: si no tengo caridad, no soy nada. Puedo hablar, saber, hacer, organizar, dar, incluso sacrificarme; pero si me falta la caridad, todo queda vacío.

San Francisco de Paula entendió esto profundamente. Su vida puede resumirse en una palabra que es también un fuego: Charitas. Caridad. Pero la caridad cristiana no es solo sentimiento amable, ni simple generosidad humana. La caridad es el amor de Dios derramado en el corazón. Es mirar al otro no como una carga, sino como un hermano. Es aprender a vivir no preguntando siempre: “¿Qué me corresponde?”, sino: “¿Qué puedo ofrecer?”.

La caridad es paciente: por eso sostiene a las comunidades. La caridad es benigna: por eso cura las heridas. La caridad no busca su propio interés: por eso hace posible la vida familiar, la vida religiosa, la vida de la Iglesia. La caridad todo lo espera: por eso no declara perdido a nadie.

Hoy necesitamos mucho esta caridad. La necesitan nuestras casas, cuando el diálogo se vuelve difícil. La necesitan nuestras comunidades, cuando aparecen cansancios y diferencias. La necesita la Iglesia, para no convertirse en una institución fría, sino en una madre que escucha, acompaña y levanta. La necesita el mundo, para no acostumbrarse a la injusticia, a la violencia, a la indiferencia.

Y aquí entra también el signo de la imagen restaurada. ¿Qué significa restaurar una imagen? Significa quitar lo que oscurece, reparar lo que se ha dañado, devolver la armonía de los colores, permitir que el rostro vuelva a hablar.

Pero tal vez, mientras restauramos una imagen, Dios quiere restaurar también algo en nosotros.

Quizá hay en nosotros una fe cubierta de polvo. Quizá una esperanza agrietada. Quizá una caridad que se ha cansado. Quizá una imagen de Dios deformada por miedos, decepciones o heridas. Quizá una imagen del prójimo que necesita ser purificada.

San Francisco de Paula, desde esta imagen restaurada, no nos mira para ser admirado, sino para preguntarnos: ¿y tú? ¿Dejarás que Dios restaure tu corazón? ¿Dejarás que Cristo vuelva a poner luz en lo que se ha apagado? ¿Dejarás que la caridad sea otra vez el centro de tu vida?

Porque la belleza cristiana no es decoración. La belleza cristiana es una llamada. Una iglesia bella, una imagen restaurada, un canto, una liturgia, una comunidad orante: todo esto puede abrir una pregunta en el corazón. Y a veces una pregunta es ya el comienzo de la fe. Una pregunta sencilla, profunda, insistente: Dios, ¿dónde estás? Dios, ¿qué quieres de mí? Dios, ¿cómo puedo volver a ti?

El Evangelio nos da la respuesta más consoladora: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Jesús no dice: venid a mí los perfectos. No dice: venid a mí los que ya lo tenéis todo claro. No dice: venid a mí los fuertes. Dice: venid los cansados, los agobiados, los pequeños.

Esta es la puerta del Evangelio: no el orgullo, sino la confianza. No la autosuficiencia, sino la humildad. No la dureza, sino la mansedumbre.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. San Francisco aprendió esa lección. Y por eso su santidad no fue áspera, aunque fuera penitente; no fue triste, aunque fuera austera; no fue distante, aunque fuera exigente. Fue una santidad con el corazón encendido por la caridad.

Hoy, en este monasterio, ante esta comunidad de Monjas Mínimas y ante tantos fieles, pidamos esa gracia: volver a lo esencial. No necesitamos una fe ruidosa, sino verdadera. No necesitamos una caridad de palabras, sino de obras. No necesitamos aparentar santidad, sino dejarnos transformar por Cristo.

Que esta imagen restaurada de san Francisco de Paula sea para todos un recordatorio. Para las hermanas, que su vocación sigue siendo necesaria y preciosa en la Iglesia. Para todos nosotros, que la santidad se vive en la vida cotidiana. Para los jóvenes, que no tengan miedo de preguntarse por Dios. Para los ancianos y enfermos, que su vida sigue teniendo una fecundidad escondida. Para todos nosotros, que la pequeñez no es fracaso cuando se pone en manos de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, san Francisco de Paula nos toma hoy de la mano y nos conduce al Evangelio. Nos muestra el camino de los pequeños, de los mansos, de los humildes. Nos recuerda que la caridad no pasa nunca. Y nos invita a dejar que Dios haga florecer nuestros desiertos.

Que el Señor restaure en nosotros su imagen.
Que nos haga sencillos para escucharle.
Humildes para servirle.
Fuertes para amar.
Y mínimos, para que solo Él sea grande.

Amén.



Nuestro más profundo agradecimiento a las MM. Mínimas de Archidona por hacernos llegar las fotografías y textos que conforman esta entrada del blog.

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